Ávila.-El asco, el vómito, la hipocresía, la “sorpresa” y las réplicas del “temblor” provocados por los escandalosos “Papeles de Panamá” no son sino el principio de algo que todavía durará mucho en llegar a su fin. Asimismo, para ganar una guerra son necesarias infinidad de cosas: sobre todo, dinero, mucho dinero, luego soldados, armas, logística, organización, y más que nada saber quién es el enemigo a vencer. Parecería una vacilada, pero para este caso de evasión fiscal, elusión y las empresas “offshore” (que los medios se han empeñado en llamar “paraísos fiscales”, como si Adán y Eva hubieran pagado impuestos algún día aparte de su “pecado” por haber comido la fruta del bien y el mal), no está nada claro que lo sea. El grave problema es que, aunque no lo crea, no hay una definición clara de qué es un “paraíso fiscal”. En el fondo lo que se aprecia es una absoluta falta de voluntad política para que no existan estos “paraísos”. Mientras, el tema parece tabú.

La publicación de los llamados “Papeles de Panamá”, que ha sido la filtración —que corrió a cargo de alguien que hasta el momento permanece anónimo pero cuyo nombre se sabrá tarde o temprano— de millones de documentos del bufete panameño de abogados Mossack-Fonseca (una hidra de mil cabezas, con oficinas en 27 países), que sirvieron para que el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ), ponga bajo la lupa los problemas de la opacidad fiscal, la reingeniería tributaria y la existencia de territorios donde cientos de miles de empresas se benefician de condiciones fiscales sumamente favorables en perjuicio de las arcas públicas de casi todo el mundo.

Como “sepulcros blanqueados” que llamara en su Evangelio San Mateo en el Nuevo Testamento a los hipócritas escribas y fariseos, la indignación privó entre ciudadanos y gobernantes de muchos países, incluyendo México donde solemos ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. De dientes para afuera, aunque muchos no saben, bien a bien, de que se trata. Parece increíble, pero no existe una definición clara de qué es un paraíso fiscal.  Así, aunque en la prensa de investigación la guerra está “oficialmente” declarada, el enemigo sigue sin estar claro quién es. Y no es casualidad.

Nadie ignora que las grandes corporaciones, y también las grandes fortunas —viejas y nuevas, algunas desde hace siglos— cuentan con sistemas legales de evasión fiscal. Expertos financieros internacionales recomiendan un modelo determinado de empresas offshore y el mejor lugar para tenerla. La globalización, el auge del comercio y otras circunstancias propiciadas por el sistema monetario que impera en todo el planeta (hasta en los países “comunistas”, como el de la República Popular de China, que en las últimas décadas ha parido el mayor número de millonarios en el mundo), ha disparado su número. A fines de 2014 había unas 672,500, un 7% más que en 2009.

Por otra parte, de acuerdo con la Tax Justice Network, en 2012 más de 21 billones de dólares estaban ocultos en dichos paraísos fiscales y la cifra aumentaría otro 50% teniendo en cuenta no sólo activos financieros; y la cantidad de “paraísos” se ha multiplicado por tres desde mediados de los años 70 del siglo pasado.

A nivel internacional, desde principios de la nueva centuria, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y desde 2009 el G-20, son los dos organismos que los Estados directamente han trabajado  en temas de fiscalidad internacional y elusión. La OCDE —cuyo secretario general, que cumple su tercer periodo, es el economista mexicano José Ángel Gurría Ordóñez (Tampico, 1950), que ha sido secretario de Relaciones Exteriores y de Hacienda y Crédito Público—, utiliza una serie de indicadores: falta de transparencia, bloqueo al intercambio de información entre los “paraísos fiscales” y los países demandantes, la posibilidad de pagar pocos, menos o ningún impuestos a individuos o empresas con sede o residencia en el país, incluso si no viven, trabajan o generan riqueza sobre el terreno. O que no haya, directamente, impuestos. Pero, resulta que no hay una definición general de un “paraíso fiscal”. Mientras  tanto, si alguien quiere beneficiarse de las oportunidades que brindan estos lugares basta con teclear en la computadora y buscar en Google “offshore company”, hay quien ha encontrado hasta 481,000 resultados. Así, el comisario europeo de Asuntos Económicos y Fiscalidad, el ex ministro francés de Economía, Finanzas e Industria, Pierre Moscovici, al respecto declaró: “Si no actuamos tras lo de Panamá la gente creerá que todo está podrido”, a lo que más de un analista se pregunta: ¿acaso no lo está?. Asimismo, Moscovici dijo que era necesario formalizar en la UE una lista negra de paraísos fiscales, pues no hay uniformidad al respecto. Unos contemplan a unos y otros a otros. Por ejemplo, Francia y España no consideraban paraíso fiscal a Panamá, ahora, después del escándalo, Francia vuelve a considerarlo así, pero Madrid no. Lo cierto es que el propio Moscovici dijo que, en tanto, la indefinición cuesta al erario público europeo 170,000 millones de euros.

Por si esto fuera poco, Gabriel Zuckman, economista de la Universidad de Berkeley, estima que hay en los paraísos fiscales 6,6 billones de euros (7,6 billones de dólares), el equivalente al 8% de los activos financieros de todo el mundo. Estas cifras hacen pensar hasta los más cínicos defensores de los despachos de abogados de Panamá o de cualquier otro lugar que se dedique a este tipo de negocios. La caja de Pandora existe y la filtración del despacho panameño no es sino la punta del iceberg y la creencia popular de que en el ámbito financiero internacional “todo está podrido”, a lo que hizo referencia Moscovici no es sino la verdad.

Thomas Piketty, economista francés que se hizo famoso por su libro “El capital en el siglo XXI”, traducido a varios idiomas, y por “La economía de las desigualdades”, causada, según dice, por “un capitalismo ávido y sin control”, llamado por la revista The Economist, “el Marx moderno”, en una de sus recientes crónicas titulada “La hipocresía europea” dice: “El asunto de los paraísos fiscales y de la opacidad financiera ocupa desde hace años el frente del cartel. Desgraciadamente, en esta materia existe una diferencia abismal entre las proclamaciones victoriosas de los gobiernos y la realidad de lo que realmente hacen. En 2014, la investigación LuxLeaks reveló que las multinacionales no pagaban casi ningún impuesto en Europa, gracias a sus filiales en Luxemburgo. En 2016, los Papeles de Panamá demuestran la extensión de las simulaciones de los patrimonios operadas por las élites financieras y políticas del Norte y el Sur. Podemos alegrarnos porque los periodistas hacen su trabajo. El problema es que los gobiernos no hacen el suyo. La verdad es que casi nada se ha hecho desde la crisis de 2008. Para algunas partes, las cosas incluso han empeorado”.

Agrega Piketty que solamente “una aplicación repetida de sanciones comerciales y financieras permitirá salir del ambiente de opacidad y de impunidad”, aunque dice, falta una pregunta: “¿por qué los gobiernos han hecho tan poco desde 2008 para luchar contra la opacidad financiera?”…”la respuesta corta es que tuvieron la ilusión que no tenían la necesidad de actuar. Sus bancos centrales imprimieron tantos billetes para impedir el completo colapso del sistema financiero, evitando así los errores que, después de 1929, habían conducido al mundo al borde del abismo. Resultado: efectivamente se libró así la depresión generalizada, pero, al mismo tiempo, se pospusieron las indispensables reformas estructurales, reglamentarias y fiscales”….”Esperemos que el mundo entienda las lecciones de los Papeles de Panamá y atacar, por fin, la opacidad financiera sin esperar una nueva crisis”.

Quizás lo más deprimente del caso es que las revelaciones de los Papeles de Panamá,  en el fondo, no nos sorprende, no habría porqué, ya que, parodiando a García Márquez, son “revelaciones esperadas”: las prácticas “financieras”, los nombres de los implicados, e incluso las exorbitantes cifras de depósitos y de despachos. Los nombres citados solo sorprenden porque se encuentran en todos los círculos: políticos de alto nivel (ya renunció el primer ministro de Islandia y en un tris está por hacerlo el de Gran Bretaña), empresarios, futbolistas, “aristócratas”, cineastas, descendientes de dictadores (bisnietos del “generalísimo” Francisco Franco, faltaba menos), y uno que otro nouveau riche de la elefantiásica China. Es decir la clique habitual de cleptócratas —que hay en todos los países— que todo mundo conoce y que “trabajan” en los principales bancos de la Tierra como el HSBC, Credit Suisse, Deutsche Bank, UBS, Société Général, etcétera. O que han dirigido la corrupta FIFA durante varias décadas, algunos ya en la cárcel. Mencionarlos por nombre y apellido ya es chisme, escándalo y periodismo amarillo. No tiene caso.

En fin, mientras aparecen más nombres coludidos en los Papeles de Panamá, cito unas líneas de un artículo de Elvira Lindo publicado en España: “…la prensa ha jugado bien su partida sacando a la luz estos papeles, pero también se ha amarilleado a conciencia, haciendo hincapié en los nombres de personas conocidas que dan color al escándalo. Si el que se vale de trucos para no pagar impuestos en su país es un futbolista, nadie le va a negar el aplauso por un gol. Imposible imaginar que desde las gradas de un estadio se abuchee a una estrella del balón por hacer trampas fiscales. En cuanto a los Putin, los Cameron y demás familia, todo quedará en la abstracción inalcanzables de los poderosos.  El escándalo pasará por ellos como un vendaval, luego la calma. ¿Alguien se imagina a Putin dimitiendo por este asuntillo? ¿Alguien sabrá verdaderamente cuánto dinero afanan? Las dimisiones solo ocurren en Islandia…” Lo demás es lo de menos. VALE.