Rosa Rimoch fue una soprano que trabajó con la Callas, y hubiera pasado a la historia sólo por ello, pero además tuvo la suerte de ser madre de la poeta: Andrea Montiel.

Autora de poemarios como: Temporal sin tiempo, Monólogo Coral, De callar este amor me duele el cuerpo, La casa errante y otros, evoca la memoria de su mamá, su papá y su abuela materna, en sendos libros de poesía, en la forma de Kaddish, plegaria judía para recordar a los muertos.

A la abuela, Andrea rinde homenaje a través de su lengua, el ladino o judeoespañol, la cual fue conservada por los sefardíes expulsados de España en 1492. Lengua de vocablos árabes evoca la dominación de siglos, y de pronto la huella de algún término hebreo.

La memoria, el recuerdo, cuando se ejercen en plenitud, conducen, más que al dolor, a la paz. Pero es una paz distinta a la que se llega tan sólo archivando el pasado. Es el recuerdo distinto del mero archivo, es el que “ve en el tocar, y vuelve visible aquello que toca”, como quería Foucault. Cuando Josías en 2 Reyes 23, profana el altar de Jeroboán, idólatra, lo hace para archivar su recuerdo, el del idólatra que confundió a Israel, pero ha habido un hallazgo previo, que salva de ser un mero archivo a ese recuerdo. El del viejo libro perdido, descubierto en el templo, que encerraba un reclamo de Dios. La actitud del rey Josías responde a una metáfora de lo humano: quien reina sobre el templo de la vida, expía sobre el altar el ayer, quema el pasado. Cuánta audacia se necesita para seguir viviendo y entonces se profana el altar. Lo que el rey Josías ignoraba en ese momento de su existir, es que esta actitud suya había sido anunciada por un hombre de Dios. Entonces el rey Josías ve una tumba bien cuidada, y al preguntar sobre ella, le comentan que aquella era precisamente la tumba del hombre de Dios que había predicho lo que él acababa de hacer. Este pudor de ser alcanzado por el destino le hace decir: “Déjenlo en paz. Que nadie toque sus huesos”. ¿No será éste el origen de la fórmula: Descanse en Paz, o represente un cruce semántico?

Ante el dolor por la muerte del padre, —el pianista, compositor y Director de Orquesta Armando Montiel Olvera (1916-1989) a quien el Instituto Nacional de Bellas Artes rindió reciente Homenaje— dice su hija, nuestra Andrea: “Te reclamo:/ ¿Por qué te vas en esta forma?”. A él, de cariño, le decían “Armando escándalos”. Ella imagina que un globo de cuando era pequeña se le va de la mano, con el color de sus ojos verdes: “Tus ojos padre,/ tus ojos no me los restes”.

Vivir es atreverse, profanar. Morir, es escaparse, fugar. En ese pasarnos la estafeta unos a otros, nos dan a luz para advertirnos algo, para profetizar que profanaremos viviendo, pero cuando nos damos cuenta del vaticinio, el que lo profirió está muerto. Entonces decimos: “En Paz descanse”. Unidos por el color, el amor y el dolor, duramos algunas nochebuenas; la flor de nochebuena con el tiempo se hace amarilla, “Amarillo/ me gustaría que fueras/ el color de la esperanza”. Unidos en la piedad de la metáfora: olvido y perdón. Dice Miguel Hernández que el olvido sólo se llevó la mitad. Andrea vivió el olvido que asfixió la lucidez de su madre: a la cantante Rosa Rimoch la consumió un mal asimilable a Alzheimer. Rosa vivió el dolor del olvido, no su decadencia, y ahora corresponde a su hija ensayar el olvido como forma de quitarse una a una las máscaras del reconocimiento, y sólo así, salvar lo perdido. El arco iris que alguna vez vio dentro de los ojos de su mamá, ahora le permite recobrar la luz. Sucede así con el lenguaje. La metáfora anuncia un nuevo mundo, pero al parirlo, ha muerto. “Toda palabra es una metáfora muerta” (Lugones). Al poeta concierne tomar a la muerte por los hombros y descifrarla. Mirar, a través de ella, el arco iris. Andrea reconoce: “Estoy pequeña”.

La diferencia de religión entre padre y madre, el primero católico, la segunda, judía, permite ampliar su diapasón, no encerrarse tan sólo en una religión, integrarlas. En el poemario Desde el olvido, dice a su madre: En la medida en que te fuiste yendo, crecí. Pero esa madre que huye, sigue gritando. “Las flores con tu nombre/ gritan que Dios existe”.

“Mi madre Rosa es como la hija que no tuve”… “Madre una de la otra/ cómplices…” este darse y quitarse el olvido, de mujer a mujer, cumple a cabalidad el cometido que Angelina Muñiz Huberman encomia en la poesía de Andrea Montiel: “las palabras de dulce pronunciación se convierten en imágenes de un preciado álbum de familia”.

Lo poético estalla con tal fuerza en Desde el olvido, que lo convierte en Contra el Olvido. Si de distancias se trata, las cierra de este modo: “tu carne en mí se ha prolongado”.

Para René Avilés Fabila, es de desearse “que las tres obras pronto se fundan en una sola para tener una idea más profunda de ese ‘álbum de familia’, que menciona Angelina Muñiz Huberman”.

Vivimos para un día morir. Superado este estigma como engaño y asumido como resurrección, Andrea, puede mirar el arco iris. Brillo vivido, y colocar al pie de la escalera que su madre, compañera de pasos, le mostró, un mensaje que funde la intuición que le da vida a ella, con la intuición que inspira el amor de la palabra: “Soy niña,/ recién existo”: Andrea.

Andrea Montiel, Para recordar, la lluvia, Ediciones 34, portada y viñetas: Hebraic Art Institute: The Heritage Collection, ediciones34mx@yahoo.com.mx. En el solsticio de verano durante las lluvias vesperales, traducción al francés: Ana Cristina Zúñiga y Bernard Pozier, Ediciones 34 y Sísifo Ediciones, México. Desde el olvido, La Tinta del Alcatraz, Toluca.