Izquierda democrática en Latinoamérica

 En días recientes pudimos testimoniar casi in situ, debido a las maravillas tecnológicas, el desarrollo de la sesión de la Cámara de Diputados de Brasil, que aprobó la procedencia de juzgar a la presidenta Dilma Rousseff, por una supuesta o real manipulación de cifras para enmascarar el verdadero nivel de endeudamiento; esto es, no la están investigando —y en su caso habría que suspenderla en funciones para procesarla— por que hubiera robado o desviado recursos financieros; su delito es no realizar debidamente los asientos contables en la cuenta pública, para alterar el déficit presupuestal.

Es cierto que falta aún la votación en el Senado, pero el escenario más probable es que en ese órgano colegiado la oposición obtenga las dos terceras partes de la votación para destituirla y procesarla. Un acercamiento al tema permite afirmar, casi sin temor a equivocarse, que el trasfondo es una reyerta política, una mezquindad político partidaria que inconscientemente socava la institucionalidad republicana.

Las justificaciones de los diputados al emitir su voto pasarán a la antología del surrealismo fantástico latinoamericano: “por Dios, por mi nieto, por los golpistas y torturadores de 1964”, se atrevió otro. El caso es que Dilma, víctima de esa violencia militar que golpeó el cono sur en el tercer tercio del siglo pasado, perdió abrumadoramente la votación. La presidenta ha dicho a voz en cuello que no renunciará, y que la decisión obedece a la misoginia de los legisladores, de los cuales un 60% enfrentan acusaciones de corrupción, incluido el vicepresidente que accedería al poder.

En caso de terminar así el segundo gobierno del Partido de los Trabajadores precedido por el encabezado por Lula da Silva, quien sí enfrenta acusaciones de corrupción, vendría a sumarse al triste fin del gobierno de Cristina Fernández en la Argentina; así como al inminente derrumbe del gobierno de Maduro en Venezuela que, adicionalmente a las acusaciones de corrupción, enfrenta una clara embestida de las derechas locales y del exterior para finiquitarlo, utilizando la táctica y las estrategias que propiciaron el derrocamiento militar de Allende en Chile. ¿Habrán terminado los gobiernos de izquierda democrática electos mayoritariamente en los países más castigados por la pesadilla de las dictaduras militares?

Antes por la vía electoral, en Uruguay perdió el poder el partido del presidente Mojica y sólo restan Evo Morales y Rafael Correa en Bolivia y Ecuador, respectivamente, para que termine la época en que renació la esperanza de una vida mejor para los pueblos de América del Sur, y encontrar una vía democrática distinta al neoliberalismo que en tres décadas ha pulverizado el ingreso de las familias, depauperado las condiciones de vida de la población, cancelado el desarrollo, acrecentado la pobreza y, sobre todo, ha dejado sin sueños y esperanzas a los jóvenes no sólo del sur, sino de toda Latinoamérica.

El tema no es un asunto menor, ni atañe sólo a Brasil, nos enfrenta al dilema de la existencia misma de un gobierno electo por los votos de los ciudadanos, en un ejercicio pleno de democracia que puede ser derrocado por una oposición desleal, que antepone sus particulares y mezquinos intereses políticos de corto plazo para deponer un régimen, basados en que, por un voto dividido, el partido gobernante no cuenta con mayoría parlamentaria. Por lo demás, estos mecanismos también pueden funcionar adecuadamente, como vimos recientemente en Guatemala, que terminaron con un régimen corrupto. Ése el dilema de estos mecanismos normativos de control del poder, cuando la realidad social rebasa el espíritu normativo.