Calculan en internet que existen unas 400 versiones cinematográficas de Shakespeare. Al parecer, Macbeth ha sido la obra más adaptada al cine y hay quien calcula más de 30 versiones. La más reciente, de 2015, dirigida por el australiano Justin Kurzel, fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en el festival de Cannes, quizás el certamen más prestigiado del mundo. Por declaraciones del actor Michael Fassbinder, que encarna a Macbeth, se sabe que Kurzel añadió a la obra clásica la posibilidad de un estrés postraumático a causa de las guerras, para colmo, las guerras medievales, y eso se destaca en la película, se peleaban cuerpo a cuerpo. Las crueles escenas son detenidas en cámara lenta y, por segundos, permanecen congeladas.
El estudio psicoanalítico de Ludwig Jekels[1] supone que la mentalidad de Macbeth es la del hijo (Edipo) cuando quiere matar (virtualmente) al padre (Layo); sin embargo, cuando ya es rey de Escocia, porque asesinó al rey Duncan, (como todos los reyes clara representación del padre), Macbeth, ahora rey, cambia su mentalidad y adopta la del padre y no ya la del hijo. El papel de Lady Macbeth queda plenamente justificado, por ser la madre, al decir de Freud, la que crea e incluso instiga la separación, “abismo” considera Jekels, entre el padre y el hijo. El investigador ve en este cambio un desarrollo del personaje y el crítico literario, un valor, psicológico, en la obra. Considera Jekels que Macbeth, en el terreno social, escenifica el final de la dinastía de los Tudor, cuando la reina Isabel, por la ausencia de descendencia, tiene que ceder el poder a los Estuardo, En efecto, Jacobo, rey de Escocia, sucede a Isabel I, “la reina virgen”. Jekels explica, de paso, la desconcertante actitud de Macbeth, quien es débil al principio de la obra, mientras Lady Macbeth es fuerte. Al final, ella se llena de remordimientos y él se lanza a sus crímenes, en los cuales su esposa, al contrario de la muerte del rey Duncan, ya no participa. Macduff, quien como Macbeth, no tiene hijos, pues han sido asesinados por Macbeth, no puede tampoco fundar una dinastía.
Al atribuir Kurzel la conducta de Macbeth a un estrés postraumático de la guerra, las predicciones de las brujas se convierten, y justifican como alucinaciones del personaje. Muy distinto es el tratamiento de Akira Kurosawa, quien proviene de una cultura inmersa en lo sobrenatural, tal como era la cultura en la Edad Media europea. (Romance de Gengi, la primera novela no solo de Japón, sino del mundo, tiene varios episodios de aparecidos, fantásticos).
El Macbeth de Kurosawa es un samurai, tipo de guerreros surgidos en la época feudal del Japón, es decir, es literal de Macbeth, ya que la obra de Shakespeare sucede en Escocia en el siglo XI. Hay que recordar que para sus dramas históricos, Shakespeare recurrió a las Crónicas de Holinshed y en Macbeth a una leyenda. Pero regreso a Kurosawa, sus imágenes, como muchas pinturas medievales cristianas, optan por acentuar el carácter ritualista y estático, que, por otro lado, es característico de Japón y de Akira Kurosawa. La muerte de Macbeth, que si no fuera por su fuerza recordaría las imágenes de San Sebastián, lo representa acribillado por lanzas. El actor es Toshiro Mifune, el máximo intérprete de su país, y que nos es tan familiar por Rashomón, El hombre del carrito o Ánimas Trujano. El sentido del humor de Kurosawa, tan notable en Rashomon (1950) o Yoyimbo (1961), está casi ausente, aunque asoma por momentos en la camaradería de Macbeth y Banquo, aunque aquí se llamen Taketok y Yoshiaki. En este film que se titula Trono de sangre (1957), los pasajes de las brujas y sus predicciones, en vez de justificarse de modo realista (estrés postraumático) como en la versión de Kurzel, se destacan como lo que son, el eje de la trama. La interpretación de Kurosawa destaca como tema central de Macbeth, y seguramente de la mayoría de las obras de Shakespeare, la ambición de poder; en la más reciente, el tema político casi se desvanece. No puede olvidarse, que el poder y la ambición aparecen en otras obras fundamentales del más grande dramaturgo de todos los tiempos: Hamlet, Ricardo III, Julio César. Es importante saber que Shakespeare era un hombre de teatro, no sólo dramaturgo, y que en las representaciones se reservaba siempre el papel del rey.
Cuando Julio César (1953) fue llevada al cine, el intérprete de Marco Antonio, (ya que no César, sino Antonio y Bruto, son los personajes protagónicos), correspondió nada menos que al gran Marlon Brando. Richard Burton, actor shakespeareano por cierto, interpretó a Marco Antonio en la superproducción Cleopatra, con Elizabeth Taylor. La pareja estelarizó, bajo la dirección de Franco Zeffirelli, una obra de Shakespeare, La fierecilla domada (1967) relato que los lectores de español conocimos en los cuentos del Conde Lucanor. Romeo y Julieta (1968), del mismo Zeffirelli, en lo personal no me gustó y, como todo mundo, he visto Amor sin barreras, (1961) no sólo en cine, sino en su versión teatral, si no recuerdo mal, con George Chakiris esta vez en el papel protagónico de Tony.
Otras dos versiones de Macbeth son célebres, la de Roman Polanski, que no he visto, y la todavía más famosa de Orson Welles. Ésta, que corrió con mala fortuna durante su estreno, hoy, restaurada, ha despertado nuevas admiraciones, que elogian tanto la dirección, como la actuación como Macbeth de Welles, quien, por razones de presupuesto, filmó su Macbeth (1947) en tiempo récord de 23 días. Y ya que se habla de Welles, hay que decir que Campanadas a medianoche, (1965) filmada en escenarios reales de España, es, en una palabra, inolvidable. En ella, Welles se sirve a su gusto y hace una recreación, si no me equivoco de Las alegres comadres de Windsor y de Enrique IV, hasta hacer que Falstaff encarne en un alter ego del mismo Welles, y yo, al menos, quedé fascinada con el humor grueso, que es otro de los rasgos de Shakespeare, de cuando sus obras se representaban sobre tablados al aire libre con los pies de los espectadores hundidos en el lodo y no en los salones de la aristocracia adonde fueron a parar años después las obras de Shakespeare y que, dicen los expertos, junto con los distintos públicos, cambió el estilo del dramaturgo. (Nadie ha podido mostrar un cambio lineal, pero algo debe haber en el fondo).
Por supuesto, que Lawrence Olivier ha interpretado y dirigido casi toda las obras de Shakespeare, pero su Hamlet (1948) es memorable, en blanco y negro, o por mejor decir, en claroscuro. En contraste, es luminosa, brillante, a muchos les recuerda el imperio austro-húngaro, el Hamlet (1996) de Kenneth Branagh. Por cierto, Jan Kott, uno de los más famosos críticos de Shakespeare, considera que Hamlet es tan larga que hoy es irrepresentable y que cada versión teatral revela su índole, al suprimir y centrar la acción en una parte del Hamlet original, pues bien, Branagh no hace una adaptación lo deja tal cual; completito. También hay que mencionar su Trabajos de amor perdidos (2000) que se sitúa en los años treinta con los personajes de sombrero, muchachas de falda a media pierna y números musicales. Existe una versión de la directora Julie Taymor de Tito Andrónico, a veces atribuida y otras no, a Shakespeare, estelarizada por Anthony Perkins y con Jessica Lange en el papel de Tamora. La película, de 1999, es fantástica y sanguinaria, dos rasgos típicos del “bardo ingles”, pero esta versión fílmica se pasa de la raya con lengua y manos y creo que hasta cabezas cortadas. Taymor es famosa por su puesta en escena de El rey león, obra que se dice tiene influencia shakespeareana, pero eso lo pueden decir los que han visto el musical en el teatro o en el cine.
No puedo dejar de mencionar La chica del adiós (1977), en la que Richard Dreyfuss, quien es un actor en la película, se ve obligado a representar a Ricardo III como homosexual, lo que ocasiona los mejores momentos de esta excelente comedia.
[1] Ludwig Jekels “El enigma del Macbeth de Shakespeare” en Psicoanálisis y literatura, de Hendrik M. Ruitenbeek. México, Fondo de Cultura Económica, 1973. (Colección Popular, núm. 120).
