Si uno pregunta a cualquiera cuál es el escritor más célebre, más importante o mejor del mundo, la respuesta invariable es Cervantes, aunque algunas personas suelen elegir el nombre de Shakespeare. Que el escritor inglés ceda el primer lugar, sucede, pienso, porque Cervantes es identificado con una obra, el Quijote, aunque haya escrito muchas otras valiosas, mientras el que prefiere a Shakespeare puede pensar en Hamlet, Romeo y Julieta, Otelo, Macbeth o Sueño de una noche de verano. Que invariablemente ocupen el primer lugar del hit parade de la literatura ocurre, creo, por razones históricas. Los dos nacen en el siglo XV y mueren coincidentemente el 23 de abril de 1616. (Se supone, como ya se dijo en estas páginas, que es el día del entierro de Cervantes, no el de su muerte, y se cree que el de Shakespeare lo hacen coincidir con el día de San Jorge, santo patrón de Inglaterra, hasta que un Papa que no creía en milagros lo expulsa del santoral, sólo porque San Jorge, caballero andante, mató a un dragón, que al Papa sin imaginación, no se le ocurrió convertir en representación del mal o de los pecados).
Los dos viven en un momento clave, el Renacimiento. Queda atrás la Edad Media, un todo compacto, si pensamos en las ciencias unidas y en la Cristiandad, y nacen las naciones, a Cervantes le corresponde la época de mayor esplendor de España, previa de su decadencia; a Shakespeare, el dominio Tudor, baste mencionar a Enrique VIII, que se declara cabeza de la Iglesia Anglicana en contra del poder papal, y a la Reina Isabel I, a la que se considera la más grande monarca de la historia inglesa. Por eso, Shakespeare queda en el cajón de la literatura isabelina, y Cervantes en los Siglos de Oro de la Literatura Española.
Un dato curioso, se calcula que Shakespeare utilizó en sus obras un vocabulario de 31 mil 534 palabras diferentes, es decir, no se suman las iguales. El vocabulario de cervantes alcanza las 22 mil 939, pero sólo en el Quijote, por lo tanto hay que sumar el que emplea en “Rinconete y Cortadillo” que explora el lenguaje de la germanía (argot en Francia, caló entre los gitanos, lunfardo en argentina o caló o caliche entre nosotros), el de La Galatea, que como una de las novelas incrustadas en el Quijote, es pastoril, además, de Persiles y Segismunda, que al modo bizantino deja entrar al por mayor hechos fantásticos y ni qué decir de “Los dos habladores”, el entremés atribuido a Cervantes, que elige el derrotero del habla popular y hay que recordar que uno de los habladores, una mujer, padece de incontinencia verbal. En un estudio computarizado, todos los de este tipo lo son, que se realizó en la antigua Unión Soviética, se equipara la lengua de estos dos grandes y no recuerdo cuál de ellos emplea mayor número de palabras diferentes, pero lo que sí se me quedó grabado, es que la diferencia es muy pequeña. ¿La literatura, como decía el poeta Mallarmé, es “cuestión de palabras”? Obviamente no, pero como decía otro poeta, Rilke, para ser escritor hay que conocer los nombres de los árboles. Y sin duda, Shakespeare y Cervantes dominaban la lengua de su tiempo.
Los dos escriben ya en una lengua apta para la literatura, que en Inglaterra ha suavizado Geoffrey Chaucer y en España italianizado Garcilaso de la Vega. (Por cierto, como ya se dijo aquí mismo, el Inca Garcilaso de la Vega, descendiente del español, cumple igualmente su cuarto centenario luctuoso, este 23 de abril).
Otros escritores son admirables, pero este par se lleva la palma (o el laurel), porque viven momentos claves, el inicio del capitalismo, de ahí que el crítico Harold Bloom, considere a Shakespeare, por sus personajes, el creador de la individualidad; que Michel Foucault llame a Cervantes y su Qujiote el fundador de la modernidad. En pocas palabras, cada quien puede tener sus artistas favoritos, Balzac, Wilde, Dostoievski, Mann, Kafka, Joyce y otros igualmente valiosos, pero por razones históricas, Shakespeare y Cervantes se colocan en el primer lugar ex aequo, es decir, compartido. (Carmen Galindo).
