“Los terremotos no matan personas, solo sacuden el suelo con mayor o menor intensidad. Las personas mueren porque las estructuras colapsan”. Hernando Tavera
El terremoto que azotó el pasado sábado 16 de abril a Ecuador fue el más intenso que se recuerde en ese país en las últimas cuatro décadas y que dejo más de 650 fallecimientos confirmados además de 17 mil heridos y millonarias pérdidas en el patrimonio e infraestructura de la población.
América Latina es una región vulnerable a estos daños debido en parte a su geografía y la posición de diferentes placas tectónicas como Nazca, Centroamericana, Atlántica, Cocos o la falla de San Andrés, entre otras. Asimismo, la situación de volcanes en actividad como el Cotopaxi, Popocatépetl, Izalco, Colima, Nevado del Ruiz –por citar algunos- hacen que la geología sea proclive para estos eventos sísmicos.
No obstante, el mayor riesgo es debido a la construcción de viviendas y edificaciones sin la cimentación adecuada en zonas de riesgo, además de carecer con las medidas necesarias en protección civil que pueden reducir los impactos sociales ante estos eventos naturales. Ejemplo de ello es la cultura de la población para desalojar los inmuebles en un tiempo razonable, o evitar colocar grandes pesos o bodegas en plantas altas a fin de evitar un colapso estructural.
Durante la historia moderna de América Latina diferentes terremotos han impactado a su población dejando una estela de desastres y pérdidas humanas y económicas. En 1911 la Ciudad de México sufrió el llamado “temblor maderista” que coincidió con la entrada a la capital de Francisco I. Madero en plena efervescencia revolucionaria. En Argentina, el temblor de 1944 destruyó la localidad de San Juan con un saldo aproximado de 17 mil víctimas. En cuanto a magnitud quizás el más fuerte que se haya registrado en la historia de la humanidad sucedió en Chile en 1960 con una intensidad de 9.5; diez años después en Yungay, Perú; dejó decenas de miles de defunciones. En la década de los setentas las ciudades de Managua, Nicaragua (1972) y Guatemala (1976) fueron sacudidas por movimientos telúricos que dejaron 10 mil y 23 mil decesos respectivamente. Posteriormente la Ciudad de México (1985), San Salvador (1986), o El Reventador-Ecuador- (1987) fueron escenarios de grandes tragedias humanitarias.
Pese a los avances de la tecnología, los terremotos registrados en el siglo XXI también han sido destructivos para la zona latinoamericana, tal como sucedió en El Salvador (2001), Pisco; Perú (2007), Chile (2010) y el más desastroso en el continente en todos los tiempos, en Haití del 12 de enero de 2010 con más de 300 mil muertos, una cifra similar de heridos y millón y medio de personas damnificadas.
Los sismos también han afectado estructuras ligadas al poder político en la región, como la caída de monumentos como el Ángel de la Independencia en México (1957), el Salvador del Mundo en San Salvador (1986) o el Palacio de Gobierno y la Catedral de Puerto Príncipe (2010). Aunque también generan una crisis en cuanto a la respuesta de gobiernos y servicios de emergencia ante los impactos de grandes tragedias.
En contraste, las medidas de seguridad adoptadas en la región han permitido que algunos sismos tengan resultados menos impactantes para la sociedad, tal como sucedió en California en 1989 y 1994, Chile en 1985 y 2015 (8.0 y 8.3 de magnitud, respectivamente) o el de Alaska en 1964 (magnitud 9.2) que tuvieron un menor número de decesos frente a los sismos anteriormente señalados.
Si bien los terremotos no se pueden predecir, el avance de la tecnología tanto en prevención, construcción o protección civil puede evitar que estos sucesos cobren la vida de miles de personas como sucedió en diferentes países latinoamericanos en los últimos años. Ejemplo de ello es el sistema de alerta sísmica (SAS) que actualmente funciona en México, o el Sistema de Alerta Temprana para Centroamérica (SATCA) que realiza una medición de sismos en las placas tectónicas de esa región. Por su parte, Chile cuenta con sirenas de emergencia para prevenir a la población ante un eventual tsunami que se activan después de un fuerte temblor.
Otra recomendación para prevenir grandes destrozos en los sismos es la calidad de materiales e ingeniería aplicada a las construcciones. Ejemplo de ello es que ciudades que están situadas en zonas sísmicas como San Francisco, Los Ángeles, México, Panamá o Santiago de Chile han aplicado estos conocimientos para la edificación de rascacielos con alturas superiores a los 200 metros de altura. En ese sentido los especialistas opinan que para evitar grandes desastres es importante seguir de forma quisquillosa la normatividad en materia de construcción y el uso del suelo, además de contar con la asesoría de especialistas y técnicos a fin de dar certeza a la edificación ante una inminente amenaza sísmica.
América Latina ha tenido centenas de miles de defunciones por cuestiones de protección civil como sismos o huracanes. Si bien se han realizado importantes esfuerzos aún no han sido lo suficientemente adecuados para evitar grandes tragedias como las sucedidas en el siglo XXI por terremotos.
*Doctor en Humanidades, Universidad Latinoamericana.
