La memoria juega el papel preponderante entre los versos de Azules vs negros. Un poemario que aferra sus garras a los diversos instantes que marcaban a la autora, que la marcan. La infancia es uno de los motores principales de este libro de Grace Licea, nacida en Colima. “Estoy sobre el abismo/ el pequeño pie tiembla/ el agua salpica las piedras/ y yo me puedo sostener en el viento/ Mi pasado/ es una niña que corre/ trepa árboles/ consuela muñecas/ La memoria es una brasa/ que al soplo del llanto sucede de nuevo”. Pasado y presente ajustan los enfoques, es un revisita al tiempo ido, es una celebración de la niña que abraza su nuevo ser.
La poeta alza su mirada a ese alrededor suyo, le entinta de colores, lo prueba con sus azules y negros, reconoce que el color es una presencia en su visión diaria, en lo que aterriza a sus pies. “He bailado un vals/ de lilas rosas/ de azulados soles/ Y no podré mencionarlo/ sin ruborizarme/ sin perder el asombro/ Y era una danza de rosas vírgenes/ y era el mediodía”, donde un encuentro se vuelve singular, ella es una en medio de sus otras yo, es entonces que junta su ser en un solo balde. “El campo sembrado/ es un camaleón/ bajo el sol redondísimo”, camaleón que guarda en su piel el poder del multicolor, así los ecos que se escuchan en este libro.
Si bien es cierto que es un libro íntimo, por el número de imágenes de familia, también es un poemario que abre su esencia a otros territorios. Se aprecia, en medio de ese álbum de familia, la tierra y la naturaleza que abren sus manos; la noche y el día por igual corren en estos versos de Grace Licea, versos que son como un sitio de esperanza desde donde se posiciona la autora para abrigarse del mejor gesto de los panoramas que la ven de frente para que ella tome de todo ello, como si de piezas de un rompecabezas se tratara, las figuras que la nutren, y entre ellas podemos mencionar en gran medida los silencios a los que ella entra para elevar su mención, versos de colores, sombras que igualmente la habitan. Por otro lado, también démosle voz a lo que se da en esas páginas: lo no dicho, es decir, se trata de una pasión semidescubierta, pues también se percibe que no consigue soltar del todo la fuerza de su pluma o, más bien, prefiere cuidar cada mención quizá por lo público de volverse libro. Mas no se debe olvidar que la estética literaria es el ingrediente para decirlo todo.
