Hace 73 años, Stefan Zweig (Viena, Austria, 28 de noviembre de 1881-Petrópolis, Brasil, 22 de febrero de 1942), el famoso escritor de origen judío, novelista y best seller de la época, dramaturgo, periodista, biógrafo, pacifista y activista social, escribió un libro —uno de los últimos antes de que se suicidara en compañía de su esposa en el país del rojo palo de Brasil que semeja una brasa— que se antoja de la mayor actualidad: Brasilien. Ein Land der Zukunft (Brasil, un país de futuro). No es una obra profética, trata del ideal de un país: Ordem e Progresso.
El gigante sudamericano —el quinto país más extenso del mundo— buscaba desde antes de la Segunda Guerra Mundial su destino en un futuro que parece espejismo pero que el pasado y la discriminación en su seno social le impiden dar el gran salto. La suspensión de seis meses en el ejercicio de sus funciones a una presidenta legítimamente electa, con 54 millones de votos, Dilma Rousseff, resucita la maldición que castiga al país que en muchas ocasiones ha intentado a lo largo de su historia contemporánea inaugurar una era de prosperidad e integración, desde el demagogo populista Getulio Vargas hasta el legendario Luiz Inacio Lula da Silva. Pese a sus legítimos deseos, a lo mejor Dilma ya no regresa al Palacio presidencial de Planalto, aunque su periodo presidencial debía terminar hasta el 31 de diciembre de 2018. Nadie sabe cómo saldrá la democracia brasileña de este trance. Una vez más, su pasado parece atropellar su futuro. Todo quedará como el título de Zweig: Brasil, un país de futuro. O como se dice en México: “ya merito”, por experiencia propia.
El “impeachment” de Dilma Rousseff, pese a lo que algunos creen, no es un acto ilegítimo, pues los interesados en juzgar a la presidenta de la República Federativa do Brasil se apegan a las disposiciones constitucionales. Para el caso, la Constitución de 1988 dispone en el primer acápite del artículo 52º que la Cámara Alta brasileña tiene la facultad de “juzgar al Presidente o al Vicepresidente, por delitos de responsabilidad”. De tal suerte, una falta de responsabilidad como la imputada a la presidenta Rousseff en el manejo del presupuesto y las finanzas públicas en el año 2014, no es un delito común ni la causa que se le inicia en el Senado puede confundirse con un proceso judicial.
Mientras son peras o manzanas, Brasil cuenta con un “nuevo” gobierno que conducirá el vicepresidente de la República, el camaleónico Michel Temer, el mismo que ha sido acusado por Rousseff como el traidor que auspició el procedimiento de suspensión de la mandataria. El excepcional hecho supone una importantísima prueba para medir el pulso de la democracia brasileña.
En un duro discurso después de que oficialmente se le informó que había sido apartada del poder –aunque no encarcelada sino residente en el palacio de la Alvorada–, Dilma hizo un llamamiento el jueves 12 de mayo, en Brasilia, al pueblo brasileño que “está contra el golpe cometido para que se mantenga movilizado, unido y en paz”; calificó de “sabotaje” y “fraudulento” su proceso de destitución desarrollando horas antes en el Senado en una larga sesión de 21 horas, que culminó con una votación de 55 senadores a favor del proceso y 22 en contra. La sustituyó en el cargo el vicepresidente Michel Temer, quien el mismo jueves 12 anunció un nuevo gobierno centrado en atajar la recesión económica.
En el equipo presidencial de Temer no hay una sola mujer, ni un negro. Mal comienzo, pues Temer no tendrá ni una hora de contemplación en ningún sentido. No sólo los ojos de los brasileños están pendientes de su actuación, sino también los del resto del continente y del mundo. Sin olvidar que el pueblo brasileiro es más pragmático que ideológico. Los sectores sociales beneficiados por los gobiernos de Lula y de la propia Dilma –la nueva clase media baja que superó la miseria con los mandatarios del Partido de los Trabajadores (PT) y que empezaba a sentir la amenaza de una crisis que los podría regresar a su secular pobreza–, van a medir a Temer, no por su débil carisma, sino por los resultados inmediatos de su gobierno.
Lo sucedido en Brasil tiene muchas aristas. Ni todo es blanco, ni todo es negro. En ese exuberante país —donde Elis Regina, la cantante asesinada por la dictadura militar, la misma que torturó a Dilma Rousseff cuando era una jovencita veinteañera, cantó “Aguas de Março”, una de las canciones más hermosas de la historia—, la pobreza era secular, desde siempre. Lula consiguió que millones de personas conocieran otro futuro. Dilma quería continuar con su ejemplo. Cuando Rousseff empezó su segundo mandato, apenas en 2015, Brasil estaba inmerso en uno de los mayores escándalos de corrupción de su historia, el caso Petrobras que todo mundo conoce. Las investigaciones en la compañía petrolera –una de las más grandes del mundo–, lograron algo que parecía imposible: poner en el banquillo de los acusados y llevar a la cárcel a las élites políticas y económicas del país. El asunto era tan grande que salpicó a todo mundo, incluyendo al Partido de los Trabajadores, lo que posibilitó las circunstancias para “suspender” a la presidenta.
En “Érase una vez un país llamado Brasil”, Carla Guimaräes explica el trasfondo mediático de la crisis: “Los grandes medios de comunicación de Brasil, que pertenecen a un pequeño grupo de familias, crearon lo que se podría llamar la dramaturgia del impeachment: existe un Gobierno corrupto, el pueblo pide su dimisión en las calles, el Congreso derriba a la presidenta y Brasil vuelve a ser el país del futuro. Para esos medios, el PT no sólo era el culpable de la corrupción, sino la causa de todos los males de Brasil…La historia narrada por los medios y defendida en las calles era casi perfecta, si no fuera por un pequeño detalle: Dilma no está acusada en ningún caso de corrupción. Sin embargo, muchos de los responsables de llevar adelante su proceso de impeachment sí lo están. Es el caso del expresidente del Congreso, Eduardo Cunha; del presidente del Senado, Renán Calheiros y del propio vicepresidente, Michel Temer”…”Quizás uno de los mayores errores del partido de Dilma y Lula fue haberse dejado absorber por la política tradicional brasileña. Después de tantos años en el poder (13), el PT ya no era tan cercano a los movimientos sociales que le apoyaron y estaba dedicado de lleno al juego político. Dilma ganó las últimas elecciones con el apoyo del Partido del Movimiento Democrático Brasileño –PMDB–, de Michel Temer, Eduardo Cunha y Renán Calheiros, un partido de derechas que siempre estuvo cerca del poder ya que ahora ha encontrado la manera de tomarlo”.
Un día antes de ser suspendida, Dilma se reunió con centenares de mujeres brasileñas en Brasilia y dijo: “No podría estar en ningún sitio mejor. Les digo que mi mandato no termina sino hasta el 31 de diciembre de 2018. Hasta ese día voy a luchar. No estoy cansada de luchar. Solo estoy cansada de los traidores y de los desleales”. Sin duda, la irreductible luchadora llegará hasta el final del juicio político, con la intención última de regresar al Palacio Presidencial de Planalto. Es cuestión de carácter, crece bajo presión, dicen sus allegados. Mientras se cumple el plazo, Michel Temer, de 75 años de edad, hijo de inmigrantes libaneses, hará hasta lo imposible para que la presidenta que lo llevó al poder no regrese.
Aunque Michel Temer no puede presumir de carisma político, tampoco es desconocido en los círculos del poder público brasileños. Por el contrario. Abogado de profesión, ex procurador en el estado de Sao Paulo, comenzó su carrera gubernamental en la Cámara de Diputados a partir de 1987, y fue elegido presidente de la misma en varias ocasiones.
Temer es cristiano maronita, padre de seis hijos, ha contraído matrimonio en tres ocasiones y su actual esposa, Marcela Tedeschi, de 42 años, es centro de la atención de los medios de comunicación gracias a su hermosura.
Aparte de su movida vida sentimental, Michel Temer dirige, desde 2001, sin competencia, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB). Producto del Movimiento Democrático de Brasil, uno de los dos movimientos políticos tolerados bajo la dictadura militar, el PMDB es actualmente el más grande partido brasileño. Ha formado parte de todas las coaliciones gubernamentales desde hace décadas.
Calificado de “centrista”, el PMDB no tiene una línea ideológica clara, si acaso el liberalismo económico y cierto populismo. Acepta en su seno casi todas las tendencias políticas, desde la izquierda hasta la derecha conservadora. En los hechos, el PMDB es una buena herramienta para conseguir puestos, sobre todo con aquellos que no se identifican con la tradición sindicalista del PT, ni con el movimiento “demócrata cristiano” del Partido de la Socialdemocracia brasileña.
Seguro de su posición, Michel Temer negoció su apoyo a Dilma Rousseff a raíz de la elección de 2010, a cambio de ser vicepresidente. Supo convencer a la sucesora de Lula con aquello de “si no tienes un amigo libanés, búscalo”. Dilma lo encontró y así le ha ido. Seis años más tarde Temer planeó la destitución de la que lo encumbró.
Nacido en Brasil, Temer es hijo de inmigrantes libaneses que llegaron al “país del futuro”. La comunidad libanesa brasileña se calcula entre seis y siete millones de personas, en una población de 200 millones en todo el país. ¿Saldrá Temer del poder en 180 días? ¿O terminará el segundo mandato de Dilma Rousseff’? Pronto se sabrá. VALE.
