Entre los miembros de mi generación, Hugo Salcedo (1961) siempre tuvo un lugar preponderante. Fue el primero en despuntar con amplios bríos, internacionalmente, cuando en 1989 ganó el distinguido Premio Tirso de Molina, de España, con su obra El viaje de los cantores, todavía no cumplía los treinta años. No era su primera obra. Ya había dado cuenta de su inquietud dramatúrgica desde mediados de la década de 1980. Sin embargo, era un escritor que laboraba con mucha modestia. Nunca quiso ser estrella ni jugar al protagonismo. Pero su obra hablaba por él mismo y por eso se ganó el respeto y la admiración de muchos de nosotros. Discípulo dilecto de Emilio Carballido (1925-2008), entonces patriarca de la dramaturgia mexicana, Hugo Salcedo estaba a la cabeza de una generación que integrábamos quienes haríamos el teatro de finales del siglo XX y de los actuales años del siglo XXI mexicano. Carballido toda vez puso de ejemplo a Salcedo: era un joven escritor comprometido con su realidad, pero también dedicado a buscar nuevas rutas estilísticas que hicieran de la dramaturgia un campo fértil para la expresión novedosa, no anquilosada, pero tampoco pretenciosa.
Pocos escritores de nuestra generación asumieron la necesidad de hacer un teatro de índole social, no panfletario y sí de profusas raigambres políticas, morales, idiosincrásicas. Entre los que en aquella época escribían teatro bajo este tenor despuntaron Estela Leñero con su obra Las máquinas de coser, que tocaba el tema de las costureras muertas en una fábrica en el Centro de la Ciudad de México, durante el terremoto de 1985; quien redacta se asomaba al brutal golpe pandémico que significaba la aparición del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida) en México, con A tu intocable persona (1986), y Salcedo abordaba el tema de la migración y los indocumentados en El viaje de los cantores, pieza clave del teatro mexicano de fin del siglo XX, sin la cual no podría explicarse mucho del teatro y la dramaturgia mexicanos de la actualidad, sobre todo en las últimas dos décadas con el infausto advenimiento de la narcoguerra y la narcocultura, que gracias a El viaje de los cantores de Salcedo, pudo verse dictado como tema dramático (y dramatúrgico) en la generaciones venideras [si bien encontraba un fuerte y definitivo antecedente en Los desarraigados (1953) de Jorge Humberto Robles Arenas (1922-1984)].
Salcedo deslumbró con su propuesta. La escenificación de El viaje de los cantores fue digna y ejemplar. Salcedo había señalado uno de los caminos que el teatro mexicano debería seguir para fortificar su espíritu crítico, su esencia social y su realidad misma como espejo de la nación, una nación que exigía ser vista sin avestrúcicas contemplaciones, sin miedos, sin recovecos, y sí con la fuerza y firmeza de una voz dramatúrgica, como la de Salcedo, que señalaba los yerros políticos de un México en vilo, disertando un problema como el de los indocumentados que, irónicamente, iría creciendo hasta los tiempos presentes, con alarmante persistencia. [El mismo Salcedo no ha dejado de tocar el tema, lo hizo recientemente con su teatro-documento Música de balas, título de hermosa y tersa sonoridad, ganadora del Premio Nacional de Dramaturgia 2011, y que le ha valido de nueva cuenta el reconocimiento del público y la crítica, a través de un celebrado montaje que pudo verse recientemente en la Ciudad de México]. Salcedo, no se quedó ahí. Prosiguió con la búsqueda de su teatro como escaparate del tiempo que le tocó vivir como Arde el desierto con los vientos que vienen del sur (1990), enclavada en un contexto de realismo poético y descarnado oleaje psicológico, subrayando las circunstancias aleatorias de un mundo colapsado por la globalización, la deshumanización, la inhumanidad.
Hugo Salcedo siempre ha escrito con la verdad en la mano (antes se habría dicho, “en la pluma”, pero ahora es en la mano, porque en las yemas de sus dedos pegando en el teclado, el dramaturgo ha dejado su impronta autoral) y ha demostrado, una y otra vez, la calidad de su escritura y la honda reflexión de cada uno de sus temas y personajes.
Alguna vez, en charla de amigos, Salcedo me manifestó cómo le molestaba leer a autores que se creían —y decían— dramaturgos, y que no tenían idea alguna (ya no digamos del teatro, sino del oficio literario). Salcedo se destacó, porque es un escritor riguroso, nunca complaciente y toda vez exigente de sí mismo, del oficio de escribir, porque el teatro es, en principio, literatura. Antes que representación, la dramaturgia es literatura. Y cuando es gran literatura, como la de Hugo Salcedo, mejor.
Salcedo es un escritor que ha sabido dar rienda suelta a la creatividad sin ápice de sombra. Su escritura es luminosa, a veces cegadora por tanta luz que lanzan sus textos tanto en lo intelectual como en lo emotivo. Sabe ir hacia las fibras más sensibles de la gente común y tocarlas con incisivamente, labor fundamental de todo dramaturgo, desde que el tiempo es tiempo.
Onania y Seis metros, dos mil quinientos kilos y un chorro de espuma, las obras que el lector tiene en sus manos hablan de un dramaturgo que apuesta por la forma, que explora las anécdotas a costa del devenir de sus propios personajes, que discurre en torno a la injusticia social, pero también en favor de la espiritualidad, de la honestidad del ser y de la búsqueda de una identidad que se ha colapsado.
Lindando entre la realidad (que no el realismo) y la ficción, estas obras de Salcedo son reflejo de nuestro momento y por eso se vuelven sobrecogedoras e impactantes. Sobre todo impactantes, porque los personajes parecen desollarse ante nuestros ojos, hasta quedar en ánimas que deambulan por el escenario; ese escenario que puede ser el de la vida cotidiana, el de nuestras propias mentes invadidas de demonios sueltos y enloquecidos.
Onania es una obra neomilenaria, apocalíptica, en donde el debate de la identidad del ser cobra visos perturbadores, Octavio, Al, Tamara viven historias entremezcladas de terror, de fantasía corrosiva, inmersos en una realidad que los agobia, que macera sus existencias y solivianta la realidad misma. Onania es una traslación onanista (que no onírica) de imágenes, situaciones extremas, violencias verbales y físicas que dan santo y seña de lo que es el México de hoy, un México perdido, sin valores, sin amores, sin asideros… y, sin embargo, cundido de creaturas cuyo trayecto humano las hace enternecedoras, porque tanta desolación concita piedad y ternura.
Seis metros, dos mil quinientos kilos y un chorro de espuma es una obra de carácter político. Nuevamente la ficción y la realidad cobran alianza en la inteligente armazón dramática de Salcedo. Personajes reales: Creel y Bejarano —junto a Borrego— “funcionarios federales” y que son, en una audaz denuncia que no esconde nada, ni el nombre de la Padierna, el Creel y el Bejarano —seguidos de Borrego—, que todos conocemos. La denuncia de Salcedo es valiente al conducir al teatro a corruptos personajes de nuestro entorno político inmediato.
El problema de la ecología y de los suicidios de las ballenas en las playas de Baja California (“La acción tiene lugar en un mínimo poblado rural de la Bahía Magdalena, en la costa del océano Pacífico, en la península bajacaliforniana”, acota el dramaturgo) nos conducen a una especie de thriller psicológico en que intervienen momentos trágicos salpicados constantemente de humor negro. Denuncia social y política, valiente como en el primer Salcedo de El viaje de los cantores, Seis metros… muestra al dramaturgo dueño absoluto de su arte escritural, de su sentido del ritmo dramático, un sentido sincopado y gélido como el cadáver de una ballena.
La denuncia gira en torno a la epidemia con que el cadáver de esa ballena está a punto de infestar la zona en que se ubica, provocando muchas desgracias. A nadie parece importarle. Los burócratas quieren sacar raja del asunto, nada más les ocupa, nada más les preocupa.
Hay una intencionalidad inteligente del autor: recordarnos a Melville, con su Moby Dick, pero la lucha es entre hombres, el “animalote” aquí está muerto; revira entonces el mito de Jonás y la ballena, y con él, a través de Mirinda —un personaje pletórico de dulzura y candor— al Pinocho de Carlo Collodi.
Una de las obras más hermosas del catálogo de Hugo Salcedo es esta ballena dramática llamada Seis metros, dos mil quinientos kilos y un chorro de espuma, donde vemos al dramaturgo en total madurez compositiva y donde nuestro México (a través de personajes infinitamente humanos), vuelve a llorar de vergüenza, de impotencia, de desolación, de conciencia de sí mismo como un país que no merecería ser ese cadáver vejado por las manos codiciosas de sus gobernantes, como sucede con la ballena, en incisiva metáfora dramática, sino cobrar conciencia del sino de su infortunio pues, como bien asienta al inicio de la obra el autor, al citar a Jonás, 1:7.: “Tiene que haber un causante de nuestra desgracia; enséñanos pues cuál es tu oficio y de dónde vienes. ¿Cuál es tu país y de qué pueblo eres…?”. Hugo Salcedo se plantea ese demoledor cuestionamiento: “Tiene que haber un causante de nuestra desgracia….”. El lector de Hugo Salcedo, de este teatro descarnado, es muy probable que encuentre, no la respuesta al enigma, sino la confirmación a la pregunta: “¿Cuál es tu país…?”. La dramaturgia nos identifica, nos confiere carta de identidad y ésa es la esencia de este teatro: el teatro de Hugo Salcedo donde la verdad nos desuella y reconstruye; nos humaniza y petrifica; nos recupera y desnuda, nos increpa: “¿Cuál… Cuál es tu país…?”.
Prólogo al libro Onania. Seis metros, dos mil quinientos kilos y un chorro de espuma, de Hugo Salcedo. Número 2 de la Colección Tespis de Icaria de Editorial Ariadna (México, 2016), y presentado en la Feria Municipal del Libro de Tijuana Baja California, el 14 de mayo de 2016.
