Si un señor de la poesía como Raúl Renán decide contarnos qué sucede cuando se enamora, qué sentimientos doran su interioridad como un prisma, entonces se produce Normandía, libro escrito para los convidados de la eternidad, que pasan por este mundo cruel y repentino, abriendo de cuando en cuando el corazón para enseñar de qué está hecho.
Libro que guarda el tiempo de las Cruzadas por amor, en que un manuscrito a veces traduce la huella de un manuscrito anterior y de la misma autoría, textos que se conocen, y se saben parientes para subir al tren de vibraciones en que un Machado solía cantar: “y todavía, yo alcanzaré mi juventud/ un día”. “Ese tren de juguete —admite Pessoa y Renán lo reitera—, ese tren de juguete que se llama corazón”. Porque la juventud se merece, no por tal o cual edad. La juventud es aquel bien que se alcanza, el divino tesoro, hay que ir por ella, nadie crea que es joven por estar ahí, con el heideggeriano “ser ahí”, nada puede suplirla ni siquiera los años que la cuenten o encierren, sino la alegría de darle alcance en un estado de iluminación, algún día.
Pues bien, ese día, que casi para nadie está disponible, el día de darse alcance a sí mismo, ese día ha llegado para Raúl Renán. El amor le ha dicho por fin lo que tenía qué decir después de todas y cada una de sus apariciones, y hoy transmite a su amada: “¿De dónde tomas el tiempo/ de tus suspiros tristes?”. En cada amor hay una vida nueva, en cada vida nueva hay un Dante que sugiere, respira, “y va dicendo al anima: sospira”. Todo el libro es un canto de amor a la belleza de la amada, y está dedicado a la valiosa poeta y crítica literaria Norma Salazar, prodigiosamente cantada hasta llegar al poema “Toda Ojos”, con el epígrafe de Huidobro: “¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?”, esos ojos que pasan por estas mismas páginas del suplemento, para hacer de su magia una metáfora pura en que literalmente se ve la música: “Sí da magia la fuerza que desprende la música que mira”.
Sólo el diamante, une poesía, verdad y amor: “Acepta que eres cuerpo labrado de estrellas,/ han querido violar tus aristas,/ opacar tus amorosos guiños/ negar tus orígenes legítimos/ de piedra del creador”. El poema Cuán bello interior eres, muestra cómo lo rico del ser amado, “se acomoda en el estuche del alma”. El libro es: Norma en todo, en la copla, en la elegancia, en el fragor de la calaverita coqueta y en el ponerse así su poeta a nombrarla en las cosas, y Norma es todo lo que sabemos desde la noche oscura de la razón hasta el sobrevolar de luces en una inusitada “Tristeza tornasol”. Desde lo estricto del día hasta la flor que crece en el Jardín de las Admiraciones.
Renán, en el furor de lo vivido, ha sido movido de su sitio, removido, ahora podría decir con Verlaine: “Tengo el furor de amar, loco es mi corazón”. Es la mudanza que aceptamos gustosos al partir, cuando decimos al mundo esto es lo que aprendí. Te lo firmo y te lo endoso. Esto aprendí en un día. El día de la ocupación de puntos clave: puentes, carreteras, esclusas, para tomar el fuerte por asalto y acatar los tesoros hechos para ganar o perder. Y ese día es el día “D”, como dijera la historia respecto al episodio del desembarco aliado en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial, el día que salvará al poeta de la guerra fría, el milagro de un día, en que negando el mercado de la personalidad, puede decirse: soy mi propio Dios. Tal vez yo creí amar, mas lo que ocurre es que no había nacido al más grande nacimiento que puede tener lugar en el mundo: el de la intimidad. “Existe toda cosa vista, tocada, revestida por el ver”. Si amar es volar, si el que ama, vuela, lo tenía que decir el epígrafe de Ovidio: “¿¡Ícaro, dónde estás?! Aquí, en el espacio blanco que antecede a la idea, volando en marcha hacia el poema, ese poema que ‘no necesita ojos. Los tienes tú’”.
Sullivan, autor de la teoría interpersonal, define intimidad como un tipo de situación que comprende a dos personas y permite la validación de componentes de excelencia, mas la excelencia aquí es el don de adaptación formulada por el yo a necesidades manifiestas de la otra persona, en persecución de satisfacciones cada vez más idénticas, por eso el amor es para abrirse entre dos. Como dice Aguilera en el Prólogo, el libro: “Es un todo orgánico, ¿y qué auténtico libro de poesía no lo es?”. En esta voluntad que potencia, el poeta vive su amor y lo recrea, se atreve a narrarlo: “Eres la acumulación de la belleza callada en/ un espejo que un día transporta/ el pasillo debajo/ de tus pies”. Si se rompiera el espejo, “cada fragmento sería belleza tuya multiplicada in excelsis”. Toda belleza tiene su Normandía: la patria de Breton y de la Juana de Arco no se entiende sin huellas de guerra, pero de ahí ha salido el granito, el patrimonio mundial de Havre, y es Satie, es Honegger, y aun es Monet con su lejana y a la vez inminente catedral de Ruan al atardecer. Todo el que ama vuela. Solamente quien ama puede volar. Pero se vuela y sobrevuela mejor la realidad, cuando el que ama es ya hoja de otoño; y define Aleixandre: “Cuánta tristeza en una hoja del otoño./ ¡Oh verdad, oh morir en una noche de otoño!”, amor, vida y verdad tendrán siempre el sabor de aquellas hojas que recoge Espinasa en un poema al Otoño: hartas de irnos gritando su afán de amar, amar, amar, “cuando sabían el nombre del amor/ murieron”.
La belleza es eterna, ars longa, vita brevis, pero en Renán es gracia que sonríe de este modo: “Por el espejo/ antiguo/ es muy fermosa tu catadura,/ por el cristal moderno/ tu pinta es a todo dar/ muy chida mejor dicho”. La poética de Renán ha sido siempre así: todo ocurre sin buscarlo, ocurre y se alía a lo ocurrido, se alinea cual las naves en Normandía y ahí es donde vivimos; “entre los dedos/ se teje la tela/ del habla elemental/ para declarar/ terminantemente/ nuestra mudez”. El libro es pronunciar Renán, su ser y estar en una condición humana a la que se sumó para abrevar en el salino nácar de la oreja de su amada, ese rumor oculto pero aliado del caracol.
Raúl Renán González, Normandía, (Colección El Sueño de Dédalo, ediciones especiales), INDETIL, AMEICAH, México, 2016 (Prólogo: Jorge Aguilera López, Seminario de Investigación en Poesía Mexicana Contemporánea, UNAM).
