El escritor crea su ciudad, ambienta su alrededor, encumbra su ser con el aliento de su palabra. A Gilberto Castellanos (Ajalpan, Puebla, 1945) la enfermedad le fue reduciendo habilidades físicas, entre ellas la capacidad visual; fue un proceso de varios años hasta el día de su fallecimiento, hace seis años. Sin embargo, el poeta alejó su ser de cualquier tipo de agonía para cumplir enteramente con sus proyectos, una producción poética que ha continuado apareciendo póstumamente, y hoy nos llega a las manos Entre la piel y el vacío (Dirección de Fomento Editorial [BUAP], Colección Asteriscos, México, 2016; 90 pp.) un poemario que afianza la idea de que Castellanos recreó su ser, y se le ve entre sus versos, en los que el tacto es continuar el tránsito de su mirada, la piel crea su lenguaje propio: “Entre la piel y el vacío, al andar/ humanizado del instante que despliega los índices/ terrosos de la estación, el cuerpo/ cuando enamora, viene hacia su destino de astro/ el universo del deseo”, o, como menciona en otro verso: “el cuerpo es el cielo y el vacío”, el cuerpo que trasciende, la palabra que se cumple a pesar de la muerte. “Nada está en reposo aunque de quietud entiendan/ el horizonte y el descenso sutil de lo distante/ sobre capas nerviosas de la reverberación,/ como mirarse sin espejo,/ escrúpulo de luna granulada/ en lo terso de su dermis cuando al final/ de cada encuentro la toca un tiempo nuevo”.
Entre la piel y el vacío, penúltimo libro póstumo de Gilberto Castellanos —al que agradecemos la labor de seguimiento que ha hecho su viuda Silvia Castro Escamilla—, cumple con la tercera etapa del autor, por lo que es muy posible que este poemario sea el último publicado como me lo hace saber la también escritora Silvia Castro Escamilla.
El título de Entre la piel y el vacío enmarca un volumen en el cual, con mayor acento a los demás libros, se crean diversas atmósferas/metáforas donde vemos el tránsito de sombras, la gracia de la luz, el encuentro, el constante encuentro de la piel con el caudal de la memoria. Quizá sea en este volumen donde los sentidos llegan con mayor fuerza, Roberto Martínez Garcilazo, autor de la presentación del libro, lo señala con excelente precisión: “El cuerpo es la piel y es el vacío; es el deseo y es lo no escrito. Lo que no se puede escribir es el vacío”, mas la mención que hace Castellanos del vacío es como tomar una porción de luz para arrojarla a esa página negra.
De Gilberto Castellanos hemos escuchado constantemente que es un orgullo para el estado de Puebla —uno de nuestros mejores poetas mexicanos del siglo XX—, lo que es muy cierto, pero debiera irse más allá, en un sitio más justo, un ejemplo de ello sería que la colección de poesía de la Dirección de Fomento Editorial de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) debería llevar el nombre de Gilberto Castellanos.
Poeta de los sentidos, que evoca la piel y el cuerpo a los terrenos de la luminosidad: memoria y sangre que corren del “cuerpo de la noche” a “la semilla horizontal del día”, pasando por los vértigos del amor y la proeza de la vida, pasión vívida, espejo del hombre, universo que lo encarna, palabra inacabada, perenne presencia.
