¡¡CDMX!
En un país de absurdos, uno de los mayores con que me he topado es la transformación de mi querida capital federal en algo que se llama Ciudad de México o CDMX. Ni yo ni mis amigos abogados entendemos qué va a pasar con los poderes federales que de acuerdo con nuestro modelo norteamericano requerían un distrito autónomo, el de Columbia en Estados Unidos y el Distrito Federal en la república mexicana. Pero legalismos aparte, nos topamos con el nombre mismo, con esa idiotez o genialidad, como usted quiera de la CDMX.
Primera pregunta: ¿qué van a ser los habitantes de tal engendro?: ¿cedemexos, cedemexenses, cedemexinos? Frente a los cuales “chilango” resulta caritativo. De ahí que yo recurra al pasado: recuerdo que mi suegro nacido en la muy noble y leal ciudad afirmaba con orgullo “yo soy capitalino”. Y mi familia materna y norteña se iba a pasar la navidad simplemente a México, sin nada de ciudad y recuerdo que mi madre le decía a un tío que se había hecho demasiado capitalino: “¡Ay, hermano, estás hecho todo un mexicanito!”
Espero que mi amigo Jaime Labastida encuentre con la autoridad de la Academia Mexicana de la Lengua un nombre adecuado para los millones de habitantes de lo que fue la maravillosa México Tenochtitlan.
Pero vamos dejando el nombre y que los genios cedemexos encuentren la gran Constitución y el gran sistema para gobernar nuestra amada ciudad imposible, y vayamos mientras a la triste condición de una realidad urbana que nada más no cabe en los tradicionales límites políticos.
Cuando esta república se inventó, nadie previó, por supuesto, que la pequeña y gloriosa capital se iba a convertir en ese horror que es una megalópolis. Término que por cierto es reciente y recuerdo que nació en Estados Unidos para referirse a la inmensa mancha urbana cuyo centro es Nueva York y que rebasa en su influencia varios límites estatales. Una megalópolis rica aunque también las hay tan pobres como Calcuta o tan sorpresivas como Shangai o esa locomotora brasileña que se llama Sao Paulo que no le pide nada en tamaño y caos a nuestra CDMX.
La realidad urbana de una aglomeración como México tampoco se ha reconocido en ejemplos más limitados como una Guadalajara que de ser la pequeña Perla se ha convertido en un caos que cubre 5 o 6 municipios, y eso que Guadalajara es algo así como la cuarta parte de CDMX.
Y es que los políticos y los legisladores parecería que nunca han estudiado urbanismo o se han enterado de lo que se llama planeación urbana y regional, lo que es equivalente a que un geriatra tenga como clientes niños pequeños.
Me pregunto si la crisis que será cada vez mayor hará algún día reaccionar a quienes gobiernan el país. Y lo que pasa es que el fenómeno megalopolitano es una verdadera novedad histórica, y pienso que sólo en Europa se tomaron ciertas medidas para racionalizar el crecimiento de urbes como París o Londres o en la inteligente Holanda, que organizó su ciudad hecha con ciudades con un corazón verde. Pero nosotros, como los chinos o ciertos africanos, como los indios, vimos llegar la megalópolis sin recursos para organizarla. Y ahora estamos sufriendo las consecuencias.
He mencionado París y Londres, en donde se propusieron soluciones propias, en Londres los New Towns que venían a aligerar la carga de la gran ciudad mientras que los franceses organizaban una región parisiense con una infraestructura de transporte adecuada y con un gran respeto por la maravillosa ciudad histórica. Es decir que algo se puede hacer, sólo que hay que hacerlo a tiempo.
