Lo mejor de la letra es que regresa, en un mundo en que efectivamente, nada vuelve. Tal es la clave de todo anagrama. Entre los anagramas que hay aquí, el que lanza Ángel Iveer está abierto a quien lo descubra; es una gema, encuéntrenla pero daré una pista: la gema es interior, ese brillo del fuego que te dice no todo es mentira y no dudes que todo puede ser verdad. Más allá del juego de la letra en la palabra, se enciende el fuego de la palabra en la imaginación, lo que definitivamente, es la poesía. Una forma de inteligencia compleja. Hallar el anagrama es descifrar el anatema. Estar “presentes ante la osadía del reloj”. Quien obtiene este poder, alter ego del tiempo, conoce la felicidad aunque las circunstancias del entorno ejerzan presión. El colmo de la vida es su elegancia: “La corbata es una hora que se ajusta sin presentirlo”.
Uno es uno y su anagrama, y si no lo descifra a él, no se salva a sí mismo. Entre el yo y su circunstancia se da el mismo juego que entre la realidad y el deseo. Ubicarse en el cruce es ser valiente: “alguna mentira comen las palomas”. Es enfrentar lo que puede ser y no es. “Ansiosos al espejo/ somos posibles”. Ser quien tiene el poder y lo desprende de “infinitos de hoja en blanco”, es repartir aquella rebanada de luz que no se agota, “somos duda que pende en la sorpresa”. Porque la fe también es una duda.
Junto a la perfección que nos dora con un sollozo, junto al Hamlet que llevamos dentro en tanto la hermosura de la vida es la que lentamente nos vuelve locos, “somos tentados a ignorarlo todo”, y un día nos vamos con el misterio que nos guarda, como nosotros a él, entre las sábanas.
Dos filtros nos vertebran: el afuera y el adentro. Entre los dos, hay una danza: “Toda luz danza un embeleso incierto”; danza entre brillos hirientes. Bastaría “observar el ojo de la aguja”; y reconocerse en el centro, junto a la clave de todo anagrama, junto a la voz: “paradoja es la voz dentro”, porque reconocer se lee lo mismo de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro. La clave está en reconocer. Reconocerse trae poder. Este poder refleja el claroscuro. Engrane cuántico el universo, el juego de luz y sombra es quien da origen a la tecnología computarizada: la reducción de todo a juego de luz y sombra que permite captar el universo en forma binaria. Así comienza el milagro de la interconexión. Porque la interconexión es un milagro. No al pesimismo absoluto ni al optimismo total. La noche de mentiras que detecta Ángel Iveer es el engaño del mundo actual, tan concreto y abstracto como el cristal, que deja ver, pero no entrar. Tan arduo como la computadora que une distancias y sin embargo, “tan cerca unos de otros no tenemos necesidad de conocernos”. El objeto nos deletrea. Se vuelve el rey, nos pide cuentas, impone su firma como un caparazón más allá de lo humano. Su firma es la forma. Señala Baudrillard que la forma se exterioriza en torno del objeto como un caparazón. Nuestra mano ya no trabaja, ante el “mouse” de la computadora, el esfuerzo es mínimo y el gesto de trabajo que como especie nos definía anteriormente, se sustituye por el puro gesto de control. Por eso la especie camina hacia un absolutismo de la forma. El objeto, como un caparazón, nos abraza. La silla, el sillón, en sus nuevas formas que van teniendo y van saliendo a la venta, ya nos abrazan, nos sirven de cuna, el hombre moderno mece su tedio en un asiento que abraza las formas de su cuerpo y le sirve de cuna, dice el autor de Cultura y simulacro, y en el lenguaje ocurre algo muy parecido, las palabras connotan nostalgias de valores, contenidos ya huecos por los que sin embargo nos dejamos abrazar, a eso tiende la gran cantidad de literatura que cumple la funcionalidad del trato, del relato, del lenguaje como objeto: la eficacia se mide ya de la manija a la mano, pero la luz, en sí, tiende a disimularse para no estorbar el conjunto, que es perfecto y sombrío. ¿Y en esas condiciones, qué es la poesía? La clave que faltaba, el anagrama, “desde el faro extraño que se acerca”. Poeta es aquel que podrá no ser celebrado mientras viva, pero se irá con el orgullo de haberle hecho el amor a las palabras. Ante el acto amoroso no hay más acta que “asisto a tus pupilas”. La “escollera” es la imagen que mejor se adapta al dique entre el poeta y el mundo de hoy. Ante una “noche de viernes que avanza como una ola”, el poeta percibe el furor que vendrá, conoce la felicidad en el momento en que la poesía se entrega como un relámpago, la felicidad que envidiarán muchos: el aplauso que la sociedad le niega el día de hoy, en el tiempo limitado de esta existencia; lo que el poeta percibe es la escollera: “un osario de voces amansadas”. Como no siempre, como no todos están para entender la luz, la sombra se trepa a ésta y juega a la no verdad, lo que explica pero no justifica, la derrota de lo humano; la condena del mundo que al fin vencido por su circunstancia, se pierde, se aleja, en el vacío actual, el mundo de los colores se opone al de los valores, “deletreamos el afecto en colores descompuestos”, al color lo manda el cálculo y ya no es el color lo que se busca, sino a lo más, el tono; ya todo es tenue, pero esto es disculpable: “¿Quién se anima a guardar secretos en una noche de mentiras?”
Ángel Iveer, Anagrama para una noche de mentiras. Secretaría de Cultura de San Luis Potosí, México, 2015.
