“Para Norma Salazar”, es la dedicatoria que hace Raúl Renán en su libro Normandía (Academia Mexicana para la Educación e Investigación en Ciencias, Artes y Humanidades [AMEICAH, AC], Colección: Los sueños de Dédalo, México, 2016). También es el primer verso, el poema abridor, la esencia que guarda todas las páginas, sitio donde Renán despliega su voz a lo largo de su pasión, música y ritmo de su mirada (“Sí da magia la fuerza que desprende la música que mira”), territorio que habita su presencia, mapa de la memoria con movimiento y luminosidad, también dolor y fuerza, libro de varios trazos a lápiz que estructuran un panorama (las teclas guían el subconsciente porque en lugar de “panorama” se tecleó “paranorma”) de color por la historia conjunta, paralelo donde atraviesan un tiempo inacabado la mirada que escribe, el camino que lo guía, el nombre que nombra. “Lo que está hecho con/ tela el tiempo lo cierra/ cuantimás, guardo tu nombre en/ ella, con el mío debajo”. La dedicatoria, así, a solas, en el centro de la página, del lado derecho (lo importante que nos guía aparece a nuestra derecha), es por igual una historia que cabe en esas tres palabras donde arriba y abajo hacen recuadro el blanco de la página, un antes y un después de silencio, eso es Normandía.
Raúl Renán (Mérida, Yucatán, 1928) nace un día de la Candelaria, 2 de febrero. En una “Autobiografía”, el escritor menciona sobre su encuentro con lo que sería su profesión/pasión: “El método fue conocer las letras por su figura y sonido, y con la combinación de éstos hacer las palabras”, experimentar, un juego que atraviesa gran porción de su labor creativa y que por igual se dan destellos en el libro que hoy nos ocupa. Jorge Aguilera López, autor del prólogo a Normandía, le inserta con estupendo tino: “la experiencia de atravesar el territorio poético construido por Raúl Renán nos permite reconocer una escritura que, desde su voluntad de estilo, desde su ímpetu de experimentación formal, desde su cuidado por la forma y el lenguaje a partes iguales, nos ofrece un libro íntimo y personal, además de gozoso y emotivo”.
Normandía es el poemario donde la memoria evoca el instante perpetuándose (“Me filtra el tiempo// con sus cuarteadoras// y tú con tus dedos las suavizas,/ las sellas con aceite// para que ya no pase.// Ese aceite irradia la musa/ que ha entrado en ti/ con su risa su mirada grande/ y su poder de mando,/ sobre el poema que dictas”), es la poderosa atracción de unos ojos que lo hacen volver, es entonces que se da una constante, mención hacia esos ojos desde diversos ángulos, aquí una de ellas: “Tu verso volante/ muchacha lirida/ no ve la hora de llegar/ al poema/ abierto de ánimo atisba/ como un ave/ de alas manchadas,/ no necesita ojos/ los tienes tú/ castaños claros/ emblema de los campos fecundos”.
Libro de constante música en el encuentro/desarrollo de sus versos, poemario que finca un universo, mujer galaxia, es la mención o la caricia que el poeta da a una historia, a la vida vívida.
