Inmensa burla al DF

Los políticos y sus partidos andan como gallinas cluecas con el asunto de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México. Todos buscan colarse en ese organismo al que atribuyen desde ahora trascendencia histórica, supuestamente porque habrá de elaborar una Constitución que, dicen los inmiscuidos, llenará de beneficios a la sufrida población capitalina.

Declaraciones van y vienen, se publican artículos generalmente firmados por políticos profesionales, Miguel Ángel Mancera habla de presuntos beneficios para la población del ex Distrito Federal, pero nadie, ni sus parientes más cercanos, se entusiasman ante la perspectiva de vivir en una entidad políticamente mutilada, pues ni siquiera habrá de ser igual a un estado de la federación.

El interés de los políticos es explicable, pues se supone que la Asamblea Constituyente suprimirá las actuales 16 delegaciones para conformar una nueva división política con más jurisdicciones, esto es, con más chambas para los directamente interesados, sus seguidores, amigos, amantes y todo lo que se acostumbra en estos casos.

Para elaborar el proyecto de Constitución, Mancera comisionó a Porfirio Muñoz Ledo y llamó a un grupo de notables en el que la mayoría no son notables, sino representantes del más acentuado pobrediablismo: politicastros desplazados, matraqueros en ascenso, aspirantes a jilgueros y cuanta fauna asoma la nariz en estos casos.

Espécimen emblemático de esa zoología es el infaltable, inefable e infumable Carlitos Payán, cacique de un diario capitalino y perfecto ejemplo del individuo semianalfabeto que nunca se acostumbró a trabajar, pero que se enriqueció con el trabajo de sus compañeros. El tipo olió el queso y ya anda merodeando al jefe de Gobierno en busca de un hueso más en su picaresca carrera.

El borrador de Constitución tiene esa característica mexicana que da a la norma poderes mágicos: cuando no puedas resolver un problema, aprueba una ley sobre el particular. La Constitución mexiqueña —dicen que será el nuevo gentilicio para todo lo chilango— no resolverá absolutamente ningún problema de la gente común, pero se encimará al cúmulo de leyes inútiles que complican y entorpecen nuestra vida pública.

En suma, la Asamblea Constituyente es un timo o, por lo menos, un chiste malo y altamente oneroso, pues costará más de seiscientos millones de pesos, si bien nos va. Dos de cada cinco diputados lo serán por dedazo y el resto no será elegido de acuerdo con la forma tradicional en la que un núcleo de ciudadanos elige a su representante. Entre los beneficiarios del método digital no estará integrante alguno de Morena, el partido más votado en la capital, pues lo dejaron fuera del reparto.

La elección de los sesenta faltantes será por lista. El voto de cada ciudadano no será por uno u otro candidato, sino por la lista de cada partido o la de los independientes, que son ocho y aparecerán en orden de registro. El total de votos se dividirá entre 60 y el resultado será el número de sufragios para elegir a cada diputado. Enredoso, sí, pero nadie explica tal descuajaringue. Todo es parte de la inmensa burla que hace la clase política a los habitantes del extinto DF. Para la triste democracia mexicana, la Constituyente es más bien la prostituyente.