Muy desenfadado, el discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes. Seguro de sí mismo, alborozado por el honor, relató su vida en tres o cuatro escenas. Una de ellas, revela sus balbuceos al aprender la lengua en que habría de escribir, la siguiente lo presenta como un habitué de los hospitales y la última se refiere a sus obras. Cuenta que desde temprana edad se familiarizó con los clásicos: Tirso, Lope, Garcilaso, Gracíán y, por supuesto, El Quijote, éste con ilustraciones, igualmente clásicas, de Gustave Doré. Ahí aprendió la principal lección de Cervantes, que “la literatura y el humor podían hacer buenas migas”.
Sin embargo, más me gustó su revelación de que apenas aprendió a leer esperaba inquieto la llegada del periódico para leer las historietas dominicales: AColina y un escritor colombiano, Antonio Montaña Mariño, lo llevan a leer a Galdós, Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna, Alberti, los Machado, pero también a Joyce, Faulkner, Dos Passos, Marcel Schwob. De los latinoamericanos recordó a muchos, entre ellos, a Borges y a Carpentier- Entre los españoles más recientes, enumeró a Juan Marsé, los Goytisolo, Cela e incluso a Pérez Reverte y Fernando Savater, pero quien lo convierte en escritor, aseguró Del Paso, fue el poeta Miguel Hernández, pues por esta lectura escribe su primera obra Sonetos de lo diario, que le publicó Arreola en los Cuadernos del Unicornio. Después de mencionar el nombre de Rulfo, y elogiar su asombroso conocimiento de la novela de todo el mundo, escribe José Trigo, “un libro reflejo de mi obsesión por el lenguaje, mi fascinación por la mitología náhuatl” y que, recuerda el escritor, ahora cumple 50 años, pues fue publicado en 1966.
Se refiere luego a su siguiente novela: “Seguí después con Palinuro de México, una especie de autobiografía inventada, una recreación literaria de mi vida como niño y adolescente, conjugada en varios tiempos verbales: lo que fui, lo que yo creí que era, lo que no fui, lo que hubiera sido, lo que sería, etc. “
Finalmente llega su obra cumbre:
Y después vino Noticias del Imperio, la novela sobre los emperadores Maximiliano y Carlota en la que me propuse darle a la documentación el papel de la tortuga y a la imaginación el de Aquiles. Desde muy peque el melodrama de estos dos personajes, el saber que habíamos tenido en México un emperador austríaco de largas barbas rubias al que fusilamos en la ciudad de Querétaro y una emperatriz belga que vivió, loca, hasta 1927, cuando Lindbergh cruzó el Atlántico en avión, me había fascinado. Por supuesto, en cuanto ganó Aquiles la novela quedó terminada.
Por último se refiere a La muerte se va a Granada, su obra de teatro sobre el asesinato de Federico García Lorca, que se representó en México, si no recuerdo mal en el Helénico, pero que el escritor asegura soñar con que se ponga en escena en España. (Asunto que, me temo, todavía es espinoso en ese país).
No dijo sobre su obra, y hay que añadirlo, que en todas ellas hay espacio para los acontecimientos sociales, en José Trigo, (en que se siente la influencia de Rulfo) se refiere al movimiento ferrocarrilero de 1959, a las viviendas en los furgones en Nonoalco-Tlatelolco; en Palinuro de México, al movimiento estudiantil de 1968, y en Noticias del Imperio a la intervención francesa. Por eso es natural, que su discurso al recibir el Premio Cervantes, haya comenzado con estas palabras:
Las cosas no han cambiado en México (desde 2015, que recibió el Premio José Emilio Pacheco) sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, los abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan sólo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza.
El discurso que comenzó así, terminó celebrando haber nacido dentro de la lengua española. Idioma en que dijo, lee, escribe, se ríe, bosteza, estornuda y sueña.
A pesar de toda la lista de autores mencionados, que no fue corta, sólo recordó a una parte de su familia espiritual, Joyce, Rulfo y Cervantes, le faltaron Rabelais y Sterne, todos ellos tienen que ver con su lenguaje barroco, a ratos surrealista, erudito y popular, regocijado y siempre delirante, no sólo en los monólogos de Carlota ya presa de la locura.
En la Caja de las Letras dejó el talismán que le servía para escribir, una camisa que heredó, porque el poeta José Carlos Becerra la dejó olvidada en casa de un amigo común cuando tomó la carretera rumbo a Brindisi para morir.
