Beethoven odiaba las reacciones sentimentalistas de las personas cuando escuchaban su música. Se cuentan muchas anécdotas en este sentido. En Berlín tocó el piano para la crema y nata de la aristocracia alemana —cuando se sentaba ante el instrumento, más que tocar improvisaba. La música brotaba de sus manos como el agua del manantial, y no había alma que pudiera sustraerse al influjo de la belleza de su sonido. Aquella vez, cuando terminó, esperó la reacción del público. Después de unos segundos, volvió la cabeza. Allí estaba toda esa gente, con pañuelos en la mano enjugándose las lágrimas. Azotó la tapa del piano, y gritó a voz en cuello: “¡Yo tengo la culpa por componer música para cerdos!”. Y más todavía. Estando en el balneario de Baden para someterse a una de las curaciones que le ordenaba su médico para aliviar su sordera, se topó allí mismo con Goethe, el más grande poeta alemán. Beethoven lo admiraba muchísimo —es muy fácil ponerle música a sus poemas porque en sí mismos contienen la música celestial del alma, le escribió cuando le hizo llegar siete poemas que había musicalizado y que Goethe, fiel a su costumbre, había desdeñado—, y la sola vista de Goethe, en la administración del balneario, provocó en él una reacción espontánea. “Venga usted a mi habitación. Tocaré para usted”, le dijo, y Goethe acudió presuroso. Se dice que Beethoven se sentó al piano, y que tocó con todo su poder. Cuando terminó, le preguntó a Goethe que opinaba de su música, y el poeta, el sabio, el erudito, se limitó a responder: “Su música es… encantadora”. Beethoven estalló. “¿Es todo lo que puede decir? Me paso más de cuarenta años soñando con tocar para Goethe ¿y es todo lo que puede salir de su boca? Señor, la música debe hacer saltar el fuego del espíritu”. Y prosiguió, ante el desconcierto de Goethe, que dificultosamente trataba de disimular las lágrimas: “La mayor parte de la gente se emociona por algo hermoso, pero es porque no tienen naturaleza de artistas. Los artistas son de fuego, no lloran”. Y ya entrados en gastos, las cosas no mejoraron para Goethe. Al día siguiente, el compositor y el poeta decidieron improvisar un paseo por los corredores del balneario. Que se toparon con muchos visitantes al balneario que se descubrían ante el paso de los artistas. Y que entonces Goethe comentó: “Me fastidia tanta gente que me saluda”, a lo que Beethoven repuso: “No se mortifique, excelencia, que tal vez no lo saluden a usted sino a mí”. Y allí estaban aquellos pasillos que la realeza solía recorrer. Y en efecto, aquella mañana la nobleza y los artistas coincidieron en el mismo camino; aunque en sentido contrario. Cuando Beethoven avistó al grupo —que caminaban tan cordialmente, el señor emperador, la señora emperatriz, el archiduque, la princesa, el conde— le dijo a Goethe: “¡No se me despegue! Deben ellos hacernos lugar, nosotros no”. Pero naturalmente que Goethe se despegó para dejar pasar a la comitiva. Se hizo a un lado y se quitó el sombrero. Beethoven, con las manos a la espalda, arremetió contra el grupo, que terminó quitándose para que él pasara. En cuanto lo hizo, le increpó a Goethe: “Usted no debe mostrarse así. Usted hace mal. Sería mejor que les dijera francamente todo lo que piensa. De otra manera, ellos no aprenderán nada. No hay una princesa que reconozca al Dante, a no ser que le apriete el zapato de la vanidad. ¡Yo los trato de otro modo! Usted puede muy bien colgarle a alguien una orden honorífica: con eso el individuo no habrá mejorado ni el espesor de un cabello. Puede usted fabricar lo que sea, pero nunca podrá fabricar un Beethoven, un Goethe”.