MESITA DE NOCHE

Una mirada a… Hugo L. del Río

Lector: aquí te hablo del Monterrey de 1953, que no tiene nada que ver con el Monterrey de 2014. Yo era un adolescente confundido, en un mundo de adultos en el que tuve que aprender a desenvolverme. El Hotel Zuazua existió y ésa fue su razón social. Estaba en la calle del mismo nombre, entre Padre Mier y Morelos. El viejo edificio colindaba con una de las mejores cantinas de aquellos años y quedaba a diez, doce metros, de la escalinata principal del Casino Monterrey, que, a su vez, hacía frontera con la catedral.

En pocos metros cuadrados, convivían en paz y buena armonía una ciudad de la fornicación, una taberna, el centro social de la clase dorada y el templo mayor.

Sí: el Zuazua era un hotel de paso. Nuestros clientes habituales eran parejas de jóvenes que desafiaban la doble moral levítica de la época para amarse en la intimidad; prostitutas y sus hombres así como familias que se registraban con niños y todo, sin tener la mínima idea de dónde se estaban metiendo.

El cine Elizondo me quedaba muy cerca. Había, en el centro, más librerías de las que hay ahora en toda la Zona Metropolitana. El Café Flores ofrecía a precios que nadie me va a creer las milanesas en su estilo oreja de elefante, que lo hicieron famoso, y la telefónica aún trabajaba con operadoras:

—Señorita, por favor el tres cuatro siete negro.

El Café Unión, en la estación de ferrocarril, era el mentidero predilecto de los políticos; la frutería La Victoria estaba abierta las 24 horas y el boleto del cine costaba creo que dos pesos, con función triple los miércoles.

¿Minifaldas? Ni las gringas. El vestido, hasta el huesito y no había regiomontana que se atreviera a salir a la calle en pantalones.

Mi vida era un desastre. Un año en Texas, dos años en la Ciudad de México. Voy y vengo entre Monterrey, Laredo, el defe sin tener idea de qué voy a hacer al día siguiente, en qué lugar voy a amanecer.

¿Maduré prematuramente o nunca lo hice? A los doce años viajé solo en autobuses hasta Spokane, estado de Washington, a media cuadra de Canadá. Pero iba muerto de miedo.

Lo peor, ya de regreso a Monterrey: viví en la Franja de Gaza. ¿Quién va a empezar el pleito del día en casa? No, quizá lo peor era preguntarme: en qué casa. Sobreviví. En la ciudad capital trabajé en uno de los dos mejores hoteles de aquellos años y desarrollé el hábito de la lectura gracias a los libros que dejaban los pasajeros —así se les llamaba— al abandonar la habitación o suite.

A los diecisiete años ya había visto la muerte y la violencia. Conocía el amor y la solidaridad, así como el desprecio y el odio. La única constante en mi vida era la cartera tan vacía como mis sueños.

Pero aquí estoy, todavía, y te comparto lector, algunas vivencias buenas y malas, si me vas a juzgar, confío en que seas tolerante. Y si no lo eres, espero, como decía Rabelais, “que te arda la morcilla cular”.

***

Con esta Introducción da inicio la colección de once relatos conectados entre sí y que componen el libro Hotel Zuazua (Oficio Ediciones), del periodista y narrador Hugo L. del Río, quien murió el pasado 18 de junio en la ciudad de Monterrey, a los 80 años de edad.