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Los ortodoxos o confesionales no están tan al día como los neoliberales de la sexualidad.
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El gran riesgo de Peña Nieto/I-III

Una declaración presidencial sorpresiva viene a complicar aún más una situación política nacional de por sí ya tensa y enrarecida. Me refiero a la apertura ante el matrimonio entre personas del mismo sexo y su casi inevitable consecuencia que es la adopción de niños que serían “hijos” de la pareja o, en otros casos, en las parejas lésbicas, de una inseminación artificial, claro, de la futura “mamá”, todo muy moderno y de lo más primer mundo occidental.

Antes de seguir adelante debo decir que no soy homófobo, ni puritano, ni católico o evangélico practicante y que como escritor y arquitecto he crecido en un mundo donde he tenido excelentes y admirados colegas homosexuales (me molesta el pochismo gay impuesto por los yanquis) y creo que la cultura mexicana sería muy pobre sin el concurso de personalidades como Salvador Novo, Carlos Monsiváis, Luis Barragán, Jesús Chucho Reyes Ferreira, Alejandro Rangel Hidalgo, Elías Nandino, o de bisexuales como la icónica Frida Kahlo.

Para mí, que escribo en Siempre!, que es un foro político, el problema debe reducirse a la política, la que en México siempre, para bien o para mal, ha sido absolutamente pragmática y donde el inevitable autoritarismo, aun en los tiempos duros de Plutarco Elías Calles, tuvo que reconocer los límites de lo posible que le marcaba la realidad social.

Así, creemos que la decisión presidencial, que después se supone que avalarán dócilmente los congresos estatales que no estén controlados por el PAN, se enfrenta a un serio enemigo: las Iglesias.

Y no hablo tan sólo de la católica romana que tras de la visita del papa Jorge Mario Bergoglio parecía estar en una verdadera luna de miel con el Estado mexicano que había echado por la borda su esencia laica, todo simbolizado con la devota comunión del católico presidente ante un papa triunfal y carismático que bendijo a una conmovedoramente piadosa clase política en Palacio Nacional.

Y hablé de Iglesias porque yo sí recuerdo que un número creciente de mexicanos ya no son católicos ni guadalupanos y cuyo cristianismo (pienso en mis amigos evangélicos y testigos de Jehová) es más intransigente en lo moral y en lo bíblico que los mayoritarios romanos. Y si sumamos a unos y otros, los creyentes en México con mucho superan a la comunidad cuya bandera no es la tricolor sino la del arco iris.

Por obvios motivos prácticos sería muy útil que el INEGI nos dijera cuántos son los homo-lesbos-bi-travesti-transexuales que forman la comunidad del arco iris; un columnista de un periódico nacional decía que eran muchísimos, incontables, pero yo creo que son menos que los millones que todavía creen en lo que enseñan sus libros sagrados. Cuéntelos. Cierto que los ortodoxos o confesionales, los que se casan por la Iglesia y piden un cura o un pastor al morir no están tan al día como los neoliberales de la sexualidad, pero creo que sería un gran error político desafiarlos. Enojados pueden hacer muchas cosas.