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El PRI está a tiempo para rectificar y conservar el liderazgo que sigue manteniendo.
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Elecciones 2016
La victoria siempre tiene muchas paternidades, todos, de una u otra manera, se quieren colgar las medallitas del triunfo, pero la derrota es absolutamente huérfana.
Estas elecciones representaron un grave revés para el PRI, se perdieron 6 de las 9 gubernaturas que mantenía en su poder y, sólo conservó Zacatecas, Tlaxcala e Hidalgo; en el esquema general de 12 se quedó con 5.
Las causas de esta debacle se inscriben en escenarios locales, pero, sin duda, inciden causales de orden nacional y general: primero, la mala percepción de la acción del gobierno federal; segundo, la selección de candidatos, que obedecían más a compadrazgos y complicidades que a verdaderas carreras políticas; tercero, el triunfalismo exagerado que hizo que se dejaran al garete a muchos de los contendientes; cuarto, la acción irresponsable de las encuestadoras que participaron con sus análisis, que una vez más se equivocaron rotundamente. Además, hubo otros elementos que no se han ponderado, como el caso de la iniciativa presidencial en materia de matrimonios igualitarios, que provocó una reacción iracunda de la Iglesia católica y que se refleja en las declaraciones del candidato ganador en Aguascalientes, Martín Orozco.
Muchos fueron los factores, pero lo cierto es que, hoy, el gobierno de Peña Nieto y el PRI tienen que alinear sus fuerzas en forma diferente si pretenden conservar el poder político del gobierno federal en las elecciones de 2018.
No se puede evadir la responsabilidad en esta derrota de políticos de primer orden, como el secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, y el presidente del CEN del PRI, Manlio Fabio Beltrones, quienes indudablemente son políticos de enorme capacidad, pero que hoy abandonaron la portería y se dejaron meter 7 goles.
Hacia 2018 se requerirá un candidato priista que pueda ganar las elecciones, primero que nada que, con razón o sin ella, el candidato no debe estar involucrado en escándalos de corrupción; segunda, que sea reconocida su eficiencia y su capacidad política; y tercera, que pueda ser sujeto de un profundo escrutinio por parte de la opinión pública, de todos los signos, y que demuestre su honestidad y patriotismo.
No será fácil encontrar algún miembro del grupo cercano al presidente Peña Nieto que reúna claramente estas cualidades; por eso, la figura del secretario de Desarrollo Social, José Antonio Meade Kuribreña, a pesar de él mismo, que se refugia en la sencillez, la humildad y el bajo perfil, tiene —a partir de ahora— una nueva posibilidad a la que se agrega lo que se consideró en principio como un defecto, su falta de militancia que, sin embargo, lo puede convertir en un candidato externo que atraiga a diferentes grupos sociales y no sólo a la militancia priista. También se recompone la figura del secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, en este panorama; mientras que los favoritos han perdido terreno, a la luz de estos comicios. El secretario de Hacienda, Luis Videgaray, sigue manejando —con seriedad y responsabilidad— las finanzas públicas, pero alejado de la conducción social, lo que es lógico dada la importante tarea que realiza en el manejo de la economía nacional.
El país requiere reformas al sistema electoral, no sólo que nos den la plena certeza del voto, sino que también impidan que la lucha electoral se convierta en un intercambio de lodo y de calumnias.
Llegó el tiempo de levantar a los muertos, hospitalizar a los heridos y forjar una nueva unidad, que se refleje por valores de patriotismo y grandeza. El PRI está a tiempo para rectificar y conservar el liderazgo que sigue manteniendo, aun cuando esta elección fue una sorprendente llamada para una renovación a fondo.
