La decisión británica de abandonar la Unión Europea, a 43 años de ingresar en la antecesora Comunidad Económica Europea, ha sido un acontecimiento histórico sin precedentes, que más allá de sus consecuencias políticas, económicas y sociales, nos proporciona suficientes elementos de análisis para confrontar las teorías de integración y la economía regional.
En términos de la Teoría de la Integración, que se desarrolló dentro de la teoría neoclásica del comercio internacional, se consideraba una región como una zona de libre comercio o como una unión aduanera que organizada como un mercado regional unificado, a partir de la apertura de los mercados nacionales de los países que conforman dicha región.
Aunque estaban a favor del libre comercio a nivel internacional, esta teoría considera la formación de uniones aduaneras o zonas de libre intercambio como un second best. Por su parte, la Teoría de la Economía Regional de los sesentas, de Perroux, definía a la región como un espacio de concentración y de jerarquización de las actividades económicas, dentro del cual un polo de desarrollo ejercía efectos asimétricos o de denominación sobre una zona geográfica dentro de fronteras territoriales.
A pesar de que han transcurrido más de 50 años de la concepción de estos postulados, los procesos de globalización y regionalización han recategorizado estas teorías con la creación de bloques, áreas, zonas, alianzas, que aunque trascienden lo geográfico tienen como común denominador la ponderación de los factores económicos y los asuntos políticos, es decir, la geoeconomía y la geopolítica.
Lo que ha sido claro y se ha hecho evidente con el pasar del tiempo, es que desde la etapa constitutiva de la Unión Europea se ha inducido la consolidación de un bloque económico, por un lado, y de un bloque político, por el otro. Sin embargo, dadas las diferencias en los niveles de desarrollo entre sus países, la integración se fue sosteniendo con la intervención de los Estados más desarrollados, instrumentando condiciones para el establecimiento de las relaciones económicas regionales, la cooperación intergubernamental en diversos sectores y la creación de instituciones comunes, desde el Parlamento, Consejos, Tribunales de Justicia y Cuentas, Banco e instituciones de carácter administrativo y técnico. Por otro lado, las interrelaciones culturales entre pueblos anglosajones, nórdicos, latinos, griegos y eslavos de los 28 países no han podido consolidar una identidad europea y en algunos casos predominan nacionalismos y proyecciones particulares.
Los ciclos económicos han puesto a prueba este proyecto de integración y regionalización sui géneris, que ha dado lugar a un sistema híbrido y supranacional como bloque económico-político. Desde la crisis griega, donde se consideraba su salida (Grexit) y la aprobación del referéndum denominado Brexit, hoy el proyecto de la Unión Europea está sustentado en elementos de soberanía, patriotismo, seguridad y defensa del territorio.
Si bien compartir espacios de soberanía no significa renunciar a ella y a cualquier capacidad de decisión, con su salida, el Reino Unido seguiría compartiendo su soberanía por el hecho de pertenecer a instituciones cuyo fin es precisamente regular cuestiones en las que una acción concertada redunda en beneficio común de sus miembros. Los británicos pertenecen a organizaciones internacionales y son signatarios de tratados y convenios internacionales que restringen, de distintas maneras, su libertad.
SECRETARIA DE LA COMISIÓN DE RELACIONES EXTERIORES AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE, DEL SENADO DE LA REPÚBLICA
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