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Esta situación tiene un claro origen en los medios de comunicación electrónica, especialmente en internet y las redes sociales.
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Por doquier, malas noticias

 

Por donde se le quiera ver, el mundo está de cabeza. Las malas noticias se generan en todos los rincones del orbe. Nos estamos acostumbrando a conocer acerca de situaciones lamentables, que ya a nadie sorprenden. La natural capacidad de asombro del género humano parece estar cediendo a una nueva forma de costumbrismo e indolencia, donde la mala nota ocupa lugares de privilegio en los medios de comunicación, en detrimento de otras que, por su carácter virtuoso, deberían alimentar nuestro optimismo y ocupar los cintillos de los principales diarios.

Lamentablemente las cosas ya no funcionan de esa manera, entre otras razones porque las noticias buenas “no venden” y las malas, al despertar el morbo y nutrir las baja pasiones del hombre, generan ganancias y, peor aún, “dan cuerda” a la gente y articulan narrativas fantásticas que, aunque no tengan sustento en la realidad, se dan por ciertas.

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Esta situación tiene un claro origen en los medios de comunicación electrónica, especialmente en internet y las redes sociales, que han hecho práctica cotidiana de la especulación y la diatriba. Las nuevas tecnologías de la información facilitan la difusión de noticias que con frecuencia carecen del debido sustento y, por ende, construyen historias que propician sentimientos de desesperanza e incluso situaciones de histeria colectiva.

Se trata de un nuevo fenómeno, que alerta a los medios impresos sobre la relevancia de su trabajo y la responsabilidad que tienen de informar con objetividad a la sociedad y apuntalar la formación de una opinión pública calificada. Los espacios nanotecnológicos contaminan el espacio con noticias de basurero y, peor aún, incorporan en su acervo notas denominadas trending topics que con frecuencia no son más que un chismógrafo de dimensión global.

Por si fuera poco, en nombre de la libertad, las redes sociales no escatiman recursos para acusar y difamar al que se deje, y de esta forma van hilando argumentos para crear controversia donde no la hay, para denostar a unos y hacer de otros héroes de papel.

En un mundo huérfano de Guerra Fría, donde las ideologías han dado paso a las estadísticas de internet y a la presunción de su infalibilidad, ya nadie parece preocuparse por la discusión de los temas de fondo, es decir, por abordar asuntos que, por su naturaleza estructural, explican las contradicciones sociales de nuestro tiempo, el deterioro progresivo del medio ambiente y la naturaleza esencialmente perversa de la economía de mercado. Nada aportan en ese sentido las notas que se difunden en internet, cuya lectura además es tortuosa ya que deforma la lengua al utilizar vocablos que no existen en ningún diccionario.

Cierto, estamos ante una forma novedosa de transmitir noticias, que es propia de las generaciones más jóvenes; igualmente cierto es que ello no justifica su pobre contenido ni mucho menos su desprecio a la correcta utilización de los idiomas. Esta forma de comunicar da vuelo al desarrollo de innovadoras modalidades de violencia, que polarizan sociedades, estimulan el surgimiento de liderazgos políticos extremos y desacreditan al Estado de Derecho y sus instituciones.

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La tragedia es mundial y por ello el periodismo escrito está obligado a responder con elocuencia e inteligencia al reto que le plantean las redes sociales, de tal forma que la gente conozca los hechos como son y pueda acceder a la opinión calificada del periodista, que a través de sus columnas y editoriales, aporta elementos estructurados para el análisis de situaciones concretas. No hacerlo así es apostar a favor del descreimiento de las nuevas generaciones en el valor de la buena política y de la discusión edificante.

Es también una riesgosa apuesta por la desmemoria, que de manera deliberada fomenta el olvido del pasado porque solo informa o desinforma sobre un presente deformado por algunos internautas. En este tenor, el periodismo de nuestros días debe erigirse en termómetro de la democracia moderna, de un régimen de libertades donde la mentira y la denostación que generan las redes sociales encuentra su punto de equilibrio en la información calificada, seria y profesional que publican los medios escritos. No se vale que en nombre de esa democracia y esa libertad que dicen defender, los internautas se asuman unilateralmente como fiscales de la sociedad, como jueces de todas las causas habidas y por haber, que aspiran a convertirse en autoridad y a desplazar al intelectual orgánico, que en los más apegados canones gramscianos, ejerce la crítica constructiva y hace política con apego a sus ideales.

Los que corren no son tiempos fáciles. La información que generan a nivel global las redes sociales responde a intereses concretos y por supuesto en modo alguno es neutral. A final de cuentas, su intencionalidad política está asociada con la reproducción de intereses útiles para los actores económicos que han hecho de la globalización un fenómeno incapaz de derramar sus beneficios entre los pueblos de la periferia.

En los años sesenta del siglo pasado, el comunicólogo Marshall McLuhan afirmaba que la radio y la televisión fomentaban el abandono de las culturas literarias y que se regresara a la forma oral de comunicación, basada en las relaciones interpersonales y en la especulación acerca de eventos que se mueven con facilidad en la metáfora y la magia.

Hoy, de manera similar, con el internet y las redes sociales, el periodismo escrito debe hacer un esfuerzo notable para recuperar su bien ganada reputación como medio socialmente responsable y comprometido con el desarrollo integral de todos los pueblos. Volver a leer y a escribir es apostar por la paz, es un imperativo de nuestro tiempo que nos indica que no siempre las tecnologías abonan en beneficio del desarrollo del espíritu humano.

Internacionalista