[gdlr_text_align class=”right” ][gdlr_heading tag=”h3″ size=”26px” font_weight=”bold” color=”#ffffff” background=”#000000″ icon=” icon-quote-left” ]
La tesis se ha convertido en una simulación rodeada de formalismos absurdos, pero las instituciones insisten en exigirla.
[/gdlr_heading][/gdlr_text_align]
A propósito del caso Peña Nieto
Las tesis académicas tienen una historia extraña. Inicialmente, se llamaba así a un cartel, por lo general de una sola página, que anunciaba el acto en que, para obtener los grados de licenciado, maestro o doctor, el aspirante defendería una conclusión o propuesta. Tesis significa literalmente “conclusión” y hacia el siglo XVIII entró en el Diccionario de la Real Academia Española como “aserto o proposición que se defiende en las escuelas”. Todavía hoy, en la cuarta acepción académica, significa “aserto o proposición que se defendía en las antiguas escuelas universitarias” (y que se defiende en las actuales, aunque no lo sepan los académicos).
Hasta muy entrado en siglo XX, a la palabra tesis le fue reconocido el significado de “disertación escrita que presenta a la universidad el aspirante al título de doctor en una facultad”, definición evidentemente incompleta, pues en muchas universidades —por fortuna cada vez menos—el requisito de la tesis es indispensable para obtener también los grados de licenciado y maestro.
De modo que la tesis, de ser un mero enunciado que cabía generalmente en una página, pasó a ser un breve tratado sobre determinado asunto en torno al cual gira el examen de grado, sin mengua de que los sinodales interroguen sobre otros puntos al sustentante, que debe contar con amplios conocimientos, manejo de una sólida argumentación y habilidad dialéctica para mostrar suficiencia en todo lo referente a la especialidad académica que haya cursado, lo que en teoría todavía forma parte de los mecanismos de titulación.
Sin embargo, hace varias décadas —si no es que desde siempre— las condiciones de vida de los egresados universitarios empezaron a convertir el requisito de la tesis en un lastre para la titulación. Los jóvenes al salir de la carrera o todavía en ella se incorporan al mercado de trabajo, frecuentemente con jornadas extenuantes que no dejan tiempo para estudios de actualización ni, por supuesto, para la elaboración de una buena tesis.
Para solventar ese trámite y obtener el grado, se hacía y se hace cualquier tesis, mal redactada y peor estructurada, con el consentimiento del asesor, que generalmente es también el sinodal-presidente del jurado que examinaría al sustentante. Además, profesores poco imaginativos y generalmente ágrafos imponían e imponen a las tesis un esquema que pocas veces propicia el desarrollo de un tema: dedicatorias y agradecimientos, marco teórico, antecedentes del tema, desarrollo con muchas citas —aunque no vengan al caso—, conclusiones y bibliografía. Cumplidos esos requisitos, la tesis puede ser un bodrio, pero generalmente con eso basta para que el examinado cuente con la aprobación de los sinodales.

Por convertirse en mero trámite burocrático, las tesis son motivo de trampas, fraudes, plagios y negocios, pues para cumplir con el trámite lo más fácil es encargar la redacción del documento a un compañero que sea mejor estudiante y necesite ganarse unos pesos. Otros optan por el método de copiar y pegar sin preocuparse mucho por la coherencia y algunos más echan mano de alguna obra conocida y elaboran una síntesis.
De unos años para acá, la elaboración de tesis se ha convertido en un negocio en toda forma, con redactores que armados de una breve pero eficaz bibliografía un día redactan un trabajo sobre la refracción de la luz y al siguiente una demostración de que Platón se contradice en el Cratilo. Hoy, incluso, existen negocios dedicados precisamente a la elaboración de tesis sobre pedido y hasta se dan el lujo de anunciarse en la prensa.
Como es evidente, el requisito de la tesis ha sufrido un serio deterioro y es motivo de una simulación cada vez más extendida. De ahí que algunas universidades, sabiamente, hayan abierto otras opciones de titulación y que incluso hayan eliminado el examen de grado, pues basta con presentar el testimonio de una práctica de campo, unas guías de lectura y cosas semejantes para que se otorgue la licenciatura, la maestría o el doctorado.
Por supuesto, se creerá que son los alumnos los únicos actores de esa farsa generalizada, pero no es así. Si el estudiante realiza alguna investigación, hay asesores de tesis que la aprovechan para su propia obra, si es que la tienen. Otros atormentan al muchacho con orientaciones absurdas por la sencilla razón de que ignoran todo lo referente al tema de que se trata y los más se conforman con que se les presente un texto sin ton ni son siempre y cuando cumpla con el sobado esquemita que va de las dedicatorias a la bibliografía.
Con las excepciones de siempre, los sinodales participan alegremente en esa ceremonia de simulación que es el examen profesional, al que llegan sin haber leído la tesis del sustentante y dejando al margen todo pudor se ponen a hojearla en plena ceremonia en busca de cierto asunto por ellos conocido para hacer alguna pregunta ingeniosa, y a veces ni eso. Simplemente hacen acto de presencia porque a cambio reciben un estipendio.
La tesis se ha convertido en una simulación rodeada de formalismos absurdos, pero las instituciones insisten en exigirla. El resultado son los textos mal copiados y peor escritos, una mezcla de remiendos y palabrería sin sentido, generalmente por encargo. Pero ahí sigue el trámite…
La tesis presentada por Enrique Peña Nieto para titularse en la Universidad Panamericana no es para felicitarlo y tendrá que hacerle frente a las consecuencias y al nuevo escándalo internacional. Pero el asunto deberá suscitar una seria reflexión en los medios académicos sobre la pertinencia de ese documento, el que se exige todavía sin considerar que hoy las condiciones de tiempo y lugar son radicalmente distintas a las que privaban hace un siglo.
La tesis, salvo notabilísimas excepciones, ya no representa un aporte a la ciencia y ni una prueba de conocimiento. Se puede llegar al cargo más importante de una nación sin ella y con ella se puede hacer ostentación de saberes inexistentes y de falsa excelencia académica. ¿Tiene sentido mantener ese trámite absurdo?
