El narco gringo que quiso ser narco mexicano
Por J. Jesús Esquivel
Si se le escuchara hablar español, sin duda podría pensarse que Don Henry Ford Jr. es un mexicano de Sinaloa, Coahuila, Sonora o hasta de Chihuahua. Su historia como narcotraficante es tan singular y emblemática que sería el guión perfecto para una de esas películas que ahora se han puesto muy de moda sobre las hazañas de narcos; es más, podría ser el propio protagonista: a sus 58 años de edad sigue teniendo el porte de un cowboy, como aquellos de cierta publicidad de cigarros hace ya muchos años. Contar su incursión en el narcotráfico entre México y Estados Unidos como una entrevista —pregunta y respuesta— sería un pecado para la narrativa: dejemos que sea él mismo en primera persona y con su muy peculiar estilo de hablar quien la cuente. La plática con este narco gringo fue grabada. El tiempo de Don como narcotraficante no es ni debe ser ejemplo para nadie, lo digo con toda sinceridad, pero tengo que admitir que hasta ahora en mi carrera como reportero nunca disfruté tanto realizar una entrevista. La franqueza de Don ilustra la realidad de la sociedad estadounidense común y corriente frente a aquella imagen sofisticada y conservadora con la que se presenta ante el mundo. La narración de este ex narcotraficante es muy transparente, sin tapujos, con nostalgia y posible- mente con algunos arrepentimientos. En ella encontré también la hipocresía del gobierno federal estadounidense al hablar del problema de la demanda, consumo y venta de drogas en su propio país.
La historia de Don pone de lado muchos mitos y tabúes. La vida de este narco gringo gangrena el dedo de Washington, acostumbrado a señalar y buscar culpables fuera de sus fronteras ante el gravísimo error de no saber atender con efectividad el problema de las adicciones entre su población.
Don es el narco gringo que sigue existiendo y al que nunca se atrevería a exhibir públicamente el gobierno de su país como hace con los narcos mexicanos o colombianos, por ejemplo.
Me llamo Don Henry Ford Jr.; trabajé como encargado de un rancho cerca de Fort Stockton, en el estado de Texas. Para ser más exacto, en Pecos.
El rancho estaba en un lugar despoblado cerca de la frontera con Coahuila, México; teníamos sembradíos de alfalfa y vacas. Todo lo que se sembraba era cultivo de riego; con bomba sacábamos el agua de norias. En esos años [fines de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado] la situación en Estados Unidos estaba del carajo.
Era muy caro el precio del gas con el que sacábamos el agua y los pocos ranchos que estaban alrededor poco a poco se fueron a la quiebra por lo mismo, por lo caro que estaba en ese tiempo el gas. Pagaban muy barata la producción del rancho; no alcanzaba para cubrir el costo del gas ni el salario de los trabajadores.
En ese entonces yo tenía como 25 años de edad, estaba muy joven y no era güevón; trabajé muy duro, era el gerente. Tenía bajo mi responsabilidad a unos 30 trabajadores de planta y como a otros 20 más de temporal. Era un rancho grande; teníamos 16 norias trabajando todo el tiempo para regar los sembradíos de alfalfa y para dar de beber al ganado.
Toda la gente que trabajaba en el rancho venía de México o era nacida o criada en esa región. Pero, aunque no lo crean, no hablaban inglés; no importaba incluso que hubieran nacido aquí en Estados Unidos. Es frontera y así es la gente allí; el inglés no hace falta y a veces sirve para un carajo. En esa parte de Texas y en esos años casi no había nadie viviendo por ahí; eran pueblos chiquititos y lejos uno del otro. De los trabajadores mexicanos del rancho, algunos estaban arreglados [eran residentes permanentes] y otros no [indocumentados].
En el rancho comenzó a fallar el dinero, pero mis trabajadores eran mis amigos, lo entendían y no dejaban de laborar. Como yo, se sentían parte del rancho; éramos vaqueros todos, como hermanos casi.

El periodista J. Jesús Esquivel .
Desde muy joven yo fumaba marihuana; era consumidor, para qué negarlo. Comencé a fumarla desde que tenía 19 años. Uno de los trabajadores mexicanos del rancho me la conseguía, muy buena, por cierto. En lugar de comprársela a gente extraña se la empecé a comprar a él, un cuarto de libra [113 gramos] cada mes, para mi consumo. Para esos años la libra [453 gramos] de marihuana costaba unos 600 dólares.
Yo mismo había sembrado poquita marihuana antes de regresar a Texas, para ser exacto en el estado de Oregon. Con esto quiero decir que tenía algo de experiencia en ese negocio, pero lo había dejado: cuando asumí la gerencia del rancho, estaba tratando de dejar de vender marihuana y dedicarme más a la agricultura y al ganado. Toda mi vida he sido vaquero, pero cuando me di cuenta de que nos íbamos a la quiebra, que debíamos unos 800 000 dólares al banco con un interés de 14% mensual, me sentí perdido. Eso fue durante la presidencia de Jimmy Carter: las tasas de interés subían a cada rato, y mucho. Para salvar el rancho, las ganancias netas debían haber sido por lo menos de 100 000 dólares al año, solamente para pagar los intereses, y eso sin contar todos los otros gastos del rancho. Antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos en quiebra.
No encontrábamos solución para salvar el rancho y fue entonces cuando decidí hablar con uno de los trabajadores mexicanos, el que me vendía la marihuana. Me contó de dónde la traía y quién se la vendía a él; era marihuana mexicana, de muy buena calidad, eso que ni qué.
Tenía la solución allí, en el mismo rancho, y que me voy a México para ver si podía hallar un poquito más, ya no sólo para mi consumo, sino pa’ vender. Mi intención era ganar dinero con la marihuana para salvar el rancho.
Me fui primero a Ciudad Acuña; crucé la frontera manejando mi Suburban. En esos años era muy fácil entrar y salir de México para todos, pa’ nosotros los gringos y pa’ los mexicanos. Arregla- dos o no, cruzar la frontera era muy fácil. Ya estando allí me metí a una cantina. No sabía cómo se hacían las cosas y como un loco empecé a preguntar con quién podía hablar porque quería comprar marihuana; cuando me acuerdo de eso me río, porque entré a esa cantina preguntando por marihuana como cuando una persona llega a un supermercado a preguntar por mantequilla.
Un hombre se me acercó y me dijo: “Espérese aquí, ahorita se la consigo”. ¡Qué va! Le habló a un pinche policía; me arrestó la policía municipal. En mi Suburban yo llevaba poquita, como para dos toques; pues la encontraron y me llevaron a la cárcel. Me quitaron todo mi dinero, unos dos mil dólares, me torturaron un poquito y después me soltaron.
Me regresé al rancho y hablé con otro trabajador de quien yo sabía que tenía su historia; se burló de mí cuando le dije lo que había vivido en Ciudad Acuña. Nos pusimos de acuerdo y nos arrancamos otra vez para México. Me llevó a Santa Elena, Chihuahua, un pueblo en la frontera con Estados Unidos, ahí donde mataron a Pablo Acosta, un narco mexicano importante; me consiguió mota buena y la traje para Estados Unidos. Era un costal de marihuana como de unas 25 libras [11.3 kilogramos], creo.
En realidad yo no movía mucha mercancía: llegué al punto de estar moviendo 200 libras [90.7 kilos] por cada viaje que iba a traer de Santa Elena. En el rancho, los trabajadores se dieron cuenta de lo que estaba haciendo; no me tenía que esconder, entraba mucha marihuana a Estados Unidos. Mucha gente de la frontera se dedicaba al negocio, no en grande, claro, sino para sacar unos dólares de más. Yo quería muchos dólares, pa’ librar el rancho. Fue por eso que otro de los trabajadores pidió hablar conmigo y me dijo: “Mire, yo también tengo un hermano que trabaja en esto”.
El asunto es que el hermano de este trabajador no compraba la marihuana en Chihuahua: él la traía y la pasaba por el estado de Coahuila. El que la vendía era de Coahuila, tenía un grupo, se llamaba Óscar Cabello Villarreal, y él mismo fue directamente a verme al rancho. Nos arreglamos y le empecé a comprar la marihuana en más cantidad.
Óscar era más buena gente que los que me vendían la mercancía en Santa Elena; allá en Chihuahua estaba más peligroso; eran más cabrones que en Coahuila, pues. Nos hicimos amigos, casi como si fuéramos familia. Conocí muy bien a su hermano menor, Vicente, quien era trabajador nuestro. Son buena gente.
Óscar trabajaba en un ejido de Coahuila llamado Piedritas; ranchero también, estaba muy interesado en el negocio de la siembra de alfalfa y en el ganado. Todos sufríamos, por eso ya éramos como hermanos, batallando con los mismos problemas. Él necesitaba hacer negocios para mantener su rancho y yo también para salvar al mío en Texas.
Trabajábamos muy bien, todo de acuerdo, sin problemas ni traiciones, así fue como comenzamos a mover mercancía. Pero llegó el tiempo… —Don hace una larga pausa y suspira como con nostalgia antes de hacer una acotación—. La marihuana es un producto como el tomate; en ciertas regiones hay temporada en que hay, y hay temporada en que no hay; a veces llegaba el tiempo en que no había, y yo aquí en Texas tenía clientes que la exigían. Con el negocio para ese entonces había conseguido clientes en Dallas, y necesitaban marihuana porque ellos también tenían sus propios clientes que les pedían mercancía.
En realidad yo no vendía la marihuana directamente a la gente. En Plainview, cerca de Dallas, tenía a una persona a quien le entregaba la mota y era ella quien se encargaba de venderla, aunque también tenía un primo que vivía cerca de Dallas y ése era otro de los encargados de vender y distribuir a los clientes de la calle la marihuana que yo traía de México.
En esos años compraba la libra de marihuana en unos 200 dólares, pero era de alta calidad, sin semilla. Nosotros vendíamos esa misma libra en 800 dólares: ése era el precio al que se la daba a mi primo y al otro hombre de Plainview. Ellos a su vez la vendían a otro precio, para que cada quien se ganara su dinerito. Sabía que mis distribuidores la vendían en 1 200 dólares, repito, porque era de mucha calidad la que conseguía por medio de Óscar: estaba conectado allá en México con gente de a deveras, los que sabían del negocio, gente de Guadalajara y Sinaloa.
La mota que vendíamos venía del grupo de [Rafael] Caro Quintero. Óscar no conocía a Caro Quintero, pero la mota venía del cártel de Guadalajara, de eso estoy cien por ciento seguro. Re- pito, era mota muy buena. Sabíamos por garantía que venía del rancho El Búfalo, ese que tenía Caro Quintero en Chihuahua y que luego le chingó el gobierno [mexicano].

>Fragmento del libro “Los narcos gringos”, de J. Jesús Esquivel (Grijalbo, 2016). Agradecemos a la editorial por las facilidades otorgadas para su publicación.
