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En la búsqueda de armas terapéuticas que combatan las infecciones bacterianas, casi un siglo más tarde se redescubren las cualidades antibacterianas de los virus.
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Para el fino equilibrio del organismo
Su existencia se conoce prácticamente desde 1915, pero no fue sino hasta 1917, hace 99 años, que se identificó por primera vez a los virus que infectan a las bacterias, que literalmente las devoran, por lo que se les llamó bacteriófagos y se les comenzó a utilizar en la práctica médica.
Sin embargo, su uso se abandonó por culpa de otro microorganismo, el Penicillium notatum, hongo del que se extrajo la toxina penicilina, con la que se elaboró el primer antibiótico en la década de 1940, en plena segunda guerra mundial. Su uso extensivo y esperanzador dejó en un plano secundario las funciones bactericidas de los bacteriófagos.
Una historia de ensayo y error
Los bacteriófagos fueron clasificados por el microbiólogo franco-canadiense Felix d’Herelle en 1917, dos años después de que el bacteriólogo británico Frederick Twort los descubrió como agentes bacteriolíticos que infectaban y mataban a las bacterias, pero no logró identificar qué eran, consideró que se trataba de una “sustancia esencial”.
En cambio, D’Herelle anunció el descubrimiento de “un invisible antagonista microbiano del bacilo de la disentería” y lo llamó bacteriófago (del griego phágos: que come) por su acción de destruir esa bacteria. Una vez descubierto el virus, procedió a utilizarlo en personas que tenían disentería, con buenos resultados.
A partir de entonces se empezaron a buscar nuevas aplicaciones para los bacteriófagos (fagos, para abreviar) pues se planteó que podría haber otros que combatieran diferentes infecciones. Con ese interés, en Estados Unidos, Francia y Alemania se instalaron laboratorios que produjeron fagos a partir de cultivos de las bacterias infecciosas.
Esa terapia tuvo un éxito fugaz en la década de 1930, el cual fue interrumpido por la segunda guerra mundial y la posterior comercialización de la penicilina y otros antibióticos. Sin embargo, en la extinta Unión Soviética fue donde se prosiguió con la investigación, incluso se empleó para combatir infecciones de la piel, de los huesos (osteomielitis), del tracto urinario, heridas e infecciones generalizadas (septicemias).
Los resultados fueron satisfactorios, pero como provenían de investigadores que difícilmente intercambiaban información con la comunidad científica internacional y menos aún sometían a dictámenes sus estudios, no pudieron ser avalados. Por su parte, el Instituto Pasteur, en la década de 1970 realizó preparaciones de fagos contra bacterias patógenas como estafilococos, coliformes, pseudomonas y serratias, estas dos últimas son responsables de la mayoría de las infecciones intrahospitalarias.
A pesar de que se ha visto su efectividad, la fagoterapia no está completamente reconocida, se puede considerar que los estudios de esta terapia tan sólo son una demostración de posibilidades, pues la metodología no ha sido tan rigurosa como debiera. Pero esa situación podrá cambiar en un futuro próximo.
Los virus aliados
Investigadores de la Universidad Estatal de Montana y de la Universidad de Helsinki, encabezados por el doctor Mark Young, publicaron el 29 de agosto en las Actas de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos (PNAS, por sus siglas en inglés) su trabajo Healthy human gut phageome (Fagoma del intestino humano sano), donde informan de investigaciones que podrían abrir otro campo de estudio para la fagoterapia.
Young y colaboradores analizaron el microbioma humano (conjunto de especies que viven en el organismo) de 64 voluntarios de varios países, en búsqueda de fagos. Encontraron que la mitad de esas personas, todas sanas, compartían 23 especies de fagos; en tanto que personas con enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa (padecimientos inflamatorios del intestino) fue mucho menor el porcentaje de pacientes con esos 23 fagos.
El hallazgo confirma que cada persona tiene un fagoma único e irrepetible, que puede ser sano o estar relacionado con diversas enfermedades. Se plantea que en el tracto digestivo, dentro de las bacterias, viven en estado latente los fagos en un equilibrio armonioso o patológico, pues se estima que puede haber cerca de tres mil especies de fagos activos en el intestino de cada persona, aunque muchos de ellos aún no se han caracterizado.
“La implicación más importante de nuestro estudio es que debemos considerar los virus no sólo como causante de enfermedades, sino que posiblemente también sean beneficiosos para la salud”, ha señalado el doctor Mark Young.
Por lo tanto, el estigma de los virus como causantes de enfermedades poco a poco deberá desaparecer, ya que la interacción de ellos con seres humanos, animales y vegetales ha sido más benéfica que perjudicial. Ahora se sabe que son un elemento importante para conseguir la homeostasis, es decir el fino equilibrio del organismo.
reneanaya2000@gmail.com
f/René Anaya Periodista Científico
