El ataque turco con tanques, artillería, aviación y tropas contra el pueblo fronterizo sirio de Yarábulus, ha sido presentado oficialmente como respuesta a los diversos atentados terroristas cometidos por la organización Estado Islámico (EI); no obstante, Turquía también tiene el propósito más profundo de golpear al movimiento armado kurdo en Siria e impedir cualquier emplazamiento estratégico permanente en su inmediatez territorial.

La operación “Escudo del Éufrates”, que contó con el apoyo de la aviación estadounidense y de las diversas milicias agrupadas dentro del Ejército Libre de Siria, fue una ocasión propicia para atacar también a las fuerzas kurdas emplazadas en el pueblo de Manbij en Siria y en otros puntos de la zona.

Es bueno recordar, que desde el inicio de la crisis en Siria en el año 2011, el gobierno de Ankara optó por brindar apoyo militar, financiero y retaguardia estratégica para varios de los grupos eminentemente sunitas que se oponían al gobierno de Bashar Al Assad, encabezado por una compleja alianza de sectores en los cuales los alauitas ocupan un lugar central.

Dentro de la dividida oposición siria, han actuado organizaciones extremistas como Al Qaeda, el frente An Nusra, y la más repudiable de todas: el EI con su autoproclamado califato desde el 2014.

La repulsa mundial al terrorismo del EI, la persistencia del poder central de Damasco, el apoyo militar directo al gobierno de Bashar brindado por actores como Irán y Rusia, y los efectos de las operaciones aéreas de los Estados Unidos contra el  EI, han obligado a una relectura estratégica turca. El poder en Ankara fue crecientemente criticado y presionado internacionalmente, al ser visto como factor de desestabilización regional, tanto por su apoyo al islamismo como por su posición de laissez-faire en varias regiones fronterizas.

El propósito inicial de derrocar a Bashar y la posterior idea de que el mandatario entregara el poder como precondición para lograr una solución negociada, han fracasado. Turquía comienza a ver a Bashar y sus seguidores, como un sector que podría participar en el logro de acuerdos para la paz. Paralelamente, cambió su posición frente al EI, criticándolo y desarrollando acciones en su contra.

Esta modificación turca generó una respuesta violenta por parte de la organización terrorista, dando lugar así a una escalada de enfrentamientos durante meses recientes. La incursión militar turca iniciada el 24 de agosto, se llevó a la práctica cumpliendo con la orden del presidente Recep Tayyip Erdogan de lograr la “limpieza total” del EI. Este ataque intentaría eliminar una vía clave de suministros para el EI, a través de la frontera turco-siria.

Si el fallido golpe de Estado contra Erdogan en julio tensó coyunturalmente la relación con los Estados Unidos, la necesidad de Washington de conservar una buena amistad con uno de sus aliados estratégicos más importantes en la zona (recordar el papel clave de la base aérea de Incirlik, o las armas nucleares que los Estados Unidos tienen emplazadas en ese país), hizo que la administración Obama diera un nuevo giro.

Los Estados Unidos, además de dar continuidad a su habitual lucha contra el terrorismo del EI, introdujeron reajustes según las exigencias y el diseño de seguridad turco.

El movimiento armado kurdo sirio, especialmente representado por las Unidades de Protección Popular (YPG en kurdo) y con gran peso dentro de la agrupación Fuerzas Democráticas Sirias -en la que también participan milicias con integrantes árabes, turcos, asirios, armenios, etc.-, ha sido un aliado importante de la estrategia militar estadounidense para combatir al EI. Pero en la actual coyuntura, Washington opta por condicionarles su apoyo, a cambio de que se retiren hacia zonas al este del río Éufrates. Estas nuevas demandas estadounidenses, generan una alta cuota de duda y frustración dentro del movimiento kurdo en general, respecto a los Estados Unidos.

El nuevo apoyo estadounidense a Erdogan, puede inducir un mayor nivel de confianza en Ankara; pretende llevar a los turcos hacia una posición más flexible sobre la futura negociación política en Siria; y puede contribuir a disminuir la estridencia del discurso turco que exige a Washington la extradición del líder religioso Fethullah Gülen, acusado de haber sido el principal autor intelectual del frustrado golpe militar.

Por otra parte, desde el año 2015, los kurdos sirios han ido desarrollando una importante relación con Rusia, la que fue particularmente intensa en medio de la crisis ruso-turca por el derribo de un avión de combate Sukhoi Su-24, en noviembre de ese mismo año. Moscú ha empleado este canal de comunicación para mediar entre los kurdos sirios y el gobierno central de Bashar.

Algo semejante también ocurre en la relación turco-rusa, pues luego de la crisis del Sukhoi, el gobierno turco pidió disculpas, las dos partes establecieron una comisión para coordinar asuntos políticos, militares y de inteligencia, e incluso el presidente Putin expresó su inmediato rechazo al intento de golpe de Estado contra Erdogan. Rusia está incidiendo en que Turquía cambie su posición respecto a Bashar, para que no exija su partida como precondición para las negociaciones futuras.

Especialmente el panorama kurdo es hoy bien complicado para Turquía, si tomamos en cuenta además, que el proceso negociador con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) se detuvo en el 2015, y ha dado lugar a una nueva fase de enfrentamientos violentos entre las milicias del PKK y el ejército turco.

La histórica rebeldía kurda, el fortalecimiento de la implantación de poder kurdo en el norte iraquí, y especialmente la posibilidad de que el movimiento armado kurdo sirio ejerza un efecto multiplicador entre los kurdos que viven en Turquía, son elementos considerados como amenazas centrales para el esquema de seguridad nacional turca. Por ello, su incursión armada no solo está dirigida contra el EI, sino que también pretende neutralizar el proceso de implantación e influencia kurda en sus fronteras.

*Catedrático del Colmex