Nació en Morelia, Michoacán (1957). Es comunicóloga por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM; en la Facultad de Filosofía y Letras cursó la maestría en Literatura Mexicana. Sus libros Rescoldos, En cada cicatriz cabe la vida y Robo Calificado fueron merecedores de los Premios Nacionales de Poesía Elías Nandino (1987), Enriqueta Ochoa (1998) y Efraín Huerta (2003), respectivamente.
En 2007 publicó la antología personal Rumor de tiempos. Participó en el libro colectivo Versosonverso. Poetas entrevistan poetas. La han traducido a diversos idiomas y está incluida en numerosas antologías. Catedrática de la UNAM desde 1981. Ejerce el periodismo en medios de circulación nacional.
—¿Cómo fue su infancia en Morelia?
—En virtud de que mi padre vino a la Ciudad de México a hacer su especialidad, al Hospital General, viví pocos años en Morelia. El plan era para dos o tres años, pero aquí nos quedamos. Sin embargo, la esencia estaba allá porque toda la familia, de ambas partes, es de Morelia y de algunos otros lugares de Michoacán. Así que mis mejores recuerdos de infancia, en un ir y venir interminable, son los momentos cruciales para cualquier niño: las posadas, los candiles, el olor del ocote, la Noche de reyes, la Semana Santa, el desfile del 30 de septiembre (natalicio de Morelos), la Primera comunión y una familia numerosísima, a la que nunca acabé de conocer, la cual generaba bodas, bautizos, sepelios y todo tipo de celebraciones, a las que yo nunca faltaba. Había primos y tíos por todos lados y siempre inenarrables comilonas. Conocí a tres de mis bisabuelos. Conviví con dos. Conocí y disfruté a mis cuatro abuelos. Las calles del Centro Histórico de Morelia están en el cerebro y en el corazón con anécdotas, leyendas, vivencias… Nací en ese Centro Histórico, en la que alguna vez se llamó Calle de la Amargura —hoy Santiago Tapia— contra esquina con la antigua Calle del Suspiro.
—¿Cómo se da su acercamiento con las letras?
—La cercanía con las letras existe desde que tengo memoria. Fui una niña a la que le leyeron y contaron cuentos. Por mi madre aprendí mis primeros poemas. Ella ama la poesía y es una buena lectora de diversos géneros. En la casa de mis abuelos maternos siempre hubo libros, muchos. En la de los paternos, música. Mi abuelo Luis era abogado y vivió con intensidad la vida literaria de Morelia y me la transmitió. Mi primer contacto con Pablo Neruda fue por sus crónicas orales de las visitas del poeta a la ciudad colonial. Siempre me regaló libros y el hábito de leer periódicos y revistas. Con mi padre fue la narrativa; un constante intercambio y discusión de novelas fundamentales. Su Biblia es El conde de Montecristo.
—¿Cómo se encontró con la poesía?
—Siempre escuché poesía. Mi abuelo leía en voz alta a poetas muy reconocidos. Alrededor de los seis años escuché por primera vez a García Lorca, en una sobremesa familiar y literalmente quedé en shock. Claro que no entendía nada de “La casada infiel”, pero el sonido me sedujo desde entonces. Me pasó lo mismo con Rubén Darío, el ritmo de sus poemas hacía que me los aprendiera de memoria; aunque los poemas de él me resultaban menos complejos porque contaban historias que podían ser claras para niños. Entre los siete y los ocho años, gracias a mi madre aprendí, por puro placer, “A Margarita Debayle” y “Los motivos del lobo”. Cuando tenía dudas, acudía al abuelo. Memoricé decenas de poemas. Una tarde de domingo, en otra de las sobremesas memorables que había en casa, mamá citó completo un poema de Xavier Villaurrutia y yo quedé embelesada, a mis doce o trece años. En la Preparatoria varios compañeros sabían de mi debilidad por la poesía. Mis clases de literatura eran el hedonismo más absoluto. Dos profesores, Alonso y Margarita, colaboraron a que las letras se quedaran conmigo para siempre. Desde entonces escribía poemas. De hecho, el primero que escribí fue en la Primaria. En la Secundaria escribí muchos que no le enseñé a nadie. En la Prepa fui más lectora que escritora. Cuando entré a la Facultad ya no hubo duda alguna en cuanto a mi pasión por la literatura.
—¿De qué autores y lecturas se siente apegada?
—De muchos. Esta pregunta siempre es peligrosa y a veces la respuesta injusta. Ha habido épocas en que unos están más cerca que otros y luego se vuelve a ellos o ellos vuelven a nosotros. Hay otros que se quedan para siempre, otros que se olvidan y otros que aparecen de manera inesperada. Ya mencioné que en la infancia hubo dos medulares: García Lorca y Darío. En la adolescencia Xavier Villaurrutia y Pablo Neruda. Después… decenas. Hay narradores que también me dieron y dan muchísimo, Goethe, Hemingway, Dostoievsky, Revueltas, Dumas, Steinbeck, García Márquez, Vargas Llosa, Josefina Vicens… Y de poetas… no acabaría. Algunos nombres, de golpe: Enriqueta Ochoa, Alejandra Pizarnick, Sabines, Nandino, Vallejo… A pesar de que hay otros y otras que están muy cerca, llegaron después. Están en otra lista, no menos importante.
—Hay un placer por el lenguaje en sus poemas, dice la crítica, ¿cómo surgió esa veta?
—Amo las palabras y su sonido. Tengo una relación lúdica con ellas: las busco, se esconden, las encuentro, las descubro cada vez que escribo. Algunas aparecen como un orgasmo inesperado. En el proceso de la creación, surgen de pronto y empieza un juego que no imaginaba hacer con ciertas letras, con ciertos vocablos. Siempre me sorprenden.
—¿Qué es la poesía para usted?
—Una necesidad. Una actitud ante la vida. Un descubrimiento constante, un buscar la estética del dolor, de la pasión, de la cotidianidad. Durante mucho tiempo me llegó a molestar que gente a la que dejaba de ver por un tiempo, al encontrarla preguntara: “¿y sigues escribiendo?” o “¿todavía escribes?”. Ahora ya me acostumbré a que nunca falta quien pregunta ese tipo de cosas. Una vez a mi hermano, que es músico profesional, un antropólogo le preguntó, unos años después de no verlo: “¿Y todavía tocas la guitarra?”. A lo que mi hermano contestó: “¿Y tú todavía eres antropólogo?”. Como si escribir, bailar, esculpir, tocar algún instrumento fuera hacer aerobics, como si un poema fuera una puntada o un momento de inspiración y ya. No creo en que el gran escritor tenga que estar publicando todo el tiempo. Sí creo que hay que leer todo el tiempo y vivir, es decir, amar, viajar, beber, comer, observar, tocar la vida… Y escribir, por supuesto, aunque no todo lo que se escribe se debe publicar. La poesía nos acecha todos los días, hay que dejar que nos atrape.
—¿Con cuál de sus libros se siente más satisfecha?
—Por motivos personales con En cada cicatriz cabe la vida. Además, me parece que es un libro sólido. Tardé mucho en escribirlo e incluso en darle la estructura final. Tiene una dedicatoria: “A Pablo Andrés, mi hijo, y a la memoria de mi abuelo Luis Rivadeneyra Neyra, extremos gozosos de mi vida”.
—¿Escribe por impulso o por disciplina?
—Por las dos causas, predomina la primera. A veces lo he hecho por necesidad, para sobrevivir. Y de pronto, me sería difícil explicarlo, aparecen versos o palabras de la nada. En ocasiones, tengo un verso y sé que será el final de un poema. Entonces llega la angustia porque sé que tengo que escribir un poema que me lleve a ese final. Desconozco el porqué. No obstante, me ha funcionado.
—¿Podría compartirnos sus proyectos actuales?
—Soy académica de tiempo completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, desde principios de los años ochenta. Parte de mi responsabilidad como profesora ha sido promover la lectura, siempre. La actividad docente me da vida. He hecho periodismo en medios de circulación nacional durante varios años. Eso, como decía García Márquez, ayuda a mantener el brazo caliente. En cuanto a la poesía, estoy terminando de conformar un poemario de diversos temas. Y coqueteo con otro que tiene un tema definido. De hecho, ya lo estoy cocinando.
