Por Larry Tremblay*
Aziz, en cuclillas detrás de un macizo del jardín, vio a su padre salir del cobertizo sin Amed y retomar su trabajo en el naranjal. No le sorprendía su elección. Aguardó a que Amed saliese a su vez, pero la espera fue en vano. Pasado un buen rato decidió ir a buscarlo al cobertizo.
Entreabrió la enorme puerta lentamente.
—Amed, ¿qué haces?
Como su hermano no le contestaba, dio un paso hacia dentro.
—Sé que estás ahí, contéstame.
—No entres.
—¿Por qué?
—Déjame solo.
Aziz se acercó y distinguió la silueta de su hermano en la sucia penumbra del cobertizo.
—¿Qué haces?
—No te acerques.
—¿Por qué?
—Es peligroso.
Aziz se quedó quieto. Oía la fuerte respiración de su hermano. —Pero ¿qué te ocurre?
—No puedo moverme. —¿Estás enfermo? —Sal de aquí.
—¿Por qué?
—Llevo puesto el cinturón y si me muevo… —Pero ¿qué disparate estás diciendo?
—Todo va explotar, ¡vete de aquí!
—Voy a buscar a padre —dijo Aziz, atemorizado.
—¿Te lo has creído? Eres tonto perdido —Amed se desternilló y echó a correr hacia su hermano tan deprisa que lo hizo caer al suelo—. ¡Mira que eres idiota! ¡Si el cinturón no tiene detonador!
Aziz agarró a su hermano por las piernas y lo tiró a su vez al suelo. Los dos hermanos se pelearon violentamente.
—¡Te voy a matar!
—¡Yo también!
—Dame el cinturón, soy yo quien debe ir.
—Padre me ha elegido a mí, tengo que ir yo.
—Quiero probármelo, ¡quítatelo!
—¡Ni lo pienses!
Aziz asestó un golpe en la cara a su hermano. Éste se levantó aturdido y agarró una guadaña larga que descansaba contra la pared.
—Si te acercas, te hago pedazos. —¡Inténtalo!
—Va en serio, Aziz.
Los dos hermanos se observaron sin mover un músculo, escuchando la respiración jadeante del otro.
Habían dejado de ser niños. Algo acababa de cambiar, como si la oscuridad hubiese conferido a sus jóvenes cuerpos la profundidad y la gravedad que sólo un cuerpo adulto posee.
—Me da miedo morir, Aziz.
Amed dejó caer la guadaña y su hermano se le acercó.
—Lo sé. Lo haré yo.
—Tú no puedes.
—Seré yo quien vaya, Amed.
—No podemos desobedecer a nuestro padre.
—Iré en tu lugar. Padre no lo sabrá.
—Se va a dar cuenta.
—No, confía en mí. Vamos, quítate el cinturón —le suplicó Aziz.
Amed vaciló y luego, con un ademán brusco, se quitó el cinturón. Aziz lo tomó y fue hasta el fondo del cobertizo, donde el haz de luz que se colaba por la claraboya casi rozaba el suelo. Bajo la luz danzarina, observó el objeto que exterminaría a los enemigos de su pueblo y al mismo tiempo lo haría entrar a él en el paraíso. Estaba fascinado. El cinturón constaba de una docena de pequeños compartimentos cilíndricos cargados de explosivos. Amed se le acercó.
—¿Crees que los muertos pueden volver?
—No lo sé.
—Me parece que he visto al abuelo hace un rato.
—¿Dónde?
—Ahí —dijo Amed señalando un punto en el espacio frente a ellos. —¿Estás seguro?
—Era su cara. Desapareció muy deprisa. —Has visto un fantasma.
—Igual tú también vuelves cuando mueras. —Salgamos de aquí —dijo Aziz con apremio.
Amed volvió a introducir el cinturón en la bolsa de tela y la escondió bajo la vieja cubierta de lona. Cuando los dos hermanos salieron del cobertizo, la luz del día les hirió los ojos.

*Fragmento de la novela “Dos hermanos”, de Larry Tremblay (Nube de Tinta, 2016), ganadora del Premio de los Libreros de Quebec y del Premio Literario Collégiens. Agradecemos a la editorial por las facilidades otorgadas para su publicación.
