ANNA, HIKARI, CAROL, PETER, DANIEL…

POR EVE GIL

 

Las madres locas de los hijos locos. ¿Por qué no deberían gritar?

¿Por qué deberían aceptar con educación sus tragedias?

¿Por qué deberían reprimirse?

 

 

La portada de la novela La niña de oro puro, de Margaret Drabble (Sexto Piso, México, 2015, traducción de Antonio Rivera Taravillo), reproducción de un cuadro del pintor expresionista austriaco Egon Schiele titulado Little girl with Blond Hair in a Red Dress, de 1916, resulta ser el perfecto retrato de Anna Speight, la niña a la que hace referencia el título, cien años después: una hermosa y envejecida niña rubia, con una expresión de dolor contenido que aprieta el corazón de quien la observa con atención… aunque no es el suyo un dolor de tipo moral o emocional, sino físico: la dolencia de una enfermedad corporal, localizable más allá del corazón, que apenas puede disimularse con un velo de tristeza, porque la sonrisa es ya imposible: esa, y no otra es la maravillosa Anna, coprotagonista de esta historia… y si bien el protagonismo recae en su madre, la sensacional Jess Speight, sin Anna esta narración nunca hubiera tenido lugar… como tampoco la tendrían, sin niños como ella, otras tantas historias que tienden a ser omitidas o ignoradas. Incluso el precioso poema de William Wordsworth, muy aludido aquí, “The idiot boy”.

Curiosamente, pese al protagonismo de Jess y la presencia de Anna como detonante narrativo, quien narra no es ninguna de las dos, sino una de las amigas que integran el pequeño círculo de amistades de Jess: Eleanor o Nelly, quien desde las primeras líneas confiesa, no sin vergüenza, que se ha apropiado de una historia que no le corresponde y cuyas protagonistas no imaginan siquiera que ha compartido con terceros, es decir, con nosotros. Este ingenioso recurso le permite encordelar los hechos reales, es decir, los que le constan, los que vivió en compañía de ambas mujeres, con especulaciones e historias paralelas transmitidas por otros. Por si fuera poco, ni siquiera es posible afirmar que Eleanor sea la mejor amiga de Jess, sino una más de su grupo; no es alguien con quien Jess suela compartir fuertes intimidades, aunque su experiencia sea lo bastante especial como para volverla centro de la atención de su restringido grupo social, compuesto por personas que pudieran calificarse de “extraordinarias”. Irónicamente, la menos llamativa, o más convencional, es la propia Eleanor… y quizá por lo mismo, su visión simple —en una narrativa donde la simplicidad adquiere tintes épicos— logra que estas peculiares madre e hija nos resulten tan conmovedoras y abrazables.

Todo empieza casi como un cotilleo: Jess era poco común —“rara”, si se quiere— desde antes que Anna llegara al mundo. De entre el círculo de amigas de Eleanor, donde las mujeres no carecen de ambición, Jess elige la carrera más extravagante: antropología. Lo que la ha llevado a decantarse por este campo, es su obsesión por la diversidad humana, mucho más manifiesta en los grupos tribales de África que no persiguen la uniformidad obligatoria de la llamada “civilización”, aunque la curiosidad de la joven incluye a los todavía tildados de “locos”, tratados con desprecio, como si evadirse de la realidad fuera un crimen contra natura… o, sencillamente, ellos eligieran dicha evasión, conjetura que Jess no descarta, pero tampoco juzga. Durante su época de estudiante es seducida por un profesor casado que, según relata Eleanor —dudando un poco de la versión de Jess, quien tiende a sublimarlo todo— simplemente tiende a su alumna sobre una alfombra de su oficina, y a partir de ese momento la convierte en su “amante de los jueves”, sin que Jess ponga objeción. Pero del mismo modo que se entrega a la aventura, sin aspavientos ni dramatismos, y en una época en que no existe la variedad de anticonceptivos de hoy día, Jess se deja inseminar por su avasallador profesor amante y decide, sin cuestionárselo siquiera, tener al bebé… toda una hazaña para su momento. A Jess ni siquiera le interesa “pescar” al profesor… pero nadie sospechaba que tuviera interés, a tan joven edad, en ser madre.

La niña de oro puro

Pero los retos que Jess va imponiéndose, consciente o inconscientemente, no sólo los que tienen que ver con su carrera, terminan por fructificar en la pequeña Anna, que no es precisamente la hija que todos esperaban que surgiera de una mujer tan decidida e independiente. Eleanor denomina a Anna “la niña de oro puro”, no por su rubia cabellera, sino porque jamás dejará de ser una niña. Lo curioso es que Jess no sólo acepta la “anormalidad” de su hija, sino que actúa como si la hubiera esperado. Nunca se especifica con certeza cuál es el problema de Anna, sino que de acuerdo a los tiempos simultáneamente recreados —décadas de los 50 a los 80— se dejan pistas aquí y allá de lo que podría ser, descartando de antemano el Síndrome de Down que a principios de los sesenta todavía recibía el nombre de “mongolismo”. Anna es perfecta, no sólo en su aspecto exterior, lo es todavía más interiormente. La narradora hace mucho hincapié en las grandes virtudes de Anna en tanto ser humano, pero también en el terreno de la etiqueta social: es una niña que trata de pasar desapercibida, que raras veces pregunta —y cuando lo hace, sus dudas tienden a sorprender a su madre, único receptáculo de su confianza— procura no hacer sentir mal a nadie, aunque los demás no necesariamente correspondan con la misma sutileza; cualquier detalle la hace feliz o, en su defecto, la arranca de su natural melancolía. La narradora no tiene empacho en afirmar que se trata de una cría feliz, no sólo gracias a los cuidados de la madre, sino a la “comprensión” de quienes conforman su pequeño grupo… aunque la hermana de Jess, Vee, prácticamente se muda de ciudad al no soportar la vergüenza… una vergüenza tan incomprensible, que Jess ni siquiera se percata de ella, pero no pasa desapercibida para sus amigas.

De la mano de Eleanor vamos develando la “simple” existencia de Anna a través de su vida, desde el nacimiento hasta la edad madura, en que sigue siendo niña o, mejor dicho, portándose con la corrección de una niña muy bien educada. El término “autismo” sale a relucir, aplicado a otras personas, a casos aislados. Anna es simplemente “la niña de oro puro”; el eterno enigma que su madre antropóloga intenta felizmente descifrar, aunque nunca lo consiga. La propia Eleanor, pese a su simplicidad —nada que ver con la “simpleza” de Anna—, sin ser profesional en nada como sus amigas —además de Jess, doctora en antropología, están Sylvie, la brillante cirujana especialista en vejigas y Maroussia, una exitosa actriz—, empieza a asociar el caso de Jess y Anna —imposible separarlas— con otros similares… y es entonces que salen a relucir aquellos que a través de sus obras pretendieron explicarse y explicar al mundo las discapacidades o deformidades de sus hijos o parientes cercanos: George Austen, el hermano oculto de Jane que no creció en el seno familiar sino en una cabaña a unos metros de la residencia familiar; Carol Buck, a quien su célebre madre, Premio Nobel de Literatura, Pearl, definió sencillamente como “la niña que nunca creció”, pero hoy se sabe se trata de una enfermedad denominada fenilcetonuria, que afecta directamente al sistema nervioso central; Hikari Oe, hijo del también Nobel de Literatura, Kenzaburo, quien cimentó su portentosa carrera literaria en asuntos relacionados con anormalidades compatibles con las de su único hijo, quien además de su autismo —que no le impidió ser un notable compositor— nació con un agujero supurante en el cerebro y le producía ataques epilépticos; otra Nobel, Doris, madre de Peter Lessing —a quien la prensa se limita a definir como “el hijo minusválido”— tenía con él una simbiosis similar a la de Jess y Anna. Del celebérrimo padre de Daniel Miller, Arthur, no puede hablarse con tal admiración: el dramaturgo lo abandonó en un centro para discapacitados mentales de Connecticut a los cuatro años: un hijo con síndrome de Down hubiera echado a perder el cuadro de la hermosa y perfecta familia del autor de Todos mis hijos.

Lo que Eleanor nunca dice, ni siquiera se atreve a insinuar, pero no hace falta, es que Jessica Speigth, doctora en antropología, no es lo que pudiera decirse “normal”, palabra que para quienes tenemos que lidiar con ella a diario nos resulta odiosa y hasta ofensiva. No por nada se ha inventado otro término para designar específicamente a aquellos que no padecen ningún trastorno mental, no uno evidente al menos: neurotípico. Pero resulta imposible pensar en la atractiva Jess como “neurotípica” siendo que ella misma busca afanosamente la anomalía, la extravagancia, lo inexplicable, lo aberrante, lo raro… y fuera de su reducido grupo de amistades burguesas lleva una especie de doble vida —aunque no desconocida para sus amigas, que incluso llegan a compartirla con ella— donde la norma es lo a-normal, por lo que esta novela es, asimismo, una fascinante galería de entrañables esquizofrénicos, aspergers, bipolares, borderlines, psicóticos, mesías, iluminados, que ningún lector que presuma de sano juicio debería perderse.

Margaret Drabble (Sheffield, Inglaterra, 1939), aunque publicada por primera vez al español, es novelista y crítica literaria de gran reconocimiento que la ha hecho merecedora, entre otros premios, a la condecoración de Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico en 2008.

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