Novela de Gabriela Couturier/Autora de Esa otra orfandad
Por Eve Gil
Hasta donde Gabriela Couturier y yo sabemos, no existe una palabra, en ningún idioma o dialecto, que designe a aquellos padres que han perdido hijos o, como en el caso de Renata, protagonista de Esa otra orfandad estén impedidos para la concepción.
Experiencia de la infertilidad
No obstante lo anterior, esta primera novela de Gabriela Couturier va mucho más allá de lo que el título denuncia: ¿Qué significa ser o no ser padre cuando se llega a esa etapa de la vida en que, socialmente, se espera que hayas procreado por lo menos un hijo? ¿Todas las mujeres que se embarazan lo hacen porque realmente anhelan un hijo? ¿Una exigencia del famoso “reloj biológico”?… ¿O para complacer a una sociedad que sigue considerando la maternidad y/o paternidad como un requisito indispensable para la consolidación de una vida productiva?
En un arranque de sinceridad, la autora confiesa que ella misma pasó por un proceso semejante al de su protagonista, con la diferencia de que nunca consideró que la maternidad fuera prioritaria para alcanzar sus metas en la vida.
“Hasta donde averigüé —dice Gabriela—, al menos en México nadie ha escrito una novela cuyo tema central sea la infertilidad. Aunque Esa otra orfandad no es exactamente autobiográfica, conozco de primera mano la experiencia de la infertilidad y la abrumadora sensación de fracaso cuando tan extenuantes procesos no rinden su fruto. En mi caso, perdí los embarazos. Renata solo tiene falsas alarmas. Cuando empiezas a resignarte a la ausencia de hijos, empiezas a plantearte otras posibilidades que en cierta medida te compensen por lo que pudiéramos llamar «fracaso»”.
La trama
“Desde mucho, mucho antes de empezar las tortuosas sesiones de fertilización —dice Gabriela—, Renata, antes incluso de estudiar la carrera de finanzas por complacer a su padre, sueña con ser fotógrafa y hay un momento en que ella se cuestiona si esa vocación que quienes la rodean consideran una afición no será en realidad lo que le falta para realizarse, pero ni siquiera cuando lo intuye, deja de carcomerla la posibilidad de que pronto deba renunciar definitivamente a ser madre, pues tiene casi 40 años”.
Como muchas mujeres de principios del siglo XXI, Renata le da prioridad a su carrera y no se casa con Mark sino hasta los 32 años. El anhelo de ser padres, que habrá de derivar en una obsesión que afectará el gran amor que los une, no surge sino hasta tres años después, pero varios meses después, tras abandonar los anticonceptivos, ella no experimenta al menos síntomas de un embarazo psicológico.
Se lee en la página 37: “Inyecciones diarias, días de ayuno sexual, días de sexo programado, semen en botecitos, carreras enloquecidas al hospital, y todo para que al undécimo tercer día de su ciclo una jeringa llena de color rosa con un catéter largo hiciera las veces de su marido en una aséptica mesa de operaciones, con un instrumento de tortura medieval entre las piernas, con la dignidad pisoteada bajo la luz brillante y con una enfermera algo velluda recitándole las estadísticas del esperma que abandonaba trabajosamente la jeringa”.
El mundo a través de Renata
Sigue Gabriela: “En algún momento Mark y Renata, ya algo hartos, discuten si adoptar, pero para entonces algo se ha roto. No es tanto que Mark la obligue a perpetuar el tratamiento más allá de sus resistencias; ella no quiere claudicar. Los tratamientos que describo en la novela deben haber evolucionado un poco a estas alturas, pero son los que me tocaron a mí. Entonces eran cuatro inseminaciones, antes del in vitro. Actualmente se va derechito al in vitro”. “Empecé a escribir la novela —evoca Gabriela— en 2003, cuando yo misma vivía reloj en mano para que no se me fuera a pasar la hora de la inyección y toda esa revolución que padece Renata. La estuve trabajando durante un año y medio. Mi marido también es extranjero, chipriota, y por entonces vivíamos en Chipre, y cuando vinimos a México decidimos abrir una empresa y la novela se me quedó en el cajón durante varios años. Para cuando la retomé ya me había resignado a que no habría bebé, pero me propuse que hubiera novela y no quise modernizar las técnicas a través de las cuales Renata intenta concebir”.
Sin embargo, Renata nunca es percibida como una víctima o una mujer incompleta, pese a sus eventuales baches emocionales.
“Estamos inmersos —dice Gabriela— en una realidad que nos impide enfocarnos en una sola cosa, por eso, aunque la novela es intimista, opté por emplear por un narrador omnisciente que ve el mundo a través de Renata. Necesitaba ver todo, incluso lo que pudiera no captar por el cúmulo de cosas que trae en la cabeza. Naturalmente no es una víctima, aunque a veces se siente en un hoyo. Siempre se las ingenia para cubrir ese hueco y no entregarse a lo que pudiera ser percibido como una pérdida”.
El deseo de estudiar letras
Gabriela es licenciada en relaciones internacionales por El Colegio de México y maestra en administración por la Universidad de Harvard. Hubiera deseado estudiar letras, pero ya su madre había optado por esa carrera y no le resultó “emocionante” verla siempre calificando exámenes. Por otra parte, sus dos abuelos, tanto el paterno como el materno, son médicos, pero sus tíos también se “desviaron” del camino al elegir ser actores. Gabriela eligió para Renata las finanzas, aunque muy poca idea tenía de esa carrera; “las finanzas me dan alergia, tuve que entrevistar a mucha gente”, ríe.
“Considero que la literatura te permite explorar extremos a los que difícilmente se llegaría en la vida real. Si estás haciendo lo que quieres, y te va bien, nada mejor te puede suceder, pero Renata está en una búsqueda permanente, mirando el mundo a través de una cámara fotográfica. Esa búsqueda inconsciente —porque demorará mucho antes de lanzarse de ello— hará estallar las dudas que estropean su relación”.
Gabriela terminó su segunda novela el año pasado pero se trata de una novela completamente distinta que tiene su origen en una serie de cartas de su familia materna que le permiten reconstruir sus orígenes.
Gabriela Couturier nació en la Ciudad de México; ha publicado ensayos en la revista Nexos y en los suplementos Laberinto y Dominical del diario Milenio. Esa otra orfandad, su primera novela, la publicó Cal y Arena, México, 2016.


