Compromiso de países americanos
Por René Anaya
Mientras muchos países europeos sufren periódicamente brotes de sarampión porque sus habitantes se niegan a vacunar a sus hijos, el continente americano se convirtió en la primera región en el mundo libre de esta enfermedad.
Sin la espectacularidad que ameritaba esta hazaña de salud pública, la Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) anunció el 27 de septiembre pasado que América está libre de sarampión, de acuerdo con el dictamen del Comité Internacional de Expertos de Documentación y Verificación de la Eliminación del Sarampión, Rubéola y Síndrome de Rubéola Congénita, durante su 55º Consejo Directivo.
Una enfermedad de las metrópolis
El sarampión puede considerarse una de las primeras patologías del progreso. Como el virus de esta enfermedad solo infecta al ser humano “se requiere una población de cuando menos 500,000 personas para proporcionar suficientes individuos susceptibles (recién nacidos) capaces de mantener la prevalencia del virus en la población”, escribió Armando Aranda Anzaldo en su libro En la frontera de la vida: los virus.
Por esta razón se considera que el sarampión no existía cuando los núcleos de población eran pequeños; sin embargo, el desarrollo social del ser humano que lo llevó a fundar las primeras ciudades en Mesopotamia hace seis mil años trajo consigo el surgimiento y persistencia del sarampión hasta nuestros días.
Pero en América es la quinta enfermedad prevenible por vacunación que es erradicada, las anteriores son la viruela en 1971, la poliomielitis en 1994 y la rubéola y el síndrome de rubéola congénita que fueron erradicadas el año pasado.
Este esfuerzo de salud pública, que culminó después de 22 años de campañas de vacunación en todos los países, “es la prueba del notable éxito que se puede lograr cuando los países trabajan juntos en solidaridad para alcanzar una meta común […] Es el resultado de un compromiso que se hizo más de dos décadas atrás, en 1994, cuando los países de América se comprometieron a terminar con el sarampión al comienzo del siglo XXI”, afirmó Carissa F. Etienne, directora de la OPS/OMS.
Con ese compromiso, se estableció una estrategia de eliminación del sarampión que consistió en tres pasos: 1) hacer por única vez una campaña nacional para ponerse al día con la vacuna contra el sarampión, dirigida a niños de entre 1 y 14 años; 2) fortalecer la vacunación de rutina para alcanzar un mínimo de 95 por ciento de los niños cada año; y 3) hacer campañas masivas de seguimiento cada cuatro años, con el fin de vacunar a un mínimo de 95 por ciento de los niños de 1 a 4 años con una segunda dosis de vacuna, según señaló OPS/OMS en un comunicado.
Con vacunas, sin prejuicios
La estrategia de vacunación dio buenos resultados, ya que en 2002 se registró en Venezuela el último brote endémico en la región, pero en otros países se presentaron brotes de sarampión importados. Entre 2003 y 2014 se registraron 5077 casos producidos por virus procedentes de otras regiones, el último brote se presentó en Brasil, de 2013 a julio de 2015.
Los resultados de esta estrategia corrobora la efectividad de la vacunación contra el sarampión, ya que según estimaciones de la OMS la aplicación de esta vacuna entre 2000 y 2014 evitó la muerte de 17.1 millones de personas, por lo que la campaña de vacunación contra el sarampión “es una de las mejores inversiones en salud pública”.
A pesar de esas campañas, en 2014 hubo 114,900 muertes por sarampión en todo el mundo, de las cuales 95 por ciento ocurre en países con bajos ingresos per cápita e infraestructura sanitaria deficiente. Lamentablemente, una parte del cinco por ciento restante de defunciones es causada porque los padres se oponen a que sus hijos reciban la vacuna.
Esa oposición se presenta, principalmente, en países europeos que presumen de una gran cultura, pero que fueron atacados por la fiebre del oscurantismo y prejuicio desde 1998, cuando Andrew Wakefield publicó en la revista británica Lancet un artículo fraudulento en que asociaba el autismo con la aplicación de la vacuna contra el sarampión.
Estudios posteriores demostraron el fraude científico, ya que no se pudo probar esa supuesta relación, pero sí se encontraron pruebas de que Wakefield pretendía lucrar con su supuesta investigación. La revista Lancet se retractó del artículo, la comunidad científica desenmascaró al defraudador, pero el daño ya estaba hecho: una parte de los europeos se niega a vacunar a sus hijos.
En América la repercusión no fue mayor, por lo que ahora nuestro continente se ha librado del sarampión y de la fiebre de prejuicios que padecen los europeos sobre las vacunas.
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f/René Anaya Periodista Científico
