Donald Trump
Por Humberto Musacchio
El triunfo de Donald Trump en las enredosas elecciones de Estados Unidos hace recordar, inevitablemente, que Adolfo Hitler llegó al poder por la vía electoral. Con un discurso racista y discriminatorio, el acaudalado empresario se impuso a Hillary Clinton, que era la favorita del establishment.
Por supuesto, una cosa son los exabruptos de toda campaña electoral, y muy otra la realidad de gobernar. Para no entrar en conflicto con las grandes corporaciones empresariales, Trump tendrá que moderar su discurso en algunos aspectos y olvidarse de lo dicho en otros. A fin de cuentas, lo que importa al conglomerado militar industrial son los negocios, y si bien la guerra suele aportar buenas ganancias, no todas las empresas tienen centrado su interés en la economía bélica.
Por supuesto, nada garantiza que el triunfo electoral convertirá a Trump en un buena persona, pues la misoginia, el desprecio por los latinoamericanos y su forma fraudulenta de hacer negocios son algo que no comenzó durante la campaña electoral. Esa visión torcida de lo que son los seres humanos, y su insaciable sed de riquezas no pertenecen al pasado, sino que estarán presentes durante su gestión gubernativa.
Algunas almas buenas lamentan el triunfo republicano porque consideran que Hillary era una candidata que convenía más a los intereses mexicanos. Es dudoso. Pese a la mala y bien ganada fama de los republicanos, lo cierto y comprobable es que a México le va peor con los presidentes del Partido Demócrata, y para muestra está ese botón de apellido Obama, que ha expulsado a más mexicanos que cualquier otro presidente estadounidense.
A México le tocó dormir junto a un paquidermo que si se mueve un poco nos aplasta. Es nuestra desgracia geográfica e histórica y debe ser también el supuesto sobre el cual ha de desplegarse la política exterior, no para adoptar actitudes agachonas, sino para torear con inteligencia las embestidas del gigante.
Es de esperarse que ahora se quiera presentar como un éxito de nuestra diplomacia la visita de Trump a México. Lo cierto es que el triunfo republicano no borra esa pifia. Lo razonable hubiera sido mantener una actitud atenta ante el proceso electoral gringo, prever sus consecuencias y afrontar sus resultados con una política definida para cualquier caso. Es dudoso que estemos en esa tesitura. Lo acostumbrado es la improvisación, la apuesta por un golpe de suerte o, peor aún, el entreguismo sin condiciones. El ascenso de Trump no será suficiente lección para nuestra clase política.
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