Por Sara Rosalía

En medio de varios homenajes, entre ellos el de la Secretaría de Cultura, la UNAM o la Universidad Veracruzana, todos con el motivo de sus 80 años, falleció el crítico e historiador de arte Jorge Alberto Manrique. Como ya han señalado Elisa Vargas Lugo y Teresa del Conde, Manrique tenía un amplio diapasón, pues abordaba el arte prehispánico de Mesoamérica o el Perú, la generación de la Ruptura, corriente opuesta al muralismo, de mediados del siglo XX, le interesaban Rauchenberg y Rothko, y desde luego, el Renacimiento italiano, con especial atención al manierismo. Escribió sobre Luis Barragán, Rivera, Orozco y Toledo, entre otros,  y siempre le interesó (¿a quién no?) el barroco mexicano.

Cuando fue director del Museo de Arte Moderno renunció porque al grupo Provida le disgustó una ambientación de Rolando de la Rosa. La exposición, la verdad, no era inocua, las obras controvertidas eran una Guadalupana con los atributos físicos de Marylin Monroe, una última cena en que el rostro de Cristo era el de Pedro Infante y un Santo Niño de Atocha con la cara de Hugo Sánchez con una bandera mexicana que pisaban unas botas tejanas. En su momento, se murmuró que detrás de Serrano Limón, hoy conocido como “el señor de las tangas”, estaba el cardenal Norberto Rivera Carrera y otros que el retiro de la exposición había sido demandado por el Ejército a causa de  la ofensa a los símbolos patrios. La continuación es que unos dicen que Manrique renunció y otros que fue despedido, el resultado el mismo: dejó la dirección del más importante museo del país, que había dirigido de 1987 a 1988. A su muerte, las autoridades de Bellas Artes se han referido al episodio como un lamentable incidente que avergüenza al Instituto. También fue fundador y primer director del Museo Nacional de Arte, Jorge Alberto Manriquezel Munal, de 1982 a 1983. Uno de los principales debates, según me contaron, fue decidir que debía albergar las obras que correspondían a México, como nación, es decir, de la Independencia para acá. Hoy, como se les ocurrió darle matarili a la Pinacoteca Virreinal se llevaron su acervo al MUNAL, que en sentido estricto debería ser museo nacional de arte y del virreinato. (Lo de nacional, en el Museo Nacional del Virreinato en Tepotzotlán es porque es el de la nación, y no regional como se consideran los de San Luis Potosí y Querétaro, que tienen lo suyo). Ahora me entero, lo que es interesante, que Manrique perteneció a la generación fundadora del Instituto de Investigaciones Estéticas, de la UNAM, y por lo tanto, alumno, y de seguro discípulo, de Justino Fernández y Francisco de la Maza.

De Manrique, conozco la entrevista-libro que hizo, en colaboración con Teresa del Conde, a Inés Amor sobre su Galería de Arte Mexicano, que se inauguró en 1940 y fue la primera que existió en el país. La entrevistada recuerda algunos aspectos y por supuesto, sus memorias no siguen un orden cronológico y ni Manrique ni Del Conde se preocupan por indagar y establecer fechas y obras expuestas. Sobra decir que el libro es interesantísimo, porque los artistas que exponen ahí son nada menos que Siqueiros, Rivera, Orozco, Frida Kahlo, Miguel Covarrubias, Tamayo, Agustín Lazo y, por supuesto, Wolfgang Paalen. La propia Inés Amor es hermana de Paula, Carolina, Guadalupe (la famosa Pita Amor), y desde luego, tía de Elena Poniatowska. Total, un banquete.

Conozco, en cambio, dos obras de Mónica Mansour, la esposa de Manrique, las dos excelentes. Una es su Poesía negrista, que se inicia con el Auto de los Reyes Magos, que, si no recuerdo mal, es la primera obra teatral de la lengua española. Culmina, claro, con Palés Matos y con Nicolás Guillén. Esta investigación la  heredó Mónica del puertorriqueño José Luis González, y Mónica le puso límites y con inteligencia la llevó a término. El otro libro suyo que me encanta se titula, Absoluto amor y está dedicado, obvio es decirlo, a Efraín Huerta. Es una especie de scrapbook o “libro de recortes” que nos permite espiar la intimidad del poeta. Me interesó menos, aunque tiene sus méritos, su ensayo sobre Elegía a Jesús Menéndez, también de Nicolás Guillén.