Tobogán de esperanzas ingenuas

José Elías Romero Apis

Donald Trump parece instalarse como un nuevo mesías que salvará a Estados Unidos de los migrantes, de los extranjeros, del desempleo, de la globalización, de la estridencia y de la rabia.

El término “mesianismo” tiene dos connotaciones en la ciencia y en el argot político. Por una parte, se refiere al liderazgo en tiempos de crisis, cuyo cometido es la salvación de una sociedad que se encuentra o se encamina a la debacle. En una segunda acepción se refiere a una visión distorsionada que se tiene de uno mismo y que nos lleva al ridículo de creernos salvadores frente a la crisis, sin ser aquello o sin existir esta.

Siguiendo el pensamiento de Strachey, advertimos que, alrededor de las crisis, las sociedades tienen que resolver varias cuestiones y de su acierto dependerá, en gran medida, su bienestar futuro. En primer lugar, la sociedad debe advertir y ubicar la crisis. No confundir problemas u obstáculos ordinarios con una situación generalizada de insuficiencias que es lo característico de las crisis.

Para las situaciones ordinarias se requieren gobiernos ordinarios más o menos bien intencionados, con madurez emocional para comprender su papel de coyuntura y con la aptitud suficiente para la resolución idónea. En situaciones ordinarias un gobierno de salvamento puede resultar contraproducente, puesto que estaría aplicado a resolver problemas inexistentes, si no es que a crearlos, y soslayaría los remedios modestos de la vida cotidiana.

En segundo lugar es muy conveniente comprender la naturaleza y el alcance de la problemática social a efecto de no confundir un problema financiero con uno político, uno del orden nacional con uno meramente partidista o uno de emergencia con uno trasgeneracional. Sin un acertado diagnóstico, la sociedad fácilmente equivocará la selección de sus soluciones y de los hombres que hayan de aplicarlas.

En tercer lugar, las sociedades deben realizar un esfuerzo de “serenización” a efecto de que sus sustos no se conviertan en miedos y sus miedos en terrores que, usualmente, las han llevado al caudillismo deplorable.

Este tipo de liderazgo, desde luego, carece de sino y de valencia. Puede ser positivo y provechoso para la sociedad. Sin Roosevelt, sin Churchill, sin De Gaulle, sin Nasser, sin Tito, sin Nehru o sin Mao sus pueblos no serían lo que hoy son, ni hubieren llegado hasta donde están. Pero, también Hitler y Mussolini llevaron a sus pueblos a la destrucción y a la vergüenza. En medio de ello, españoles, rusos, cubanos, argentinos y norteamericanos tendrán, en el futuro, que emitir su veredicto histórico sobre Franco, Stalin, Castro, Perón y Nixon.

El discurso de Trump es seductor para algunos de sus paisanos pero peligroso. Es seductor porque son tiempos donde se está generando un ansia por recibir promesas. Es peligroso, porque lleva fácilmente al engaño y la sociedad queda expuesta a seguir a un político pseudoprofesional, aun cuando fuera mentiroso y cínico, o a un aficionado que podría haber surgido de las filas de la empresa, de la pantalla, del estadio o, como ya ha sucedido en algunos países, del burdel, como el llamado Síndrome Ciccolina, nombre que viene de la célebre vendedora de placer, que llegó a ser figura prominente en el parlamento italiano.

De allí la necesidad de hacer el mayor uso posible de nuestra capacidad de reflexión y de nuestra crítica imparcial respecto de circunstancias, discursos y aspirantes. De lo contrario podemos deslizarnos en el tobogán de las esperanzas ingenuas que siempre acarrean una factura pletórica de sufrimiento.

Bien se ha dicho que el gobernante puede resolver todos los problemas o solo resolver algunos cuantos. Pero lo que no le está permitido es crear un solo problema ni mucho menos una crisis. Y el mesianismo, para cobrar sentido, requiere de un entorno de crisis ya dado, o tiene que crearlo por sí mismo.

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