El vicepresidente electo de Estados Unidos Mike Pence dijo hace unos días a la cadena de televisión ABC News: “hay varias maneras de que México pague el muro” y dejó ver que la renegociación del Tratado de Libre Comercio formará parte de las condiciones que se impondrían al país para que patrocine su propia cárcel.

Las palabras del señor Pence fueron humillantes. No tuvo el menor interés en utilizar un lenguaje diplomático, en demostrar que el gobierno de su jefe Trump dejaba abierta las puertas para encontrar soluciones a la migración ilegal. No, simplemente, quiso dejar en claro que este país, para ellos, es de tercera.

Sus palabras solo pueden ser leídas en un sentido: el Tratado de Libre Comercio se renegociará colocándole a México un pie en el cuello, como si fuéramos una ínsula de esclavos; y que la única condición para no darle un tiro en la cabeza a los mexicanos es que todas las ventajas sean para Estados Unidos.

Las palabras de Pence nos remontan a los tiempos en que los imperios obligaban a los habitantes de los países más pobres a entregarles el oro y los diamantes de sus minas a condición de no invadirlos o de cercarlos para matarlos de hambre.

El muro no es una obra de ingeniería para impedir el paso de migrantes ilegales a Estados Unidos.

El verdadero muro ya lo construyó Trump en el imaginario de sus seguidores. Es un símbolo de vejación a México. Es una figura de propaganda política que busca hacer ver al país, ante los ojos del fanatismo racial norteamericano, como una nación de inferiores, “violadores y criminales”, de pobres, corruptos e ignorantes.

Esa es la verdadera opinión que tiene Trump de México y ese es el concepto que quiere introducir hasta la médula de la conciencia de sus ciudadanos.

El presidente electo sabe que la inseguridad en la frontera no se resuelve con murallas. Lo que busca es recurrir a una vieja táctica de guerra: doblegar psicológicamente al gobierno mexicano, antes de formalizar cualquier acuerdo, para luego someterlo a sus condiciones.

Estas líneas no tienen una intención patriotera o chauvinista. Buscan alertar sobre el impacto que puede tener para la dignidad y el futuro de los mexicanos el que las autoridades cedan todo, a cambio de nada.

ARCHIVO - En imagen de archivo del 4 de enero de 2016, un vehículo de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos recorre la zona de Sunland Park a la largo de la frontera con Ciudad Juárez, México. Los residentes a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos se sienten ignorados en medio de una elección presidencial estadounidense en la que la inmigración, la seguridad en la frontera y un propuesto muro son debatidos acaloradamente, sugirió un sondeo dado a conocer el lunes 18 de julio. (AP Foto/Russell Contreras,archivo)

Carlos Slim soltó hace unos días una muy buena frase que, en este momento, debería ser adoptada como parte de una campaña que estimule la confianza interna: “México debe voltear a ver a México”.

Y esto no significa cerrarse al mundo. Implica lanzar una cruzada a favor de la productividad nacional.

Lo dijimos hace tiempo en este mismo espacio. La lucha contra el hambre debió ser una campaña a favor de la generación de riqueza.

Trump, al expulsarnos de su casa, nos está dando la enorme oportunidad de diversificar la economía y la relación comercial en el planeta.

Vemos, sin embargo, con preocupación, que el gobierno mexicano está esperanzado en convencer a Trump de que sea más amable y condescendiente con el país.

De que por razón de un beneficio bilateral, el TLC no llegue a su fin, sino que, a partir de una actitud inteligente y estratégica, simplemente se actualicen o modernicen sus reglas.

Escuchamos, en contra parte, todos los días, sin descanso, que el republicano y sus colaboradores acusan al Tratado de Libre Comercio de ser injusto para Estados Unidos y de ser una amenaza para su economía y los trabajadores.

Para decirlo rápido. Hay dos discursos y una sola realidad: Trump desprecia México.

Y hoy lo que debe evitar el gobierno mexicano es que su excesiva condescendencia, hacia un declarado enemigo, sea interpretada como aceptar, con los brazos cruzados, que el pueblo mexicano sea humillado.

@pagesbeatriz