I

 

Nunca tuvimos una casa. Siempre en departamentos; unos con pasillos, otros acomodados en centímetros cuadrados. Unos tan chicos, que las ratas adentro ya nacían encorvadas. Otros tan diminutos que necesitabas bloqueador solar para freír papas. Incluso vivimos en uno en que el escusado estaba debajo de la regadera: durante un año no compramos papel de baño. Cuando vives en tan pocos metros cuadrados la vida ahí dentro es una mudanza perpetua: mover el comedor para abrir la puerta de la cocina, tender la ropa mojada dentro del clóset desalojado, bracear sobre muebles para alcanzar la anhelada orilla del perno de la ventana y abrirla y que entre un poco de aire. No mucho porque no cabe. Todo topa. Te golpeas contra cada mesa, silla, basurero, pared. Al departamento no lo habita el eco, sino las esquinas. En las casas se escucha el espacio. En los departamentos se toca. En las casas miras el camino hacia otro cuarto. En los departamentos siempre algo se te atraviesa.

Para mí, el hogar como carrera de obstáculos encarna la derrota de mis padres. Ellos crecieron en casas y vivieron en departamentos suspirando por el fin de los tiempos: el día en que podrían comprar una casa y regresar a sus propias infancias que, por lo que sé, eran de insultos, amenazas y golpes. Pero, bueno, cada quien regresa a lo que puede: es muy distinto ser abofeteado por tu padre y, luego, correr a tu recámara, que sentarse a llorar justo en la esquina de la agresión. Por eso, cuando la gente se pelea dentro de los departamentos, no tarda en salir azotando la puerta de entrada: afuera es el único resquicio de la fuga.

Yo estoy resignado a vivir en lugares donde, para arre­mangarte la camisa, necesitas abrir una ventana.

Nacemos y morimos. Ninguno es voluntario. Vivir en unos pocos metros, tampoco. Las ilusiones están perdidas. Recuerdo a mi madre obligándonos un domingo a circular por las colonias ricas de la ciudad para apuntar todos los números de teléfonos de casas en venta. Circular con colores distintos los anuncios del periódico: “ganga. Cinco recámaras principales. Cocina integral. Sala y comedor grandes. Baño imperial y jardín. Cuatro estacionamientos. Cuarto de televisión. Jacuzzi”.

—¿Qué es jacuzzi, mamá?

—Unos peces salvajes de Japón.

No teníamos dinero ni para el alimento de los cruentos jacuzzis, pero las ganas no nos faltaban. Apuntar teléfonos era una enseñanza en la ilusión más boba que existe: el optimismo. Después de los primeros precios, al contado y con préstamos, luego de los cálculos de vender el coche y la lavadora, venía un leve regateo optimista en el teléfono:

—¿Es lo menos?

El escritor Fabrizio Mejía Madrid. Foto: Sexto Piso.

 

Las casas inalcanzables se transformaban en otro departamento en alquiler. Las viviendas, como todo, tienen la cualidad de volver a ser novedades a la vista de quien las mira por primera vez, y de convertirse en basura conforme pasa el tiempo. A mí me daba más o menos igual, desde entonces: encontraba un rincón dónde hablar solo y quedito —ya sabía que mis padres estaban seguros de que tenía algún padecimiento psiquiátrico producto de haber ingerido cientos de aspirinas por el cordón umbilical— y ser cada vez más raro. A mi padre le daba lo mismo dormir en un lugar que en otro. El problema era mi madre, que pasaba todo el día ahí dentro. Primero, por supuesto, inventaba un mapa mental de cómo aprovechar mejor el espacio. Urdía cambios de sala, recámara, nuevas lámparas, una tele menos gorda. Era un plan que, como dependía de los ahorros de mi padre, resultaba irrealizable. Venía entonces un periodo de algunas semanas en que limpiar era lo más parecido a comprar algo nuevo. Se pulía, tallaba, mojaba, aspiraba. Era lo mismo pero en otro lugar. Secas las cosas, se veían igual que antes y, quizá, más desgastadas. El fracaso de la renovación comenzaba a extenderse hacia afuera. Las cucarachas eran las primeras: gis chino —mi madre casi salivaba ­ante la idea de que estaba hecho a base de cristales cortantes que degollaban a cada insecto que osara entrar—, maskin tape en las juntas de las ventanas, jergas en la puerta, insecticidas preventivos, mallas protectoras, cordones de yute estratégicamente colocados a la mitad del pasillo o en la entrada de la cocina. Luego, una involución de esas mis­ mas defensas: el pesticida nos hacía daño a los pulmones, los cristales volaban y nos podrían cortar la tráquea y, una vez más, los pulmones, las jergas acumulaban polvos alergénicos, las mallas y los cordones podían ser traspasados si las cucarachas eran recién nacidas. De pronto, el departamento pasaba de una fortaleza defendible a la choza más vulnerable arrasada por el huracán de las desventuras posibles. Supongo que para no matarnos, mi madre se desviaba de seguir regañándonos a mi padre y a mí por patear desinteresadamente el cordón de yute o dejar mal puesta la jerga debajo de la puerta y la emprendía ahora contra el exterior o lo que ella llamaba “el rumbo”. Empezaba con los vecinos de arriba que arrastraban muebles en las madrugadas o ponían música a todo volumen. Su combate por el silencio involucraba tarde o temprano a los policías. Conocí a muchos vigilantes, recién despertados, rascándose debajo de las gorras, y sus distintas formas de abordar el apacigua­ miento vecinal. La música o el jaloneo mobiliario cedían un tiempo y, de pronto, volvían. Supongo que mi madre se iba quedando sin energías para reclamar y un día “el rumbo” ya eran las calles que nos circundaban. Siempre peligrosas, sucias, infelices. Recuerdo que varias veces me hizo ver por la ventana para señalarme el lugar del riesgo: afuera.

—Hay robachicos y hombres a los que les gustan las mujeres embarazadas.

A los seis años y hasta la fecha no sé qué quiso describir, pero el miedo al exterior se asentó en mí. Crecí sobresaltado, mirando para todos lados, atento a la jauría que acecha. Es México, después de todo: un lugar en el que todos estamos convencidos que el otro, cualquiera, va a abusar de su poder en cualquier instante. Por eso aquí las palabras deben ser suavecitas, llenas de miramientos, envueltas en los laberintos de las formas cortesanas. Aquí nunca sabes. Y mi mamá lo sabía. Me lo inoculó. Hasta ahora, si escucho un maullido, una pareja teniendo sexo, un tango a lo lejos, lo primero que pienso es que están asesinando a alguien. Es “el rumbo”, aquel que se le iba haciendo insoportable, opuesto a la idea de vivir en una casa propia, con peces japoneses, en el final de los tiempos, en completo silencio. La felicidad de mi madre era una burbuja sin bacterias ni robachicos y —sospecho— sin mi padre. A mí la verdad, ella me sabía en cualquier rincón hablando solo, jugando con personajes hechos con los dedos, creo que hasta me olvidó.

Tras su combate y sus derrotas contra el departamento y sus “rumbos”, mi madre pasaba por días en los que no despertaba más. Días en los que lloraba en cama o lavando platos, con la radio a un volumen tras el que ocultaba sus menudos fracasos, las lágrimas y salpicaduras de la llave del lavabo camufladas. Traían algún médico. Le acercaba medio vaso de agua y unas pastillas, hablaban mis padres en susurros en la recámara —yo dormí siempre en la sala— y, unas semanas después: a buscar teléfonos de casas en domingo, la gasolina evaporándose en el asiento trasero del auto, llamadas de regateo. Y, un buen día: otra mudanza a otro departamento.

Éste fue el último departamento. Sus cosas en cajas, sella­ das, irán a una bodega que alguna de mis tías pagará. No recuerdo mucho de los arreglos, sólo el que me toca: venir a cerciorarme si queda alguna caja abierta por ahí, un traste, una mascada, un arete olvidado. Acaso un anillo de bodas. No sé si la enterraron con él. No llegué a su funeral. Pienso que debió irritarla acabar rodeada de tanta tierra, tantas bacterias, dentro de un espacio que no será más su casa, algo así como de 1.87 por 57 centímetros —dice la Wikipedia que eso mide un féretro—. Sin poderse defender de los insectos que ahora mismo la habitan, de los ruidos de los ataúdes de junto, del tipo de riesgos en el “rumbo” de los cementerios: ladrones de criptas, juntacadáveres, mineros de lápidas. Uno que otro perro calloso, gato flejado por aceite de coche, ratas humeantes, un romántico búho. Lo que sea que atraigan los cipreses. Ella, adentro, finalmente sosegada.

Este departamento debe ser el más pequeño en el que vivió pero no el más desvalido. Recuerdo, y dudo de mi propia memoria, que hubo alguno en que el dueño pronunció la siguiente condición:

—Una vez que cobre el cheque con la renta y los dos meses de depósito, le colocamos las ventanas.

He pensado en eso algunas veces: alguien remueve las ventanas de un departamento para garantizar que le paguen. Dudo también de un vago recuerdo en el que mi madre forcejea con un albañil por un cristal. Éste se rompe y mi madre termina con un brazo bañado en sangre. La veo en la cama convaleciente, despeinada, los ojos plácidos de los calmantes, pero no estoy seguro de que sea siquiera una memoria válida o de que entienda la escena. Las vendas en ambos brazos. Mi padre de espaldas frotándose la nuca. Mi hermana por ahí, sentada en cualquier lugar.

 

>Fragmento de la novela “42 m2” (Literatura Random House, 2016), de Fabrizio Mejía Madrid. Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.