Gasolinazo

José Fonseca

Más que las ideas, a los hombres los separan los intereses

Tocqueville

A la mayoría de los ciudadanos de a pie los sorprendió el aumento a las gasolinas, el diésel y la energía eléctrica. Eso es entendible y justificable, pues no todo mundo está atento a las decisiones que se toman en el gobierno o en el Congreso.

No se justifica la sorpresa de todos aquellos que, por diversas razones, tienen la obligación de estar atentos a los asuntos políticos, económicos y financieros de la nación. Estos sabían que la decisión fue adoptada por el Ejecutivo después de que la aprobó el Congreso.

Sabían que la política de estímulo económico que se adoptó el sexenio anterior por la crisis de Wall Street en 2008 y 2009, obligó al gobierno de la república a dejar la práctica de no aumentar la deuda pública.

Que las circunstancias del entorno económico, político y financiero internacional alteraron las premisas de la política económica y el gobierno se ve obligado a reducir el nivel de deuda pública y a reducir el déficit de las finanzas públicas.

Y para alcanzar ese objetivo se vio forzado a adelantar los tiempos en muchas de las decisiones económicas, de la misma manera que adelantaron la flexibilidad de los precios de los combustibles para adecuarlos a la apertura a la inversión privada en la actividad que hasta ahora había sido monopolio del Estado.

Quizá tienen razón quienes aducen que la oportunidad del anuncio del aumento, el monto de ese aumento, es demasiado. Pueden tener razón en que las explicaciones del gobierno al llamado gasolinazo han sido insuficientes y mal comunicadas.

Sin embargo, como dijera un viejo sabio: “duele más una patada en el bolsillo que una patada en la entrepierna”.

Y todos los grupos políticos, sociales y económicos de la república se mueven para aprovechar la indignación ciudadana por las alzas a los combustibles. Pero no solo la aprovechan, sino que, oportunistas, procuran atizar la indignación y promover el rencor hacia la clase política, hacia el régimen.

Para quien esto escribe no es sorpresa el oportunismo de todos los grupos, por razones políticas unos, otros por razones puramente económicas y comerciales.

El perverso y sistemático cultivo del rencor con tanta pasión como hemos visto desde hace meses también se relaciona con la sucesión presidencial. Todos quieren estar posicionados para, como todos los cortesanos, exclamar: el rey ha muerto, viva el rey.

Desafortunadamente no reconocen el peligro de cultivar el odio y el rencor. No reconocen el peligro de sembrar la anarquía y el cobro de cuentas al margen de toda ley y todo marco legal.

Han olvidado lo dicho por Plutarco hace casi veinte siglos: el odio es una tendencia a aprovechar todas las ocasiones para perjudicar a los demás.

 jfonseca@cafepolitico.com

Fonseca