Ricardo Muñoz Munguía
Las formas de presentarse de Donald Trump son muy criticables, formas abiertas de cómo es, pero lo oculto aquí, en México, de quienes se presentan —o intentan aparentar— como honestos y demás adjetivos “buenos” ¿a dónde han llevado nuestro país? Las promesas y la pseudocercanía con la gente, hoy, ¿dónde nos ha dejado? En realidad, de fondo, ¿nos debería importar lo abierto o lo oculto del que se alquila para gobernar? Allá abiertamente ya se dijo lo del muro, y aquí les piden que eso se hable “en privado”, en lo oscurito.
Pero enfoquémonos en Trump y en algo que no puede tratarse de un modo nuevo de hacer política, es, más bien, identificar —aunque Hilary Clinton le haya ganado por tres millones de votos— a un número muy importante de la población que sabe odiar, que es racista…, y que en Donald Trump encontraron la mano con el peso necesario para lastimar a otros. Pensemos ahora en ellos, los que tenían dormido ese sentir, el sentir que son “superiores”, ¿será que hoy se arrepienten de su voto?, o ¿será que ahora ejecutan abiertamente su sentir? A esto debemos añadir un efecto más, que Trump se supo montar en la crisis de candidatos, verdaderos líderes en Estados Unidos. Pero el haber aprovechado esa crisis va a tener su respuesta porque una cosa será el griterío en su campaña y, otra, será enfrentar el poder y las formas de ejecutarlo, pues querrá manejar al congreso de su país, así como a otros países, como si se tratara de alguna de sus empresas pero ahí habrá de surgir la mano que le marque el “stop”. Ese “modo” de hacer política no puede durar. Muchos son los problemas que ha buscado este bravucón y, sobre todo, ha metido la nariz en los intereses de otros países como Japón o China o México, pero a nuestro país no se le toma en serio.
Ahora vemos casi sin parpadear lo que sucede con Trump pero, insisto, volteemos un poco la mirada a los gobernantes que hemos tenido en México en las últimas décadas y habremos de encontrar un daño que es más hondo pero que no dejaron ver.
