La última vez que visité los baños recordé una historia que cierta noche me contó un travesti de la calle. Le gustaba vestir de manera exótica. Siempre usaba plumas, guantes y accesorios de ese tipo. Decía que algunos años atrás, su padre le había obsequia- do un viaje a Europa. Afirmaba que durante su estancia había adquirido ese estilo. Sin embargo, parece ser que en esta ciudad no era posible apreciar una moda de este tipo. Por eso se quedaba muchas horas parado solo en las esquinas. Ni siquiera los patrulleros que rondaban la zona se lo llevaban a dar la vuelta de rutina. Me acordé de él porque en una ocasión me contó que su padre acostumbraba ir a unos baños de vapor a pasar los fines de semana. Se trataba de otro tipo de baños, de alta categoría, no como los del japonés. Me dijo que en una de las primeras visitas, los mismos amigos del padre abusaron de él en una de las duchas individuales. Era todavía un niño, y el miedo hizo que no dijera nada de lo sucedido. El caso es que estos baños son distintos porque, a diferencia de los que frecuentaba el padre del travesti, aquí los usuarios saben a lo que van. Una vez que se está cubierto sólo por las toallas, el terreno es todo de uno. Lo único que se tiene que hacer es bajar las escaleras que conducen al sótano. Mientras se desciende, una sensación extraña comienza a recorrer el cuerpo. Minutos después queda uno confundido con el vapor que emana de la cámara principal. Unos pasos más y casi de inmediato se es despojado de las toallas. De allí en adelante, cualquier cosa puede ocurrir. En esos momentos siempre me sentía como si estuviera dentro de uno de mis acuarios. Revivía el agua espesa, alterada por las burbujas de los motores del oxígeno, así como las selvas que se creaban entre las plantas acuáticas. Experimentaba también el extraño sentimiento producido por la persecución de los peces grandes cuando buscan comerse a los más pequeños. En esos momentos la poca capacidad de defensa y lo rígido de las transparentes paredes de los acuarios se convertían en una realidad desplegada en toda su plenitud. Pero ahora aquellos son tiempos idos que, estoy seguro, nunca volverán. Actualmente mi cuerpo esquelético me impide seguir frecuentando ese lugar. Otro factor importante para considerar aquello como cosa del pasado es el ánimo, que parece haberme abandonado por completo. Me sorprende haber contado en algún momento con la fuerza necesaria para pasar tardes enteras en baños de esa naturaleza. Pues incluso en los mejores tiempos de mi condición física, salía de una sesión totalmente extenuado.
A veces me preocupa quién irá a hacerse cargo del salón cuando la enfermedad se desencadene con fuerza. Hasta ahora he sentido sólo atisbos, signos externos, como la pérdida de peso y el ánimo decaído. Nada interno se me ha desarrollado. Hace unos momentos me referí al asunto del hedor y la costumbre. Mi nariz ya casi no percibe los olores. Por eso conservo con agua y con dos o tres peces uno de los acuarios. Aunque no reciba los cuidados de antes, me da la idea de que aún se mantiene algo fresco en el salón. Sin embargo, parece existir una razón desconocida que me impide darle la dedicación que se merece. Ayer, por ejemplo, encontré una araña muerta flotando con las patas hacia arriba.

>Fragmento del libro “Salón de belleza”, de Mario Bellatin (Alfaguara, 2016). Agradecemos a la editorial por las facilidades otorgadas para su publicación.
