Patricia Gutiérrez-Otero
No amo mi patria./ Su fulgor abstracto es inasible./ Pero (aunque suene mal) daría la vida/ por diez lugares suyos, cierta gente,/ puertos, bosques de pinos, fortalezas,/ una ciudad deshecha, gris, monstruosa,/ varias figuras de su historia,/ montañas/ —y tres o cuatro ríos.
José Emilio Pacheco
Ver las banderas de México en diversas redes sociales provoca una sensación de ambigüedad. Por una parte, algunas de ellas (un círculo tricolor con una pequeña águila en medio) se asocian inevitablemente con el logo del PRI, por otra parte quienes eligieron poner una bandera o sólo el águila central, mostraron una conciencia de lo primero y el deseo evidente de evitar esta asociación. Igualmente, varios de los videos que circularon estos días exaltando las bellezas de México causan emoción, pero también alertan la mente crítica: ¿México es sólo sus bellezas naturales, su gastronomía, sus bebidas, su folclore, o hasta sus “logros” modernos? ¿Es este el tipo de patriotismo que necesitamos en este momento de nuestra historia? ¿Un patriotismo idealizante, pero desligado de lo concreto, de su belleza, pequeñez, pluralidad y hasta suciedad? ¿Un patriotismo que nace ante el ataque y desprecio de un enemigo externo, pero que se niega a ver y a actuar contra los innumerables enemigos internos? ¿Uno que mientras exalta las tradiciones pierde su ethos?
Todo esto sucede ante las amenazas de “un extraño enemigo”, pero en una situación particularmente desgarradora en nuestro país y, al mismo tiempo, en un momento histórico compuesto de las elecciones estatales de 2017 (en particular del comprometido Edomex), de la ya adelantada precampaña electoral de 2018, de una paupérrima aceptación del presidente en turno, y de la conmemoración movilizadora de la corrompida Constitución de 1917.
Nuestra Constitución, en mucho un modelo para su época, ha sido manoseada como una joven indefensa y sus defensores no han estado a la altura, porque en el fondo a los mexicanos les interesa más defender una patria abstracta que las instituciones concretas que la sostienen; les interesa más la imaginería de lo mexicano que la realidad que vivimos: Tlataya, Ayotzinapa, los cientos de miles de muertos y desaparecidos, la guardería ABC, las fosas sembradas en el territorio, la podredumbre abyecta del gobierno, la pobreza generalizada y la riqueza concentrada.
Por eso, aplaudo las iniciativas de reformar la Constitución que llevan a cabo diversas agrupaciones ciudadanas, como la realizada por La Constituyente Ciudadana y Popular, en cuya pluralidad se encuentra también en cuanto ciudadano mexicano el obispo Raúl Vera. El esfuerzo de formar una nueva Constitución que responda a los intereses, necesidades y valores de los mexicanos de hoy y de todos los sectores se ha realizado por diversos grupos sociales a nivel en todo el país y se presentó en su Segunda Asamblea Nacional el domingo 5 de febrero. No se trata de querer imponer esta Constitución sino de sumar voluntades que busquen un cambio benéfico para todo México, y no sólo para algunos mexicanos. Un cambio de Constitución que sea respaldada por los ciudadanos y salvaguardada por ellos.
Querer a México es actuar de manera consciente y voluntaria, en lo personal como lo pretende una parte de la población, pero también en el ámbito de lo político (no necesariamente partidista) para que realmente haya un país digno, solidario, incluyente y justo; para conservar los pinos, los ríos, los barrancos, lagunas y mares, la risa de los niños y la quietud de los ancianos.
@PatGtzOtero


