Meridiana, de Beatriz Meyer

Eve Gil

No hay un libro de Beatriz Meyer que no me perturbe hasta la raíz. Sin importar que tan distinta sea una historia de la otra, invariablemente la protagonista será más hembra que mujer, consciente de ser considerada un objeto sexual —cosa que asume con filosofía y sin drama— y, he ahí la paradoja, lo bastante astuta para voltear a su favor lo que debiera ser doloroso y humillante. Meridiana, su más reciente novela, publicada por una nueva e interesante editorial, El Tapiz del Unicornio, es también la más extrema y compleja, tanto estructural como argumentalmente. Respecto a lo primero, tenemos una historia que deambula de una época a otra; de siglo en siglo; de hombres vulgares a un papa del siglo XI; personajes a los que pudiera objetárseles no tener una personalidad definida porque se trata de un asunto de almas, con una protagonista que linda lo patético, Mercedes, que rehúye del maltrato para buscarlo en otra parte y en otras manos. No es lo que suele denominarse “personaje ejemplar”, si bien, la ejemplaridad no tendría por qué ser necesariamente positiva, sino más bien una representación de arquetipos y prototipos. Partiendo de ahí, resulta tremendamente complicado ubicar a Meche en un árbol genealógico específico. La única que me vino a la mente fue la Justine del Marqués de Sade… de hecho, ninguna novela reciente, menos aun mexicana, me había hecho evocar al más perverso, cruel y moralista de los clásicos literarios. La Justine de Meyer, literalmente hablando, es un cuerpo que no armoniza con su alma; alguien que inconscientemente se somete mientras deplora la sumisión de quien la habita… y a quien rechaza como a un cuerpo ajeno a su organismo.

Meridiana empieza como una historia de violencia conyugal, y Meche, en primera persona, desarrolla los pormenores de las espantosas ofensas de Emanuel, su marido, con la naturalidad de quien narra una parrillada al aire libre. Meche, como si viera lo que le sucede fuera de su cuerpo. Meche se deja rifar entre los amigos de su marido como una cosa. Meche es un cuerpo inerte, una muñeca inflable. Ni siquiera existen motivos por los cuales se vea forzada a someterse al monstruo sádico que juega con sus traumas de la infancia; no hay hijos de por medio. Tampoco lo ama. Vamos: ni siquiera le gusta, no le ha gustado nunca, aunque su madre la haya convencido (¿o vendido?). Cuando hace el intento de escapar, pareciera dejar pistas para que ser expeditamente devuelva a la depravación cotidiana como botella a la deriva. Hasta que se topa con unos papeles de su adorada abuela Arcadia que representan su pasaporte a la libertad y opta por marcharse al pueblo donde una casa grande, alguna vez majestuosa, y la cabeza de una diosa, aguardan por alguien que la habite, la rehabilite, la posea… y la redescubra. Ese alguien no puede ser otra que Meche.

Apenas llegar al que aspira sea su nuevo y definitivo hogar, Meche advierte que los pobladores, que poco o nada recuerda, se persignan apenas verla, le sacan la vuelta entre cruces, la niegan servicios y hasta la insultan. La cosa no se pone peor gracias a la “venturosa” aparición de Fausta, quien fuera amiga de doña Arcadia, y a quien la gente teme en la misma medida que la respeta o, mejor dicho, opta por no darle la contraria. A los noventa y dos, Fausta tiene un cutis lozano y un busto erguido, y se entiende con Meche como si también tuviera veinticinco años. La anciana —por decirle de algún modo— coloca al servicio de Meche a un sirviente haitiano que trabajó para Arcadia, Jean Baptiste, lo más próximo a un caballero andante que, además, no la acecha para cogérsela. Pero un raro mecanismo interno empuja al cuerpo de Meche a hacer lo que desea… como involucrarse con el repulsivo Rodrigo, que poco le pide al mismísimo Emanuel, y además la abusó sexualmente cuando ella tenía trece años y él veintiuno. Rodrigo se encarga de narrarle (¿o inventarle?) una infancia en la que Meche, la eterna víctima, es capaz de las cosas más aberrantes, incluido el asesinato. Pero Meche no recuerda… se sabe incapaz de haber llevado a cabo la ristra de pecados que se le atribuyen, en una etapa en que las niñas hacen travesuras, no felaciones bajo la mesa. ¿Pudo el accidente sufrido a los trece años, en que por poco muere ahogada, tender un vaho espeso en su memoria?

Una serie de acontecimientos que perpetúan la humillación, el desprecio y la violencia vividos durante el matrimonio del que viene huyendo, orillan a Meche a buscarse, otra vez literal, a sí misma: Justine busca a tientas a Juliette. La casa de su abuela reserva demasiados secretos que tienen relación directa con ella; con la extraña conducta de su madre que la aborrece, al grado de entregársela a Emanuel, consciente de que es un sociópata, y el repudio de la abuela hacia su propia hija, tan desmedido como el amor que sintió por su nieta. Un libro negro. Un diario. Un pacto y un sacrificio. Un sacerdote lascivo del siglo XI que despierta a la demonia, o diosa, dependiendo el cristal con que se mire. Poco a poco Meche va adquiriendo consciencia no sólo de que Arcadia no era una abuela cualquiera; que no es casualidad que Fausta no envejezca y que la niña empapada se le aparece con un reclamo impreso en la mirada. Otra niña sacrificada más. Beatriz Meyer ha escrito una novela extraña, fascinante, sobre intercambio de almas pero también sobre mujeres cansadas de huir de los abusos sexuales, que las orilla a transformarse en brujas, hacer pactos con el demonio y alimentar a la ávida amante satánica de un papa… y una mujer con tan mala suerte que escapa de un marido psicópata para caer en un pueblo donde sólo parecen existir dos clases de seres: los que se persignan y los que secuestran niñas pequeñas para violarlas y asesinarlas por diversión… hasta que Juliette reclama su cuerpo usurpado por su gemela Justine.

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