La canción de México es una de las que más difícilmente se interpreta. Tiene una como maraña de matices, los cuales hay que ir desnudando, uno por uno, en su momento, para poder presentar al escucha, la cinta sonora de su cuerpo musical.
Dura tarea es definir lo que se hace. Las cosas se hacen por deber o por placer, pero cuando ambos términos se funden “lo que se hace” es por necesidad de justificación de nuestro paso por sobre la tierra. Yo nací para cantar.
Hay quienes se equivocan pensando que cantar es abrir la boca, emitiendo una nota primero y otra después, diciendo de paso la letra que el autor escribiera. Durante mis largos años de aprendizaje he aprendido un poco de tan difícil arte y de eso –y un poco de mí misma- quiero hablar ahora a los lectores de Siempre!
Sobre todo, cantar “lo mexicano” es saber penetrar en la esencia misma de las palabras y la música de México. La melodía sale del corazón, del paisaje físico o de un estado de ánimo humano, y cuando aquella pasa por la garganta no puede ser, simplemente un chorro de voz. Hay que darle modulación y sentimiento. Y para que así sea, es preciso poner el corazón en juego. Yo no sé de dónde salgan los matices, pero están, seguramente en la sangre, porque yo he notado que, cuando más me esfuerzo porque todo salga de ardor y sentimiento, como que se me agolpa la sangre en el pecho y en las sienes. Si entonces me ven mover las manos, quizá no es por otra cosa, sino por activar y dirigir esa circulación forzada de la sangre, para que navegue con mejor ímpetu el sentimiento que sale por la garganta.
La canción de México es una de las que más difícilmente se interpreta. Tiene una como maraña de matices, los cuales hay que ir desanudando, uno por uno, en su momento, para poder presentar al escucha, la cinta sonara de su cuerpo musical. La canción francesa, por ejemplo “se dice”. La norteamericana se hace aire, el cual se envía a la nariz para que permita mayor respiración ya que, por lo regular, se produce bailando. La canción argentina se “llora”. La brasileña “se agita antes de usarse”. Pero la canción de México, es un rosario de emociones que se desgrana, desde lo bravío hasta lo más delicadamente tierno. A veces hay que gritar, abriendo los pies del corazón, pero a veces, también hay que acunar el cuerpo, como si tuviésemos en los brazos a un niño pequeño o la cabeza del novio herido.
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Por tanto amigos, cantar “ranchero” es cuestión de puro sentimiento y de un “poquito de voz”, ya que el sentimiento la agranda, si es pequeña, o la reduce, si es grande. Pero el factor esencial que debe mediar en la obra de arte, que es una canción, debe ser eso únicamente: lo que se lleva en mitad de la sangre, muy cerquita del alma y eso no lo da el estudio, ni el alcohol ni las oportunidades. Eso se debe, simplemente, en el corazón de la patria.
¿Alguien dijo por allí que nuestras mujeres no cantan como lo hacía Lucha Reyes o como lo hago yo? Se ve que no han visto jamás, por esos pueblos, a las cantadoras de corridos de las que habla López Velarde en su “Suave Patria”. Por otro lado olvidan que, por lo regular, es el hombre quien canta. Pero cuando una mujer lo hace, es porque tiene buenas razones para hacerlo. No hay que olvidar que una canción es un requiebro, un reclamo o un airado y encelado reproche.
¿Y cuándo se ha visto que una mujer celosa reclame con palabras al oído? Abre bien la boca y deje suelto el corazón como si fuese un jarro de sangre. Y cuando, como en muchos casos, puede cantar, canta con todo el pecho, no ofreciéndolo, sino haciéndolo venganza y reto.

Yo no pude elegir mejor carrera. Todos recuerdan –y me lo dicen frecuentemente-, que yo era una taquígrafa “pasaderita”. Pero no estaba contenta. Por eso era pasajera mi posición ante la máquina de escribir. Un día, cuando ya estaba segura de mí misma, dije, con toda audacia, que yo era la mejor de todas las cancioneras. Se me echaron encima. Me obligaron a superarme. Pero mientras que las demás gritaban, yo estudiaba. Ahora, cuando todos me quieren, tengo miedo de decir que soy la mejor.
Y estoy contenta de cantar, porque no hay cosa más hermosa en las múltiples actividades del hombre, que al de dar alegría a los corazones contristados. Unas nacimos para tener la casa limpia, otras para hacer pasteles, las de más allá para prodigar caricias, pero yo nací para cantar. Sé que mis canciones hacen sonoro el silencio del descanso del obrero cuando éste llega a casa, queriendo encontrar la Patria en su refugio casero. Sé que mis canciones se cantan en los trenes, en lo alto de las serranías y en la orilla del mar. Y el ser una voz al servicio de México y de mis semejantes, me consuela, me alegra y le da sentido definitivo a mi vida.
¿Qué más quieren que les diga? Si algo se me quedó, pónganse a escuchar uno de mis discos.

>>Texto extraído del número 105 de la Revista Siempre, publicado el 29 de junio de 1955.<<
