Al hacerlo, el pensamiento divaga
Roberto García Bonilla
El caminante es uno de los emblemas más significativos entre las figuras del hombre pensante que al mismo tiempo tiene en la naturaleza el espacio idóneo e imprescindible. Habrá que distinguir la caminata del paseo; los atributos de quien pasea están sobradamente más exaltados y valorados como la presencia del flâneur que deambula en las ciudades, aunque no siempre se advierta que esa práctica cuando es forma de un abandonarse al mundo, en el anonimato, sin pernoctaciones, puede llevar a la indigencia, a la mendicidad.
Pero volvamos a los senderos límpidos de bosques, jardines, parques; las avenidas y las calles —“los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” decía Antonio Machado.
Juan Marqués, al distinguir las miradas sobre el caminar de William Hazlitt (1778-1830) el preclaro crítico, humanista y ensayista inglés —además de biógrafo de Napoleón Bonaparte— y el novelista escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894), gran viajero que terminó sus días en Samoa, en el Pacífico sur, señala que pasear es un rito civil y caminar un acto animal.
“Pasear —dice Marqués— es algo social y caminar algo más bien selvático, aunque sea por las calles de una ciudad […] El que pasea coquetea diciendo que sale a buscarse a sí mismo, a reencontrarse o reconstruirse…; el que camina tampoco sabe nada, pero por lo menos ya ha alcanzado a darse cuenta de que hay poco que escarbar dentro de sí, y rastrea vorazmente el exterior, las calles, los campos, los cielos”.
El paseo puede alcanzar una forma de arte, según preconizaba Karl Gottlob Schelle, en contraste con el caminar que es, ante todo, una necesidad: lo cierto es que una y otra prácticas son, igualmente, enaltecedoras para el espíritu y para el cuerpo, en todo caso se complementan. Las diferencias pueden descansar en la intención y los imponderables o el azar que irrumpan y viren o bifurquen una con otra. “Pasear —observa Marqués— tiene algo de ceremonia; caminar es algo que está decididamente relacionado con la independencia y la libertad”.

Atributo del caminante-paseante
Las acciones del paseante se asientan en valores casi, diríamos, arquetípicos: “quienes caminan —dice Marqués— suelen anhelar la soledad, y no sólo aquellos misántropos cuyo principal objetivo en este mundo es que les dejen en paz, sino aquellos que son más bien víctimas de una incomprensión general, de una sospecha imprecisa y no saben o no pueden defenderse”. Esa indefensión descrita también se relaciona con la idealización del flâneur, el errabundo que va sin destino manifiesto de un ligar a otro; capaz de afrontar toda suerte de imponderables que, naturalmente, pueden ser fatídicos.
Ahora nos referimos, habrá que precisar, a un modelo más relacionado con la bohemia que con la depauperación y la vagancia —ya demencial— llevada a sus últimas consecuencias; estamos delineando más bien a un modelo literario, tipificado durante el siglo antepasado en Francia, en particular, en su capital: la Ciudad Luz, y personificado en poetas malditos —sobre todo Rimbaud y Baudelaire— paradójicamente opositores al romanticismo, quienes tenían rasgos de aquellos (como la idea de la libertad y la independencia).
Baudelaire representa al poeta incomprendido que emerge en la urbe y se asienta en los cafés; las búsquedas en la existencia, su exploración de la ciudad; su presencia coincide con la modernidad y su advenimiento.
El mismo Baudelaire describe al poeta bohemio. Y a partir del autor de Las flores del mal el pensador, filósofo y ensayista, tan influyente en nuestros días, Walter Benjamin significa al flâneur como un personaje fundamental de la modernidad en las ciudades, como observador dilecto y explorador temerario de las ciudades.
Un atributo del caminante-paseante es su experiencia como lector; al conjugarse la sapiencia se concentra y se proyecta, en el más elevado de los sentidos, al civilizado mundano.

William Hazlitt.
La soledad en las caminatas
Hazlitt establece la caminata como un acto solitario, a diferencia de quien lo hace en un salón [ahora el paseo por antonomasia se despliega en los malls, o los centros comerciales, monumentos al consumo y al ocio sin destino, necesariamente, definido]. Quien camina al aire libre no se liberará a través de la conversación. Soledad, silencio y reposo en sus coincidencias fortalecen. La compañía, para Sterne sólo sirve “para comentar como se alargan las sombras cuando el sol desciende”.
Mientras caminamos, el pensamiento divaga, las ocurrencias alcanzan la estatura de ideas, añadimos aquí, pero habrá que reiterar que el ideal para Hazlitt es trazar caminos en lo que nosotros llamaríamos el campo, el mundo campirano que en nuestro territorio y provincias se erosionan más y más a causa, entre tantas razones, a la deforestación de los bosques, que son la cúspide simbólica del gran caminante que nos describe Hazlitt y, como inglés, añade la compañía de tazones de té.
Y cuanto más anónima sea el refugio nocturno más se concentra la dicha del viaje: “¡una posada — dice— Hazlitt nos devuelve al nivel de la naturaleza y ajusta las cuentas con la sociedad!”. Los viajes al exterior, sobre todo para aquellos que pretenden sacudirse ataduras —que van de la rutina, al cambio de atmósferas—; si hubiese podido, señala el ensayista inglés, se habría entregado a los viajes por el extranjero.
Para Stevenson, caminar es un acto de observación, mientras se refinan todo los sentidos; coincide con Hazlitt en la significación de la soledad en las caminatas; es la esencia del camino a la libertad. Nos recuerda a Robert Walser el caso del caminante-escritor, que camino y camino si rumbo definido por los bosques suizos hasta que un día su corazón se detuvo y él se desplomó sobre la blancura de la nieve en un día de Navidad.
William Hazlitt y Robert Louis Stevenson, Caminar, Salamanca, Nordicalibros, 2015.

