¿Tú me amas, abuelita?”

Iñaky le quiebra la voz y le inunda los ojos a su abuela Juana. Es como su nombre –de origen vasco– que significa “fuego”, y ardiente: quema, duele, deja marcas en la piel y más allá. Su jovialidad e inteligencia, su arrojo y esa madurez que no abandona la ternura y mucho menos el amor.

Ella contesta que sí. Él insiste. Y es que el diálogo no puede quedar así, y menos con Iñaky ahí, cerca. “¿Y todos aquí me aman?”, pregunta. Y le responde con dos sílabas: “Todos.”

Juana Solís Barrios tiene 50 años y es madre de Brenda Damaris González Solís, desaparecida por policías de tránsito cuando tenía 25 años y localizada meses después, un 17 de octubre de 2011, en el municipio de Santa Catarina, muy cerca de Monterrey, en el estado de Nuevo León.

Ella, Brenda Damaris, es la madre de Iñaky, ese guerrero de seis años que da tanto amor como el que necesita.

Accidente tipo choque

El 31 de julio, durante la madrugada, Damaris llamó por teléfono a Aldo, su cuñado. Le informó que había chocado su automóvil. Aparentemente todo estaba bien, se trataba sólo de un accidente vehicular. Él le dijo que si necesitaba que le llevara dinero para que se arreglara con la otra persona que participó en el percance. Pero la comunicación se cortó.

Alcanzó a escuchar una voz lejana que le advertía a Damaris que colgara el teléfono, que dejara de hablar.

Abraham, su hermano, también se enteró porque recibió una llamada de Damaris. Después intentó comunicarse al teléfono celular y no logró que entrara la llamada. El accidente fue en calle Industria de Las Palmas, colonia Adolfo López Mateos, Monterrey. Llamó y llamó y llamó de nuevo. Ya no contestó.

Cuando Abraham, apurado, llegó al lugar donde había sido el choque, ya no había nadie. Tres camionetas de modelo reciente, lujosas, salían del lugar a toda velocidad y casi chocan con él. Entre los vehículos identificó una marca Ford, tipo Lobo, de cabina y media. Abraham siente culpa. Ese episodio le sigue doliendo: tal vez, en una de esas camionetas que salieron disparadas, en medio del rugir diabólico de esos motores y el chirriar funesto de las llantas, iba su hermana, sometida, golpeada, ahogada en llanto y anegada en un futuro incierto. Y él, que pasó de largo, que pensó encontrarla ahí, en la calle, no la vio.

Fue entre las 4:00 y 4:30. Hora del diablo en Monterrey, donde todos los días, y a todas horas, en esa etapa de 2011 –de la que quedan secuelas en 2014 y 2015–, en que el diablo manda, los malos tienen el poder y parecen mayoría.

Con ella iba Julio César Santos, un contratista con quien la familia, incluida Damaris, laboraba vendiendo comida entre los albañiles, en las obras de construcción que tenía.

Iñaky tenía dos años cuando su madre desapareció, esa joven hermosa y brillante, que apenas cursó la secundaria y era muy trabajadora y empeñosa en todo lo que realizaba. Ella y Juana hacían comida para los trabajadores –albañiles y molderos– que el contratista había empleado. No vendían los platillos, sólo los entregaban como parte del acuerdo que tenían. De 25 a 30 trabajadores y el mismo número de desayunos, comidas y cenas que debían preparar desde la madrugada y luego repartir.

Ese año, en mayo de 2011, el cumpleaños de Iñaky –a quien Damaris concibió con Francisco Abraham Celestino González– había sido en grande. Para Juana, la madre de Damaris, fue como una despedida: mucha comida y bebida, muchos globos y dulces, un enorme pastel y los más grandes juegos, “como si supiera que ése era el último cumpleaños que ambos, Iñaky y su madre, pasarían juntos, porque festejaron en serio”.

Durante la fiesta, el cumpleañero se cayó y le sa- lió un chipote en la frente. Aldo, su primo, con quien convive mucho y le lleva apenas unos cuatro meses de diferencia, se burlaba de él. E Iñaky, que parecía estar siempre de fiesta y ese día desbordaba felicidad, se reía y reía con las burlas de su primo Aldito.

Ese chipote en la frente no era nada. La vida es- taba ahí. La felicidad había instalado una sucursal en el festín, y en mayo es primavera, y la sonrisa dura una eternidad. Tanto y tan poco, que el 31 de julio de ese año lo incierto ya los esperaba, agavillado, a oscuras y a la vuelta de la esquina, para quebrarlo todo en sus vidas.

[gdlr_video url=”https://youtu.be/uB8uJtcY6Bw”]

 

La tristeza, ese soplo

Damaris desapareció y así duró hasta el 17 de octubre de 2012. El vehículo en que viajaban ella y Julio César Santos tenía al menos cuatro impactos de bala, cuyo calibre nunca fue dado a conocer. Casi quince meses después fue encontrada una osamenta en un paraje des- habitado, de una zona conocida como La Huasteca, en Santa Catarina.

En ese lapso de esperas, sin manecillas de reloj ni luz del sol, todo se hizo gris en la vida de Juana, su madre, hijos y nietos. Aldo, entre ellos: fue llevado al médico. Tuvo algunos problemas que ahondaban las arrugas de sus padres y abuelos, y tíos. Tanta tristeza en esa familia, los llantos, los males y la búsqueda, habían hecho mella en la infancia, esa inocencia estrenada y al mismo tiempo robada. Sus lesiones eran de las peores, de esas internas que no se notan, que sólo el alma muestra.

Esa ausencia de Damaris y la vida quebrada de quienes lo rodeaban –entre ellas Juana, su abuela, y su primo Iñaky– terminaron por enfermar a Aldo. El médico que lo revisó dijo que era un niño deprimido, afectado por su entorno, y enfermo: un soplo en el corazón había asomado en esa pequeña zona torácica. Muy pequeña y breve, como esos poco más de dos años que llevaba en este mundo, como para cargar los pípilas y las losas de ese levantón, de los llantos de quienes estaban cerca de él, de los insomnios y los días nublados, grises, mortecinos.

“Él, Aldito, siempre nos veía llorando, tristes. Y ahora empieza con las uñas, a mordérselas. Se jala la playera, se pone inquieto. Como que no cabe, como que sufre cuando nos ve así. Y no sabe qué hacer. Y pues claro, se pone también triste”, manifestó Juana.

Esa tristeza, agregó, hizo que le apareciera un soplo en el corazón y el pediatra lo dijo: “Ese niño trae una fuerte depresión o problemas muy grandes en su casa, por eso le apareció el soplo.” Le dio medicamento, hizo recomendaciones a la familia y luego de tres años se recuperó y el problema fue resuelto.

De todos modos, el pediatra recomendó que también lo llevaran a terapia, con algún psicólogo, para que lo valorara.

En ese lapso, también la madre de Juana padeció una enfermedad que la llevó a la muerte, el 12 de enero de 2015, sin volver a ver a Damaris, a quien tanto quiso. Neumonía y paro cerebral, fue el diagnóstico plasmado en el acta de defunción. Desolación, dice Juana. Eso la mató.

Siempre le llamaba. Lo hacía todos los días, dos o tres veces. Y siempre lloraba. Juana la atendía porque también le servía para desahogarse. Así fue hasta el último día, cuando murió, en la ciudad de Los Ángeles, California, a los 65 años: su negra, le decía, porque la negra grande era Juana y la negrilla, otra de las nietas que apenas va a cumplir quince años.

Juana ahora tiene a sus hijos Janeth, de 34 años, Juan Antonio, de 32, y Abraham, quien en 2015 acaba de cumplir 25.

>Fragmento del libro “Huérfanos del narco. Los olvidados de la guerra del narcotráfico”, de Javier Valdez Cárdenas (Aguilar, 2015). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.