Existen autores mexicanos espléndidos, que nada piden a un Martin Amis, a un Paul Auster, a un John Irving… ¿dónde están? Opción 1.- Publicados en editoriales independientes que no tienen de su lado el aparato mediático del que goza el duopolio editorial. Opción 2.- Publicados en España, Argentina o Colombia. Opción 3.- Inéditos porque a los editores les da flojera leer originales que rebasan las cuartillas necesarias para cubrir la cuota oficial de veinte minutos diarios de lectura.

Irving Ramírez es de esos “raros” a los que no les da la gana seguir directrices arbitrarias. Comprende que, desde el momento en que uno escribe lo que las editoriales quieren vender, o lo que “la crítica” encontrará encomiable, deja de ser Creador. La gran literatura —léase: Kafka, Dostoyevski, Woolf, Joyce, Rulfo— nunca ha sido complaciente: ha sido rompedora, arriesgada, profana, irreverente, anticipada a su tiempo… y muchas cosas más de las que nuestras vacas sagradas van desnudas, especialmente, de imaginación.

No debiera sorprendernos que El espejo de los tiempos futuros resultara finalista del Premio de Novela Herralde 2006, que de ser uno de los grandes premios de literatura que destapaban grandes talentos —como Roberto Bolaño, por mencionar uno— ha sufrido un estrepitoso descenso en sus últimas, mínimo, cinco entregas. En el 2006 ganó una novela titulada La enfermedad, del venezolano Alberto Barrera Tyska. Y no está mal. Pero El espejo de los tiempos futuros, inscrita bajo el pseudónimo Felipe Ángeles —nunca se reveló a la prensa el nombre real de “el mexicano” que quedó como segundo finalista—, todavía más a la altura del premio. Nunca sabremos —sólo lo intuimos— qué mezquina mano impidió que esta novela viera la luz en el sello Anagrama. Terminó publicada en España, bajo el sello Éride Ediciones (Madrid, 2015), y ha llegado a nuestras manos gracias al empeño, entusiasmo y autoconfianza de Ramírez. Algunos lo criticarán por autopromoverse, pero en este país donde existe algo así como una ideología Juche, adoptada por la cultura oficial cuyo dios-tótem omnipotente es Octavio Paz (y que me perdone el Supremo Poeta por equipararlo con Kim Jong-il), no queda de otra que ser publicista de uno mismo.

Durante mi lectura me trajo a la memoria a algunos autores, pero citaré a uno en particular: Salvador Elizondo. Lo más probable es que el autor no lo tuviera en mente. De hecho, deja muy clarito, desde el principio y sin necesidad de llegar al epílogo, ni a la bibliografía, que sus influencias inmediatas no son novelistas sino filósofos. ¿Por qué me hizo pensar en Elizondo?: por la potencia de su aliento narrativo; por la meticulosidad con que disecciona la violencia, en tanto acción, impulso y pensamiento, y por su monumental originalidad. La acción de Farabeuf se desarrolla a través de un dilatado minuto… El espejo de los tiempos futuros abarca simultáneamente los tres tiempos, aunque el anárquico presente —que supuestamente es nuestro futuro— se sienta pavorosamente cercano.

Discutir a qué género pertenece El espejo de los tiempos futuros nos lleva a encontrar otra veta destacable: es una novela multi-genérica. Se desarrolla en un pasado que puede reconocerse como la Edad Media, pero no un momento preciso de este periodo que va del siglo V al XV. De alguna manera Ramírez logra fundir diez siglos en un Pasado total, hazaña que ameritaría la clasificación de ucronía, sub-género de la ciencia ficción… como lo es también la ficción especulativa, que corresponde al Presente/Futuro desarrollado en la novela, y que para el sabio Adso, en su condensada Edad Media, corresponde al Fin de los Tiempos. Y he aquí otro detalle sorprendente: Ese Fin de los Tiempos en que se desenvuelve Alberto, un anti-héroe nietzschiano, humano, demasiado humano y, por consiguiente, con un lado animal desarrollado a la par del raciocinio, aborda una sociedad gobernada por psicópatas, donde el sentido de “libertad” ha degenerado en anarquía, y el asesinato es tan o más cotidiano que en aquella “Edad de Oscuridad” desde la que Adso nos contempla. Una serie de referencias a lo que pareciera un pasado idílico nos hace caer en cuenta de que Alberto es contemporáneo nuestro. Que acaso estemos ya viviendo esa distopia y no queremos verla. Quizás el Apocalipsis que tanto obsesiona a Adso, sea el verdadero origen de todas las cosas y no su desenlace. Aquel Apocalipsis que una multitud sollozante aguardó infructuosamente en el año 1000, replicándose la vana espera mil años más tarde, ha estado siempre aquí. Esta, precisamente, es una de sus manifestaciones. No es casualidad que 1984 se esté reimprimiendo como si fuera una especie de manual de supervivencia. No es casual tampoco que Irving Ramírez haya escrito una novela como El espejo de los tiempos futuros, por el momento histórico que nos ha tocado vivir y para contrarrestar las fórmulas y temáticas manidas de la literatura mexicana actual, a punto de escribir su propio fin del mundo para que la Gran Literatura resurja.