Por David Felipe Arranz

Anda estos días el patio mediático revuelto –como siempre, por otro lado– a resultas de la que se ha dado en llamar brecha generacional entre los menores de 34 y sus mayores, que “discrepan como nunca”, la conclusión más importante que ha publicado Belén Barreiro, autora de La sociedad que seremos. Y con este verídico informe anda el mundo entero con la que se nos avecina y el que no hay nada que hacer con las nuevas generaciones, qué barbaridad y qué descentrados están estos chicos, que sólo quieren hacerse selfies en todas partes, que es el aire de nuestra época: la autofoto, el tanga entre las dos rocas feroces, la exhibición de la intimidad “parejil” a tutiplén, el onanismo instagrámico, vaya. Porque ahora se ve la vida a través del smartphone, que es el que verdaderamente posee nuestro cerebro. Y a nuestros chavales, salvo excepciones, ya se les puede preguntar por Gay Talese o Clark Gable, que como me dijo un joven periodista, y no vamos a decir quién: “Y esos dos quiénes son y a qué se dedican”. Sólo le faltó añadir “el tiempo libre”. Tampoco pasa nada: mañana trabajarán en una gran corporación o, lo que es peor, impartiendo docencia sin saber, y tampoco les habrá hecho falta aprenderlo si no estaba en el temario de las oposiciones, que vaya vd. a saber quién lo habrá redactado y atendiendo a qué criterios. Porque a lo que parece, la high life va a quedar muy lejos dentro de nada. Ya.

Entre las características que destaca el estudio como definitorias del entorno de nuestros jóvenes figuran la precariedad laboral y la seguridad de que ellos vivirán peor que nosotros, los que superamos esa franja. Las dos generaciones que se dan la espalda son los millennials y los jóvenes de la Transición, aunque algunos en esta fuimos más niños que otra cosa… aunque nos enterásemos de casi todo en aquella tele en blanco y negro con aspecto de cajón de mueble colonial y que tardaba un poco en encenderse. Y luego nos fuimos haciendo a nosotros mismos, con mucha lucha y viendo cuánto tonto útil nos iba adelantando por la derecha, el signo externo de lo político-empresarial y los ahora líderes de la cosa estatal y del IBEX 35, los hijosdé y sobrinosdé. Pero no nos pongamos estupendos porque eso siempre ha sido así.

Sólo un tercio de nuestros jóvenes valora las tradiciones familiares, el 40% se ve como alguien creativo y el 60% considera importante “pasarlo bien, divertirse y darse caprichos”, según el informe. Una ruina alegre, vamos, con ese descuido de los grandes ocios que es beber agua del grifo en los bares y lampar por el parque triscando hierba. Preguntada gran parte de la chavalería por qué salen con tal o cual noviete o novieta nos contestan, simplemente, que se lo pasan genial. Sin más. Y cuando se aburren o se cansan de darle al manubrio de la coyunda con el o la misma, cambian de caballo y punto. Lo que para muchos de nosotros exige un agotador contorsionismo emocional. Pero no habiendo apego, no hay problema. Un millennial puede hacer saltar por los aires una relación porque sí. Porque se ha aburrido o porque no le gustan a su pareja las películas de “The Rock”. De manera que está montada la batahola entre moceríos y veteranos y estamos, pues, en la preguerra, a la que seguirá la guerra y rematará la postguerra. Cada año académico desde 2008 conocemos una media de 250 muchachos y muchachas en la Universidad, a los que tratamos de contagiar la pasión por este oficio nuestro, algunos de los cuales –por no decir muchos– ya llegan con las ilusiones rotas o algún compañero va y se las rompe, vaticinando el fatídico desempleo al final del camino universitario. Y no es verdad que esto tenga por qué ser así, aunque la Comisión Europea ponga en duda que la ayuda directa de 430 euros al mes que propone la ministra Báñez para los menores de 30 años sin titulación que vayan a ser contratados en España sea una medida eficaz. La gente se va a apañando como puede y haciendo muchos trabajitos, estrechos y decentes, que compensan más que los grandes e indecentes, que son los del pelotazo y las tramas del PP, como muestra abundante de la ética de sus predecesores.

Algunos creemos en lo posible, en la utopía y en el poder de la palabra, ya sea a través del periodismo, de la literatura o de otras artes, como el cine. Incluso de la política. Ciertamente peligra un mundo donde los millennials no sepan quién es Buster Keaton, Rafael Alberti o Manuel Azaña, pero es que ni siquiera ha permanecido la memoria a corto plazo de los últimos años del acontecer político… Y si mencionamos el férreo Régimen, muchos podrían pensar en un anuncio de alimentos veganos. La memoria ha dimitido de sus obligaciones y está chapoteando en Hawái, porque lo cierto es que Internet ha abolido el saber en el individuo y lo ha hecho descansar en la nube. Casi todo se encuentra online, hasta las buenas intenciones, y lo mundano se ha hecho virtual, en un extraño cóctel que el personal se bebe entre dos mundos. Los millennials nos juzgan por nuestros errores y no les falta razón. También hay padres que han declinado de sus deberes paternofiliales y han permitido que el ordenador, la consola y el móvil “eduquen” a sus hijos. Porque ya no existen el hombre ni la mujer-objeto, no. Ahora sencillamente vamos camino de los objetos, sin que nos afecte nada ni nos tiemble la voz cuando le digamos al otro “adiós”. Un galán es hoy una risa y a don Juan lo han bloqueado las doña Inés en el WhatsApp para que no les dé la murga.

La guerra no ha hecho más que empezar. Las dos Españas continúan vigentes, pero sin el rojerío y la derechona, tan clásicos, que tanto juego han dado y que formaban parte del paisaje nacional. No: ahora son la horda de millennials y sus mayores, paulatinamente en vías de extinción. Ellos tienen el software. Nosotros tenemos el conocimiento de las cosas. Veremos cómo acaba la función, en un momento en que el amor está completamente pasado de moda. Habrá que resistir, amore.

Twitter: @dfarranz