Víctor Hermosillo y Celada
Desde el ataque de los japoneses a Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no ha sido amenazado por otra nación y desde la crisis de los misiles en 1962 cuando la URSS envió a Cuba armamento con la intención de que apuntaran hacia la unión americana, los norteamericanos no habían tenido que preocuparse porque su territorio fuese atacado, hasta ahora que Corea del Norte ha tenido éxito en sus ensayos para tener un misil que alcance suelo americano.
Esto llega en el peor momento para Estados Unidos, con un gobierno que sobrevive con alfileres, ya que en apenas 7 meses de haber asumido la presidencia, Donald Trump no sólo no ha logrado cumplir ninguna de sus principales promesas de campaña, sino que ni siquiera puede tener en orden a sus colaboradores en la Casa Blanca y está alejando a Estados Unidos del liderazgo mundial; según Elaine Kamarck de The Brookings Institution, el presidente norteamericano se encuentra a solo 6 votos en el Senado que los separan de la continuidad o el impeachment.
En paralelo, Corea del Norte sigue avanzando con pruebas de misiles intercontinentales, que de acuerdo con la inteligencia norteamericana ya están en posibilidades de llegar a territorio estadounidense, en particular a Alaska. Aunado a ello, los norcoreanos cuentan ya con bombas nucleares que han sido capaces de miniaturizar para montarlas en sus misiles, en este punto lo único que les falta es conseguir que durante el trayecto del misil -en particular en el reingreso a la atmósfera- la bomba no estalle, lo que podrían estar logrando a mediados de 2018.
Este escenario es aprovechado por Kim Jong-un para poner en marcha una estrategia de disuasión que da como resultado un escenario de Guerra Fría en donde ninguno de los adversarios se puede permitir un movimiento en falso.

El supuesto uso de la “furia” por Trump es poco probable si consideramos que los misiles de Corea del Norte no están apuntando al territorio de Estados Unidos, sino a sus intereses en la península, como lo son Corea del Sur, Japón y la isla de Guam, donde los norteamericanos tienen bases militares.
Esto significa que ante un ataque de Trump a Kim Jong-un, el joven dictador podría responder atacando a Seúl en Corea del Sur, que se encuentra a 35 kilómetros de los misiles norcoreanos, dejando tras de sí decenas de miles de muertos que sin deberla ni temerla se convertirían en carne de cañón en medio del conflicto.
Rusia y China han sido cautelosos y siguen midiendo sus movimientos, pues a ninguno les conviene una Corea del Norte hostil, pero tampoco la eliminación de un país comunista que sirve como contención a la expansión de Corea del Sur y Japón, que en caso de darse, se traduciría en un potencial dominio militar de la unión americana en la región. Además, ante el avance nuclear de la dictadura de Kim Jong-un que Estados Unidos no logra detener, países como Irán han dado señales de querer reactivar sus programas nucleares por encima de los acuerdos previos.
Trump había asegurado en el tono que ya conocemos que este escenario no iba ocurrir, sin embargo, Corea del Norte ya tiene la capacidad para hablar con más descaro a las potencias mundiales y sus fichas sobre la mesa tienen más peso el día de hoy.
El panorama en esta Guerra Fría que vivimos es impredecible si consideramos los perfiles de Trump y de Kim Jong-un, en un momento en el que se necesita de diplomacia, negociación y sensatez.
*SENADOR DE LA REPÚBLICA POR BAJA CALIFORNIA
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