Nedda G. de Anhalt, escritora cubano-mexicana nacida en 1934, ha rendido culto a su vocación por la escritura, por la palabra, por la imaginación, por la creación. Narradora, poeta, ensayista, periodista cultural, crítica de cine y teatro es también una apasionada cinéfila; el cine le ha servido para hacer un par de libros estupendos: Cine: la gran seducción (1991) y ahora Mis amores en la sala oscura, donde hace de este arte, el cine, una forma de vida.
A Nedda G. de Anhalt la conocí a principios de los años ochenta, cuando yo hacía mis pininos en el teatro y en el periodismo cultural en el periódico unomásuno y en el suplemento Sábado que dirigía nuestro querido Huberto Batis, maestro generoso que —la letra con sangre entra— me aleccionaba en la escritura con sus sempiternos estallidos de cólera, que compartíamos (¿padeciamos?) la inmensa mayoría de sus colaboradores. Era 1986, recuerdo bien, cuando Nedda llegó al Museo Universitario del Chopo, una tarde, a ver mi primera obra teatral: Corazones apasionados en manos del buzón sentimental y de la que hizo una crítica hermosísima que lograba hacer que el público se adentrara en esa llamada por mí, “farsa telefotonovelesca”, donde con la osadía de los veintitantos que yo contaba satirizaba al medio cinematográfico mexicano y en especial a las figuras de la llamada Época de Oro del Cine Nacional: Pedro Infante, Sara García, Libertad Lamarque, Ernesto Alonso… y sus sucedáneos en el tiempo de la televisión azcarraguiana: Lucía Méndez, Verónica Castro, Vicente Fernández, Humberto Zurita (quien años más tarde sería tan buen amigo mío). De aquella osadía juvenil de mis Corazones apasionados… Nedda destacaba en su nota el hecho de que me hubiera atrevido, además, a ponerle letra nada menos que al Huapango de Moncayo, y a convertirlo en el tema central de la obra. Decía Nedda: “¡…sale usted cantando y bailando el Huapango!”. Su crítica era muy entusiasta, muy amable, demasiado generosa para con un joven dramaturgo-director que daba sus primeros pasos firmes. Siempre se lo agradeceré. Porque entonces no éramos amigos, pero a partir de entonces siempre lo hemos sido. Y siempre la he respetado y la he leído con la pasión que imponen sus textos, tan bien escritos, tan pulimentados en su prosa, tan certeros, tan poco convencionales, tan transgresores, en muchos sentidos. Además somos acuarianos, ella cumple años el 5 de febrero, yo el 7. Muchas cosas nos unen.
No he podido dejar de lado esta remembranza después de leer Mis amores en la sala oscura, título digno de una novela (nos ha confesado Nedda que el nombre del libro “se lo regaló” nada menos que su amigo, nuestro admirado Fernando Vallejo, novelista notable, autor de La virgen de los sicarios); y es que, bien mirado, dicho título Mis amores en la sala oscura puede entregarnos la visión de esa espectadora, cinéfila irremediable, con los múltiples amores que le han significado todas y cada una de las películas que ha visto porque, como asienta al final de su Prólogo: “En la sala oscura de los cines pasaban unas cosas; afuera, bajo la luz del sol, pasaban otras”. La realidad superada por la ficción. Después del Prólogo a Mis amores en la sala oscura, uno se interna en la maravilla que representa el séptimo arte y, de la mano de Nedda, vamos conociendo filmes excepcionales.

A mí me arrebata la pasión cuando un autor me descubre cosas, me cultiva, me hace aprender —y aprehender— de cosas, creadores y obras que de otra manera, de no ser por este autor (autora aquí), quizá nunca habría tenido conocimiento. Es el caso de la gran mayoría de estas películas reseñadas y criticadas por Nedda G. de Anhalt, entre las que destaco, en primer lugar y por mi condición de teatrista, La última danza de Salomé de Ken Russell, un director al que siempre he admirado, desde que vi su versión de Women in love (1969), traducida para el público hispanoparlante como Mujeres apasionadas, sobre la magistral novela homónima de D.H. Lawrence. En su reseña a La última danza de Salomé, detallista e incisiva, Nedda nos describe punto a punto la puesta en imagen de Ken Russell a esta …última danza… concluyendo que la película, en sí, “es un triunfo de la fantasía provocadora de este cineasta británico”. Y es que, como afirma Nedda en su reseña a Prácticas ilusorias de Molly Bernstein y Alan Edelstein: “El arte es una trampa al que nos sometemos gozosamente”. Russell nos hace caer en la trampa de su arte; Nedda tiende sus propias redes y caemos irremediablemente en las trampas del arte cinéfilo. Otra reseña que me atrae por su cariz teatral es la dedicada a Las relaciones peligrosas de Stephen Frears, basada en la adaptación homónima del dramaturgo británico Christopher Hampton a la clásica novela de Chordelos de Laclós y que fue puesta en escena mexicana —con no muy buena fortuna— en los años 80 por el director José Luis Ibáñez llevando en los papeles centrales a Enrique Álvarez Félix, Blanca Guerra y Tina Romero, en los roles que en la película de Frears realizaron soberbios John Malkovich, Glenn Close y Michelle Pfeiffer. Nedda destaca que en Las relaciones peligrosas: “…la fascinación de la historia para Frears reside en el desafío que sus personajes principales sufren. ¿Qué puede ser más devastador para dos libertinos que planean con tal rigor y meticulosidad sus estrategias de seducción? Quedar vencidos por la fatalidad de lo imprevisible. Para ellos, esto es algo fuera de su control…”. Nedda asienta que Las relaciones peligrosas es “la parábola” de dos timadores que perecen timados por sí mismos. Pero la reseña dedicada a Ascenso y caída del campeón Jack Johnson de Ken Burns es un prodigio sinóptico donde, parte a parte de la biografía contada por el cineasta, es desarrollada por la narración de Nedda, dotada de un ritmo sincopado, dramático y perfecto que nos entrega de cuerpo entero al pugilista en el documental y en la vida misma: “¡Cómo peleaba Johnson! ¡Cómo lo contó Ken Burns! Emocionante”, finaliza la escritora. Así, las aproximaciones cinematográficas de Nedda G. de Anhalt nos revisten de luz, la luz de la inteligencia y la reflexión humanística que a ella le llegaron en la sala oscura con cintas como El aguijón de la muerte de Kohei Oguri, El padrastro de Joseph Ruben, He contratado un asesino de Aki Kaurismäki, Rompiendo las olas de Lars von Trier, Sol nocturno de los hermanos Taviani, Sombras de John Cassavetes, El manuscrito encontrado en Zaragoza de Wojciesch Has, Havana de Jana Bokova, hasta culminar con las muy conocidas La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen y Cinema Paradiso de Giuseppe Tornatore, por sólo mencionar algunos de los títulos que estructuran Mis amores en la sala oscura que, valga subrayar, son en su gran mayoría películas que poco se difundieron en nuestro país y a las que, incluso, poco se les conoce, de ahí el gran valor de este libro.
Preservar la memoria del cine ha sido vocación irrenunciable de Nedda G. de Anhalt y de ello da fe este libro de invaluable factura (que debería leerse, ser libro de texto en todas las escuelas de cine) y donde encontramos la sensibilidad de una mujer de nuestro tiempo, de una escritora que ha sabido poner su sapiencia al servicio de la imagen y el amor por el cine.
Quizás en una de esas, nos deleite con un guión cinematográfico nuestra querida Nedda. ¿Cómo sería la película que de ella emanaría? ¿Cuál sería la película que Nedda G. de Anahalt escribiría porque no la ha visto y le gustaría ver? Tal vez, entre todos esos personajes de ficción y no ficción que deambulan por las páginas de Mis amores en la sala oscura, esté la respuesta y ahí mismo se descifre el misterio de ese mar de creación por el que transita la autora haciéndonos partícipes a sus lectores con esplendidez y generosidad.
Nedda G. de Anhalt, Mis amores en la sala oscura (Colección Teseo Enredado/4). Editorial Ariadna, México, 2016; 160 pp.
Texto leído en la presentación de Mis amores en la sala oscura de Nedda G. de Anhalt el sábado 19 de agosto en el marco de la Feria Internacional del Libro Judío, en la Librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, con la participación de la autora y de la editora Catalina Miranda, directora general de Editorial Ariadna.

