Jacquelin Ramos y Javier Vieyra

Una de las claves evolutivas del hombre sin lugar a dudas reside en su memoria y el testimonio que deja de la misma; para ello, ha buscado siempre la manera de transmitir lo que desea mediante diferentes medios a su alcance y razonamientos. Así, al principio comenzó contando historias, pero pronto debió darse cuenta de la importancia de hacerlas perdurar a través del tiempo y con un lenguaje universal que pudiese expresar todo lo que conllevaba su vivencia, abarcando desde sus deseos, hasta marcar con claridad sus creencias y experiencias, de ahí, la necesidad de la lengua pictórica.

Sin embargo, antes de inventarse el papel y la electrónica, el mundo era y existía para ser lienzo, de tal forma que sus prominentes superficies, fuesen cóncavas o convexas, sirvieron para que aquellos seres humanos plasmaran su cosmovisión. Es lo que conocemos hoy como arte rupestre, y Leo Frobenius (1873-1938), uno de los más destacados arqueólogos y etnógrafos alemanes de la historia se dio a la tarea de  recopilar en diferentes expediciones por Europa, Oceanía y África gran cantidad de esos vestigios a través de fotografías y dibujos que podemos observar actualmente en el Museo Nacional de Antropología, gracias a la magna exposición Frobenius. El mundo del arte rupestre, que refleja aquellas expresiones artísticas, místicas y simbólicas de seres humanos que caminaron por la Tierra hace más de 40 mil años, aseveró en entrevista exclusiva para Siempre! Antonio Saborit, director del recinto museístico.

“Estas piezas reunidas acercarán a los visitantes con el arte de los ancestros que plasmaron el mundo a través de imágenes, las cuales influyeron en los artistas modernos para que, inspirados por ellas, hicieran sus propias interpretaciones y creaciones”.

El inicio del antropólogo aventurero

Entre 1850 y 1950 se produjo un encendido debate en torno a la forma en que cabía explicar la uniformidad y la diversidad cultural apreciable entre los diferentes pueblos del mundo. Uno de los personajes clave en esa polémica fue Leo Frobenius, el arqueólogo y antropólogo alemán al que se llegó a conocer como La voz de África, por la preeminencia que otorgó a la historia y culturas africanas, hasta entonces olvidadas.

“Su vida fue realmente apasionante; contribuyó con sus expediciones a forjar el estereotipo del antropólogo como aventurero intrépido que a todos nos es familiar. Pero, junto a ello, son sus aportaciones doctrinales las que resultan fundamentales para comprender una etapa casi heroica de la historia de la antropología”, asegura el también historiador.

La cueva de Altamira, los primeros pasos de Frobenius

Fue un etnólogo alemán que vive muy de cerca el descubrimiento para la ciencia de la cueva de Altamira —explica Saborit—, aquella cavidad natural que nació para la disciplina a finales del siglo XIX, y que conserva uno de los ciclos pictóricos y artísticos más importantes de la prehistoria. Asevera que la cueva, 15 años antes del interés de Frobenius, fue estudiada por diversos prehistoriadores; no obstante, todas esas investigaciones se pondrían en duda con la llegada del pensamiento de quien en alguna ocasión fue considerado la versión alemana de Lawrence de Arabia, pero sin éxito.

“Los servicios de inteligencia de Frobenius decían que las pinturas rupestres descubiertas en Altamira —y que los expertos aseguraban habían sido hechas en el siglo XIX— eran obras milenarias y no podían ser las únicas”.

Esto sacudió el sentido de la historia, dice Saborit, por lo que en principio la comunidad académica europea dictamino que era falso, porque planteaba el estudio, un desafío enorme para la cueva de Altamira, pues nada más extendía la antigüedad del genero humano algunos miles de años más, y eso les parecía imposible”.

Por su parte, Frobenius aseguraba que no debía ser un fenómeno único y un acontecimiento aislado —narra Saborit, autor de Una visita a Marius de Zayas—, lo que llevó al arqueólogo alemán a crear su propio instituto de investigaciones en Múnich, llamado en ese entonces Instituto para la Morfología Cultural, para iniciar así su hipótesis, y lo que sería el comienzo de su búsqueda de cavernas y muros revestidos de pinturas rupestres que ayudarían a fortalecer sus ideas acerca de que las culturas evolucionan por un impulso creativo que se comparte de manera geográfica.

“Él viaja a África para comprobar su hipótesis acompañado de una troupe de pintores para que copiaran sus paulatinos descubrimientos. La orden de Frobenius fue muy clara: ‘No lo idealices. Toma nota de cada grieta y reproduce el arte justo como es. No lo hagas más bello de lo que parece’. El copiado además debía ser al tamaño natural”.

De aquella expedición se puede ver en la muestra una reproducción del Bisonte recostado, señala Saborit, además de una serie de instantáneas donde se observa al grupo de hombres y mujeres que realizaron estos facsímiles.

“Al principio él ofrece sus servicios de explorador por lo que cobra, y con ese dinero logra financiar sus expediciones, su esquema de trabajo era así, él trabajaba un año en gabinete y un año lo dedicaba a la expedición, durante un año o más se iba con todo su equipo, y analizaba todo en su propio instituto”.

 

Una ventana abierta al fascinante trabajo de Frobenius 

Para 1937, Frobenius además de ser un reconocido africanista, ya había dirigido 12 grandes expediciones; logró recabar más de 3,500 registros de esos primigenios trazos, que no solo eran simples copias sino versiones facsimilares de lo asentado en piedra y que cambiarían la manera de ver el mundo, asegura el promotor cultural.

Aunado a esto, también ya había colaborado en distintas exposiciones no solo de arte rupestre, sino de arte moderno. Madrid, París, Budapest y otras tantas ciudades mostraron al mundo una nueva forma de ver el pasado e incluso inspiraron a grandes artistas como Pablo Picasso o Joan Miró.

Un año antes de su muerte, el Museo de Arte Moderno de Nueva York montó la que sería la última exposición de arte rupestre de Frobenius, a la que el propio autor llevó 60 metros cuadrados de facsímil, obsequiando como agradecimiento a esa ciudad un facsimilar de la cueva de Altamira al Museo de Historia Natural de Nueva York.

“Él viajó a Estados Unidos en compañía de uno de sus ayudantes, dio conferencias que daban por sentado el gran periplo maravilloso de tres décadas de trabajo”, apuntó.

Ochenta años después, y con una nueva curaduría, aquella exposición llega por primera vez a México —destaca Saborit— como una ventana abierta al fascinante trabajo de registro, rescate y reproducción de Frobenius. La exposición proviene del mismo Instituto Frobenius que fundó el etnólogo y que ahora se encarga de velar por su legado.

Agregó que pese a que el trabajo de Frobenius cayó un poco en el olvido cuando en la década de los sesenta se inventó la fotografía a color y relegó las copias pintadas de arte rupestre a la categoría de “poco auténtica”, hoy, esta evidencia cobra nuevos valores documentales en función de que algunos sitios registrados en Sudáfrica o Namibia están dañados o han desaparecido. Explicó que la muestra también revela las historias de las expediciones, que eran autenticas aventuras en medio del Sahara, mencionó en alusión las fotografías que muestran las dificultades que a menudo sorteaba el equipo del antropólogo alemán.

“Es una oportunidad de oro para los visitantes, porque tenemos aquellos facsímiles que alcanzan los cuatro metros de largo por dos de altura, además de las  fotografías y documentos que dan cuenta de la vida y obra del explorador.  Podemos ver al bisonte suspendido en su salto o en su carrera, era el mismo de la pradera; el mamut flechado o el ciervo herido, el deseo cumplido de la tribu”.

Por ello, advierte el funcionario, la muestra integrada por 103 objetos, después de que termine su ciclo de exhibición en el país, no vuelve a algún museo, vuelve al Instituto y, concretamente, vuelve al archivo para aguardase en la gaveta.

“La muestra quiere dejar que la mirada nos conduzca, que conduzca nuestro asombro frente a estas maravillosas series y, por otra parte, permitirnos conocer de manera más puntual su procedencia, su sentido, el sentido que se les dio, todo aquello que la ciencia añade a la experiencia estética”, concluye Antonio Saborit.