Ricardo Anaya puede convertirse en sepulturero del Frente si el PRD y Movimiento Ciudadano le siguen permitiendo adueñarse de un proyecto pensado originalmente para cambiar México.
Anaya es un político dinámico, sin conciencia moral, calculador hábil, excepcionalmente diestro con la palabra, con una ambición y narcisismo desbordante que lo descalifica para convertirse en líder de un movimiento que busca exactamente lo contrario.
Si lo dejan, van a cancelar la oportunidad de que México opte por un régimen político distinto donde ya no sean las cúpulas partidistas, autoritarias, sectarias y excluyentes las que decidan —al margen del ciudadano— el destino del país.
La naturaleza autocrática de Anaya, un prestidigitador nato, es irreconciliable con la esencia democrática, plural y diversa de una figura que, hasta donde se entiende, busca unir a los mexicanos, sin importar ideologías, para combatir la corrupción, impunidad y desigualdad social.
Alguien que no logra mantener la unidad del partido que dirige, que trabaja en los subterráneos para anteponer sus personalísimos intereses, sin importarle nada, ni siquiera resquebrajar su casa política, no está capacitado para conducir o representar un proyecto de unidad nacional como pretende ser el Frente.
La renuncia de Margarita Zavala —anunciada, no confirmada a la hora de escribir estas líneas— habla por sí misma. Demuestra la incapacidad que tiene Anaya, cuando menos, para la construcción política.
PRD, Movimiento Ciudadano y el mismo PAN van a tener que tomar a la brevedad decisiones que impidan la muerte prematura del Frente. Y evitar ese temprano deceso pasa por atemperar las ambiciones de un político que opera, en pleno siglo XXI, como señor feudal.
Pero pasa también por darse cuenta de que el sismo del 19-S 2017 dejó ver, otra vez, una ciudadanía que ya no necesita de los partidos para tomar decisiones, pero que tampoco hay quien la represente.
Más que candidaturas mesiánicas, populistas o redentoras, el Frente Ciudadano por México necesita ideas, para decirle a la sociedad, de una vez por todas, quién es exactamente y qué quiere.

